CAPÍTULO TREINTA Y OCHO

Se despertó y abrió los ojos. Miró a su alrededor. Las cadenas en sus muñecas seguían allí y nada había cambiado. Miró hacia su estómago y sus ojos brillaron de ira.

—¿Qué hiciste? —le preguntó.

—Te quité al bastardo, de nada. El pequeño bastardo aún estaba vivo cuando lo saqué. Supongo que me equi...

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