Capítulo 8 Capítulo 8: El lenguaje de las cenizas
La semana en el hospital de Messina fue una sucesión de pitidos electrónicos y paredes blancas que se sentían como una extensión del vacío que Mia llevaba dentro. Durante siete días, el mundo exterior intentó penetrar en su burbuja: los médicos le hacían pruebas de reflejos, las enfermeras le cambiaban los vendajes de las muñecas con una lástima mal disimulada, y Antonio entraba de vez en cuando para observar a su "propiedad dañada" con una mezcla de fastidio y desconcierto.
Pero Mia no estaba allí.
Su cuerpo ocupaba la cama, pero su mente se había retirado a un sótano oscuro y profundo de su propia conciencia, un lugar donde el tacto de Bruno y el olor a ginebra no pudieran alcanzarla. No emitió un solo sonido. No movió las manos para hacer una seña, ni siquiera para pedir agua. Sus ojos, antes llenos de una chispa rebelde, ahora eran dos pozos de agua estancada.
Liam no se separó de su lado más que para lo estrictamente necesario. Dormía en un sillón incómodo, ignorando las llamadas frenéticas de Miller y las órdenes del FBI. Para la agencia, él estaba "afianzando el vínculo con el objetivo". Para Liam, el objetivo ya no importaba. Solo importaba el leve subir y bajar del pecho de la mujer que él, en su arrogancia, había creído que podía manipular.
El regreso a la mansión Romano fue un funeral sin cuerpo. El coche negro se detuvo frente a la escalinata de mármol y Liam la bajó en brazos, como si fuera de cristal soplado. Bruno estaba allí, apoyado en la barandilla con una sonrisa de suficiencia, disfrutando de la visión de su prometida reducida a una sombra.
—Bienvenida a casa, muñeca —leyó Mia en sus labios con una indiferencia gélida mientras Liam la pasaba de largo sin siquiera reconocer la presencia del Marino.
Liam la llevó hasta su habitación, la misma donde el horror había ocurrido una semana atrás. La sentó en el borde de la cama y se quedó allí, de pie, observándola. La habitación estaba impecable; el servicio de limpieza había borrado cualquier rastro de la lucha, el libro caído y las sábanas revueltas. Pero el aire todavía apestaba a traición.
Pasaron las horas. El sol de Sicilia empezó a teñir el cielo de un naranja sangriento. Mia seguía inmóvil, con las manos entrelazadas sobre el regazo, mirando la ventana.
Liam no pudo más. El silencio, su silencio, lo estaba matando por dentro. Era un grito que le taladraba los oídos.
—¡Di algo, malmaldita sea! —La voz de Liam estalló en la habitación, cargada de una angustia que no pudo contener. Se arrodilló frente a ella, obligándola a mirarlo, tomando sus manos con una fuerza que rozaba la desesperación—. ¡Pégame, escúpeme, hazme una seña de que me odias por haberte dejado sola! Pero no hagas esto, Mia. No te mueras estando viva.
Mia parpadeó lentamente. Por primera vez en ocho días, sus ojos se enfocaron en el rostro de Liam. Vio el rastro de la falta de sueño, la barba de varios días y el dolor genuino en sus pupilas. Pero no sintió consuelo. Solo sintió una rabia sorda que empezó a burbujear desde lo más profundo de su ser.
Se soltó de su agarre con un movimiento brusco y, por primera vez, sus manos se movieron. Sus señas no eran elegantes ni fluidas; eran violentas, tajantes, como puñaladas en el aire.
«¿Dónde estabas?», marcó ella. Sus dedos temblaban de furia. «Me dijiste que me mirabas. Me dijiste que siempre me estabas mirando. ¡Mentiroso! ¡Traidor!»
Liam sintió que el corazón se le partía en mil pedazos. Intentó hablar, pero ella no lo dejó. Se puso de pie, encarándolo, su pequeña figura emanando una energía volcánica.
—Me dejaste... —vocalizó Mia. Su voz salió como un rasguño, áspera por el desuso, cargada de un dolor tan puro que hizo que Liam retrocediera un paso—. Me dejaste con él. Él me rompió, Liam. Me marcó como si fuera un animal de su establo mientras tú... ¿dónde estabas tú con tu falsa protección?
—Tuve que irme, Mia. Era... era trabajo —mintió Liam, y la palabra "trabajo" sonó como la peor de las blasfemias.
«¿Trabajo?», las manos de Mia volaban ahora, sus ojos echando chispas. «¡Tú no eres un consultor! ¡Tú eres algo más! Te vi pelear en el jardín. Los consultores no matan con las manos desnudas. Me usaste para entrar aquí, igual que Bruno me usa para su poder. Todos me usan. ¡Vete! ¡Vete de mi habitación antes de que use este cuchillo para terminar lo que empecé en la bañera!»
Señaló el abrecartas de plata sobre la mesa de noche. Liam la tomó por los hombros, sacudiéndola levemente, intentando que volviera a la realidad.
—¡No voy a irme! —rugió él, asegurándose de que viera cada una de sus palabras—. No me importa quién creas que soy o por qué estoy aquí. Lo que pasó en esa bañera fue mi culpa por no estar presente, y me voy a castigar por ello el resto de mi vida. Pero no dejaré que te rindas. ¡Pelea conmigo, Mia! ¡Ódiame si quieres, pero vive!
—¿Para qué? —gritó ella, y esta vez el sonido fue un sollozo desgarrador—. ¿Para ser la esposa de un monstruo? ¿Para ser tu peón? No tengo nada, Liam. No tengo voz, no tengo familia, no tengo alma. ¡Me la quitaron!
—¡Me tienes a mí! —Liam la atrajo hacia él con una urgencia salvaje—. Maldita sea, me tienes a mí aunque no debería ser así. Me tienes de una forma que va a destruir mi carrera y probablemente mi vida.
—¡No te quiero! —mintió ella, golpeando su pecho con los puños cerrados—. ¡Te odio! ¡Te odio por hacerme creer que alguien podía escucharme!
La discusión se volvió un torbellino de movimientos bruscos, de respiraciones entrecortadas y de un dolor que ya no cabía en sus pechos. Mia lo golpeaba, intentando apartar la única fuente de calor que la hacía sentir humana, porque ser humana dolía demasiado. Liam recibía cada golpe, cada insulto vocalizado y cada seña de desprecio como si fueran las medallas que merecía por su fracaso.
