Capítulo 2 2. Padrastro

POV de Tabitha

Emery se incorpora un poco en su asiento y extiende la mano con la seguridad de alguien acostumbrado a estar al mando de ciudades enteras, no solo de mesas de comedor. Claro que sí. ¡Emery Aldair es el Alfa de la manada Crystal Ridge y el comandante de la Estación Naval de Kaelara!

—Es un gusto por fin volver a conocerte —dice con una sonrisa cálida—. Ibas a la escuela con mis hijos, allá en Kaelara. Si no me equivoco, eran del mismo grado.

Esto debe de ser una especie de pesadilla, porque no hay manera de que el prometido de mi mamá sea Emery Aldair. Y, aun así, por más que me pellizco el brazo, no logro despertarme. Mierda. Esto es real. Por eso el símbolo en el puño de Gerald se me hacía conocido… solo hay una familia cuyo personal usa exactamente ese diseño… ¡los Aldair!

¿De verdad está pasando esto?

—Cariño, Emery quiere estrecharte la mano —susurra mi mamá y me da un ligero empujoncito.

Vuelvo en mí de golpe y tomo la mano del hombre. Me da un apretón firme y hace un gesto hacia la mesa.

—¿Comemos?

Apenas logro responder mientras tomamos asiento. Los meseros acercan un carrito cargado de platos con lo que parece la comida más deliciosa que he visto en mi vida, pero mi estómago no reacciona.

—Les pedí que sacaran las especialidades y los platillos más vendidos. Pero si te apetece cualquier otra cosa del menú, no dudes en pedirla —dice Emery.

—No, eh… con esto es más que suficiente… señor —respondo, torpe.

De todas formas, no creo tener apetito para comer nada.

—Ahora, cariño, entiendo que esto puede ser un shock para ti, pero quiero aprovechar la oportunidad para ayudarte a ti y a Emery a conocerse mejor. No es solo mi prometido; a partir de ahora va a ser parte de nuestras vidas.

Me quedo mirando mi plato, todavía intacto.

—Emery es un buen hombre. Es amable, respetuoso y sumamente exitoso —continúa con una sonrisa—. Y me ha hecho muy feliz, Tabitha. Creo que, si le das una oportunidad, verás que también puede hacerte sentir segura y cuidada.

—Tu madre habla muy bien de ti. Sé que esto es repentino, pero espero que, con el tiempo, podamos construir una buena relación —secunda Emery.

Asiento otra vez, solo por cortesía, pero mi mente ya está dando vueltas. No puedo creer que esté sentada frente a Emery Aldair en este momento. El Emery Aldair. La figura más influyente de Kaelara. El Alfa de la manada Crystal Ridge. El hombre que prácticamente maneja todo el lugar como si fuera su reino privado. El lugar donde nací y crecí. El lugar del que escapamos hace cinco años. Es una locura. La razón por la que cortamos todo lazo con ese lugar desde el principio fue por sus hijos. Por lo que me hicieron. Y ahora aquí está, sentado frente a mí, como si el destino hubiera rebobinado y le hubiera dado play a la misma pesadilla otra vez. Esta vez, no estoy segura de que huir vaya a ayudarme.

Tomo el vaso de agua y doy un sorbo, intentando no temblar ante lo absurdo de todo.

—Solo quiero que mi mamá sea feliz. No voy a interponerme en su felicidad —digo con sencillez. Porque, sinceramente, no sé qué más decir.

Emery Aldair puede parecer excepcionalmente amable y encantador en este momento, pero sé que no debo dejarme engañar. Este hombre es peligroso. Comanda toda una flota de la marina y tiene a su disposición una manada entera de hombres lobo. No es alguien a quien convenga enfrentarse. Y aunque es cierto que valoro la felicidad de mi mamá lo suficiente como para ceder por ella, también entiendo que acercarse demasiado al mundo de Emery Aldair trae consecuencias. Su poder no es solo un título en algún registro de la manada o un puesto ceremonial en el ejército. Es real. Se siente. La gente lo obedece sin cuestionarlo. La gente le tiene miedo sin decirlo en voz alta.

Y nosotros no tenemos el poder para enfrentar la ira de este Alfa si alguna vez nos ponemos de su lado equivocado.

—Ay, cariño. Sabía que lo entenderías. Ahora vamos a ser una familia de verdad. ¿No es maravilloso? Siempre quise eso para ti.

Solo le sonrío y asiento. Emery se ve lo bastante complacido y seguimos con el almuerzo mientras ellos hablan de algunos detalles de su boda: el tema, el vestido, el lugar. Aunque es sobre todo mi mamá quien habla sin parar, mientras su prometido solo asiente y hace sonidos de aprobación. Bueno, con una boda tan grandiosa como esta, seguro que él será quien pague la cuenta, de todos modos.

No es que eso fuera un problema. Los Aldair son asquerosamente ricos.

—Ah, y nos mudaremos a Kaelara en cuatro días —anuncia mi mamá, emocionada—. De todos modos estás de vacaciones de verano, así que no debería haber problema. No te vas a perder nada importante.

