Capítulo 1 El día en que todo se rompió

La voz de su madre cortó el silencio del despacho como una hoja afilada.

—Debes destruirla, Jake.

Jake Caldwell se quedó de pie frente al ventanal, las manos metidas en los bolsillos de su pantalón negro. Afuera, los jardines de la mansión Caldwell brillaban bajo el sol de finales de verano. Dentro, el aire olía a perfume caro y a resentimiento antiguo.

—¿Otra vez con eso, madre? —preguntó sin girarse.

Eleanor Caldwell se levantó de su silla de cuero. El clic de sus tacones sobre el mármol sonó preciso, calculado.

—No es “otra vez”. Es siempre. Esa mujer… esa puta que fue la madre de Sarah Harrington se acostó con tu padre. Me humilló. Me dejó en ridículo frente a toda la sociedad. Y su hija camina libre, rica, intocable. No lo voy a permitir.

Jake giró la cabeza apenas. Tenía el mismo perfil afilado de su madre, los mismos ojos grises fríos.

—Sarah Harrington no tiene la culpa de lo que hizo su madre hace veinte años.

—¡Tiene la cara de esa mujer! —la voz de Eleanor subió un tono—. Tiene su sangre. Y tú vas a hacer que pague. Vas a entrar en su vida, vas a hacer que confíe en ti… y luego vas a destrozarla. Que sepa lo que se siente perderlo todo. Que sepa lo que se siente ser humillada.

Jake no respondió de inmediato. Solo asentió una vez, lento.

—Como digas.

Eleanor se acercó y le tocó la mejilla con dedos helados.

—Buen chico. Empieza en cuanto pises esa universidad. No me falles.

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La Universidad de Westbridge olía a césped recién cortado y a dinero nuevo. El campus era un escenario perfecto de edificios de piedra, estudiantes con ropa de marca y risas que no tenían nada de inocente.

Jake se apoyó contra la pared del edificio de Administración, rodeado de su grupo habitual. Ethan, Liam y Connor lo miraban con la misma expresión de siempre: expectante, lista para el siguiente juego.

—Entonces —dijo Ethan, cruzándose de brazos—. ¿Cuál es el plan para este semestre, Caldwell?

Jake sonrió de lado. Sacó el teléfono, buscó una foto y se la mostró a los tres.

Sarah Harrington. Pelo castaño recogido en una coleta baja, gafas de pasta fina, mirada baja hacia el suelo. Llevaba un suéter oversized y una mochila que parecía más grande que ella.

Liam soltó una carcajada.

—¿Esa? Parece que se va a asustar si alguien le habla demasiado alto.

—Exactamente —contestó Jake—. Timida. Retráida. Hija del gran Charles Harrington… y la razón por la que mi madre no duerme tranquila desde hace dos décadas.

Connor arqueó una ceja.

—¿Y qué quieres hacer con ella?

Jake guardó el teléfono.

—Apuesta. El primero que se la lleve a la cama gana cincuenta mil dólares. De mi bolsillo.

Los tres se miraron. Ethan silbó bajo.

—Cincuenta mil por una virgen asustadiza. Suena demasiado fácil.

—No lo es —dijo Jake—. Ella no confía en nadie. Y yo voy a ser el primero en meterle la mano debajo de la falda… y en hacer que se arrepienta de haber nacido Harrington.

Liam soltó otra risa.

—Pobre chica. Ni se va a enterar de lo que le espera.

Jake miró hacia el edificio principal. Justo en ese momento, una figura pequeña cruzó el patio. Sarah caminaba con la cabeza gacha, abrazando los libros contra el pecho como si pudieran protegerla del mundo.

Los cuatro se quedaron callados un segundo. Luego Ethan habló, divertido:

—Mírala. Parece un ratón escapando de un gato.

Jake no contestó. Solo sonrió.

El juego acababa de empezar.

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En el otro extremo de la ciudad, en la penthouse del edificio Harrington, el silencio era distinto. Más pesado.

Sarah se sentó en el borde de la cama, mirando la maleta ya cerrada. Su padre entró sin llamar, como siempre. Charles Harrington no necesitaba permiso en ninguna habitación de su casa.

—¿Ya estás lista? —preguntó sin mirarla realmente. Revisaba algo en su teléfono.

—Sí, papá.

Él levantó la vista solo un segundo. La recorrió de arriba abajo y frunció el ceño.

—Podrías haberte puesto algo más presentable. Pareces una niña de secundaria. Los Harrington no se permiten verse… débiles.

Sarah apretó los dedos sobre la tela de la falda.

—Es cómodo para el primer día.

—Cómodo —repitió Charles, como si la palabra le supiera amarga—. Tu madre también prefería lo “cómodo”. Y mira dónde terminó. Muerta y olvidada. No quiero que salgas de esta casa a avergonzarme. Eres mujer. Ya vas con desventaja. No me hagas el trabajo más difícil.

Sarah bajó la mirada. Había aprendido hacía años que responder solo empeoraba las cosas.

La puerta del pasillo se abrió de golpe.

Demian entró como una tormenta. Cabello negro desordenado, chaqueta de cuero abierta, un moretón reciente en el pómulo y esa sonrisa peligrosa que siempre traía cuando acababa de pelearse con alguien.

—Déjala en paz, Charles —dijo sin levantar demasiado la voz, pero con suficiente filo.

Charles se giró hacia su hijastro.

—Esto no es asunto tuyo, Demian.

—Cuando hablas así de Sarah, sí lo es.

Los dos hombres se midieron un segundo. Charles era más alto, más elegante. Demian era más joven, más grande, y tenía esa forma de mirar que hacía que la gente diera un paso atrás.

Finalmente, el padre de Sarah soltó un suspiro irritado.

—Haz lo que quieras. Solo no me hagas quedar mal en Westbridge. Y tú —miró a Demian—, intenta no terminar expulsado la primera semana.

Se fue cerrando la puerta con más fuerza de la necesaria.

El silencio que quedó fue distinto. Más suave.

Demian se acercó y se sentó en el suelo, de espaldas a la cama de Sarah, como siempre hacía. Sacó un cigarrillo, pero no lo encendió. Solo lo giró entre los dedos.

—No le hagas caso —dijo en voz baja—. Es un hijo de puta.

Sarah sonrió un poco, la primera sonrisa del día.

—Lo sé.

—Si alguien te molesta allá… me llamas. ¿Entendido?

Ella asintió. Demian era el único que la defendía. El único que la escuchaba de verdad. El típico problema andante para el resto del mundo… y el único lugar seguro para ella.

Se levantó, recogió la maleta y se detuvo en la puerta.

—Gracias, Demi.

Él no contestó. Solo levantó la mano en un gesto vago, como si no fuera gran cosa. Pero Sarah sabía que lo era.

Cuando bajó al auto que la esperaba, no sabía que, a menos de una hora de distancia, un chico de ojos grises ya había puesto precio a su destrucción.

Y que, por primera vez en mucho tiempo, alguien la estaba mirando… aunque no por las razones correctas.

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