Ya me lo esperaba, pero oírlo en voz alta no hace que sea menos aterrador.

Vamos a volver a ese lugar… al mismo infierno que me esforcé tanto por olvidar durante los últimos cinco años. De pronto, se me va el poquito apetito que tenía antes.

—Y los chicos siguen viviendo en la casa principal. Seguro que estarán encantados de conocer a su nueva hermanastra —dice Emery, sonriendo.

Sí, claro. Lo tengo en la punta de la lengua, pero decido quedarme callada.

Probablemente ni siquiera me recuerden. Y, de algún modo, ojalá así sea. Preferiría que olvidaran que yo era la perdedora a la que solían acosar en la preparatoria. Eso me haría más fácil sobrevivir viviendo con ellos.

Pero, pensándolo bien, dudo que siquiera me reconozcan ahora. He cambiado tanto en los últimos cinco años.

El almuerzo termina poco después, aunque apenas toco nada de mi plato. Emery hace una llamada y su chofer, Gerald, acerca el auto. Viajamos en silencio casi todo el trayecto. Cuando por fin regresamos a nuestro departamento, la sigo adentro, dejo mi bolsa junto a la puerta y me doy la vuelta para encararla.

—¿De verdad vas a hacer esto? ¿Te vas a casar con la misma familia que nos hizo la vida imposible?

Ahí se va mi plan de tener una conversación tranquila. Toda la frustración contenida que se me acumuló durante el almuerzo estalla ahora.

—Pensé que estabas bien con eso. ¡No dijiste nada en el almuerzo! Estabas… correcta.

Suelto una risa seca.

—Sí, porque no hice un escándalo. Te quiero, mamá, pero ¿en serio? ¿En qué estabas pensando? ¿Casarte con el alfa Emery Aldair?

Ella frunce el entrecejo, pero no dice nada, así que sigo.

—Pensé que ya habíamos terminado con Kaelara. Pensé que ya habíamos terminado con los hombres lobo. Nos fuimos de ese lugar por una razón. Me dijiste que íbamos a vivir una vida normal, tranquila. Solo nosotras dos. Entre humanos.

Ella aparta la mirada, y por un segundo creo que tal vez de verdad logré llegarle.

—Siento que lo sientas así —dice en voz baja—. Pero Emery es un buen hombre, Tabitha. No lo conoces como yo. Es amable. Generoso. Y, lo creas o no… nos ha dado algo que no habíamos tenido en mucho tiempo.

—¿De qué estás hablando?

Ella vuelve a alargar la mano hacia la mía y, esta vez, dejo que me la tome, aunque el pecho se me aprieta de frustración.

—Recuerdas la deuda, ¿verdad?

Se me retuerce el estómago.

Claro que sí.

Cuando nos mudamos por primera vez al continente, me enfermaba todo el tiempo. Mi cuerpo no podía con el cambio de clima, el estrés, con todo. Entrábamos y salíamos del hospital tan seguido que bien podríamos haber vivido ahí. Y en esa época no teníamos seguro. Así que mamá tuvo que pedir un préstamo enorme a una empresa de mala pinta que todavía nos manda amenazas veladas todos los meses. Nunca hemos podido pagarlo. Ni de cerca.

—¿Y qué? —pregunto, con la voz áspera.

—Emery se encargó.

—¿Qué? —jadeo.

—Sí. Hasta el último centavo. Ya no tenemos deudas, cariño. Se acabó huir de los cobradores. Se acabó despertarse a mitad de la noche preguntándonos cómo vamos a salir adelante.

Abro la boca, pero no me sale nada.

—Y cuando volvamos a Kaelara, Emery va a asegurarte un lugar en la Universidad de Kaelara el próximo semestre. Uno de los mejores programas del país. Piensa en tu futuro, Tabitha. Este es un nuevo comienzo. Para las dos.

Un nuevo comienzo para las dos.

Repito esa frase en mi mente como un mantra hasta que por fin me quedo dormida esa noche. Pero el sueño no me trae ninguna paz.

En vez de eso, me encuentro de vuelta en la Preparatoria Kaelara. La ansiedad me revuelve las entrañas mientras camino por el bosque familiar cerca de la escuela. Se escucha una risa cruel a lo lejos. Se me acelera el pulso. Empiezo a caminar más rápido, pero las voces me siguen.

—¡Ahí está! ¡Oye, Gorda Tabby! ¡Espéranos! —se burla una de ellas—. ¡Está tan gorda que se le sacude el cuerpo cada vez que corre!

—¡Gorda Tabby!

Echo a correr, con el corazón martillándome. Los árboles pasan borrosos mientras avanzo a la fuerza, esquivando raíces y ramas bajas. Me arden las piernas, pero me niego a detenerme. No puedo dejar que me encuentren.

—¡Oye, gordita, no corras tan rápido! ¡Todos sabemos que no estás hecha para el cardio!

—¡Aléjense de mí! —grito con todas mis fuerzas mientras empujo las piernas más allá de su límite, aterrada ante la posibilidad de que me alcancen.

—Gorditabby, te estamos haciendo un favor, ¿sabes? Solo te estamos enseñando a conocer tu lugar.

—No perteneces a esta escuela. Eres humana, estás gorda, y eres simplemente tan desagradable de ver.

¡No, no, no! ¡Solo déjenme en paz!

—¡Eres débil y fea!

—¡Deja de actuar como si fueras una de nosotros! ¡Me das asco!

Sus voces se acercan cada vez más; casi puedo sentir su sed de sangre como zarcillos de sombra enroscándose alrededor de mis brazos y piernas—obligándome a ceder ante la pesadilla que tengan preparada para mí.

—Más te vale correr rápido, porque si te atrapo, ¡vas a ser carne muerta, gorda!

Las risas detrás de mí se deforman en gruñidos bajos y guturales, vibran hasta convertirse en algo feroz—animal. Miro por encima del hombro y las siluetas que me persiguen cambian. Se les alargan las extremidades, se les hinchan los cuerpos, retorciéndose en formas monstruosas. Las sombras que antes pertenecían a los abusadores de la escuela ahora se alzan como bestias gigantes de ojos brillantes y dientes afilados… hombres lobo.

¡Tengo que salir de aquí! ¡Tengo que escapar… que alguien me ayude!

Mis pulmones gritan mientras intento correr más rápido, pero no es suficiente. El pie se me engancha en una raíz escondida bajo la maleza y tropiezo hacia adelante, estrellándome con fuerza contra el suelo del bosque. El dolor me atraviesa la rodilla al golpear la tierra. La tierra y las hojas me raspan la piel, haciéndome gemir de dolor. Intento incorporarme, pero el pesado retumbar de unas patas detrás de mí se acerca, cercándome por todos lados.

Cuando pierdo el conocimiento, veo la silueta de cuatro personas que me miran desde lo alto del estrecho acantilado.

Son los cuatrillizos Aldair.

Me despierto jadeando y empapada en sudor. El corazón me late tan fuerte que puedo oírlo en los oídos. Me incorporo, con la mirada recorriendo la habitación como si esos monstruos me hubieran seguido fuera del sueño. Los dedos me rozan la cicatriz de la rodilla y un escalofrío helado me recorre la espalda. El recuerdo se siente demasiado real.

No quiero volver a la isla.

Pero no tengo elección.

**

Los días siguientes pasan en un borrón. Vuelvo a la universidad para terminar mis últimos requisitos, intentando no pensar en lo que me espera en Kaelara. Una tarde me topo con Andrew cerca de la cafetería. Hablamos un rato. Cuando menciono el plan de mudarme de nuevo a Kaelara, su expresión decae un poco.

—Qué asco. Pero bueno, Kaelara es un punto turístico, ¿no? Tal vez me dé una vuelta algún día. Más te vale darme un tour como se debe cuando vaya.

—Hecho —digo, forzando una risita—. Solo no esperes que me ponga un uniforme de guía turístico ni nada por el estilo.

Sonríe, pero hay una tristeza silenciosa en sus ojos. Andrew es de los pocos amigos de verdad que hice en la ciudad. Lo voy a extrañar.

**

Luego llega el día del vuelo. Mamá prácticamente rebota de emoción, hablando sin parar mientras abordamos el avión. Me siento junto a la ventanilla, viendo pasar las nubes, intentando prepararme para lo que viene.

Cuando por fin aterrizamos en el Aeropuerto Internacional de Kaelara, el aire cálido y salado nos invade en cuanto salimos. El olor de la isla me golpea como una ola: tierra calentada por el sol, brisa marina y algo tenuemente dulce que casi había olvidado.

Me cuesta admitirlo, pero una pequeña parte de mí extrañaba este lugar. Kaelara es una isla grande y Andrew tenía razón: es una de las atracciones turísticas más famosas del país por su playa increíble y sus paisajes impresionantes. Si no fuera por la horrible experiencia que viví aquí, estaría más emocionada de estar de vuelta.

Un grupo de hombres de traje nos recoge en el aeropuerto y nos lleva directo a la finca de los Aldair. Me quedo mirando por la ventana en silencio mientras el paisaje de Kaelara pasa borroso.

De verdad estamos de vuelta. Todavía no puedo creerlo.

Cuando por fin se abren las rejas y entramos por el largo camino de acceso, tengo que sujetarme la mandíbula para que no se me caiga. Simplemente… guau.

La casa —no, la mansión— es enorme. De esas propiedades que ves en revistas brillantes. Parece un castillo. Los Aldair son figuras influyentes en toda la isla desde hace décadas, pero esta es la primera vez que de verdad pongo un pie en su territorio.

El corazón me retumba más fuerte con cada paso mientras nos conducen por la gran entrada, donde los pisos de mármol se extienden bajo nuestros pies y candelabros de cristal cuelgan sobre nosotros. Hay una escalera que se curva con elegancia a lo largo de la pared, como sacada de un cuento.

Emery nos recibe en lo alto de las escaleras con una sonrisa amplia y acogedora.

—Me alegra que hayan llegado bien —dice, y luego se vuelve hacia mí—. Ven. Quiero que conozcas a mis hijos.

Mierda, aquí vamos.

Capítulo anterior
Siguiente capítulo