Capítulo 2 La apuesta

El primer día en Westbridge olía a promesas falsas.

Sarah caminaba por el patio principal con la mochila apretada contra el pecho y la mirada fija en el mapa que había impreso la noche anterior. Todo era demasiado grande, demasiado brillante, demasiado lleno de gente que parecía saber exactamente a dónde iba. Ella no. Ella solo quería llegar a la residencia de primer año sin tropezar ni llamar la atención.

No lo logró.

Al girar la esquina del edificio de Ciencias, chocó de lleno contra alguien.

Los libros se le cayeron. El mapa voló. Y cuando levantó la vista para disculparse, el mundo se detuvo.

Ojos grises. Cabello oscuro peinado hacia atrás con esa negligencia perfecta que solo tienen los que nunca han tenido que esforzarse. Una sonrisa lenta, peligrosa, que le llegó directo al estómago.

—Lo siento —murmuró ella, arrodillándose para recoger los cuadernos—. No te vi.

—Yo sí te vi —respondió él, agachándose a su altura—. Sarah Harrington, ¿verdad?

Ella se quedó paralizada.

—¿Cómo…?

—Todos aquí saben quién eres —dijo el chico, recogiendo el mapa y entregándoselo con una sonrisa que parecía amable y, al mismo tiempo, no lo era—. Jake Caldwell. Encantado de conocerte… de verdad.

Sarah sintió cómo el calor le subía por el cuello. Nunca nadie la había mirado así. Como si valiera la pena ser vista.

—Yo… también —logró decir.

Jake se levantó y le ofreció la mano para ayudarla a ponerse de pie. Sus dedos eran cálidos, firmes. Cuando ella los tomó, él no soltó de inmediato.

—¿Vas a la orientación de primer año? Te acompañaré. Este campus es un laberinto si no conoces los atajos.

—No hace falta, puedo—

—Insisto.

Y ella, que nunca insistía en nada, asintió.

Caminaron juntos. Jake hablaba con esa facilidad que solo tienen los que saben que el mundo les pertenece. Le contó sobre los mejores lugares para estudiar, sobre el café escondido detrás de la biblioteca, sobre cómo el equipo de fútbol era una estafa pero valía la pena verlo por las fiestas posteriores. Sarah escuchaba, respondía con monosílabos, y sentía que el corazón se le salía del pecho cada vez que él la miraba de reojo.

Estaba enamorada. Ridículamente. A primera vista. Y odiaba lo fácil que había sido.

Cuando llegaron al salón de orientación, Jake se detuvo en la puerta.

—Dame tu número —dijo de pronto.

Sarah parpadeó.

—¿Para…?

—Para no tener que perseguirte por todo el campus la próxima vez que quiera hablar contigo.

Ella dudó solo un segundo. Luego se lo dio. Jake lo guardó con una sonrisa que no llegó del todo a los ojos.

—Nos vemos pronto, Sarah.

Y se fue.

Ella entró al salón sintiendo que el suelo todavía se movía bajo sus pies.

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No sabía que, a menos de cincuenta metros, Demian ya estaba allí.

Había aparecido sin avisar, como siempre. Llevaba la misma chaqueta de cuero, el mismo moretón que ahora se estaba poniendo amarillo, y esa expresión de perro de presa que adoptaba cada vez que alguien se acercaba demasiado a Sarah.

La vio salir del edificio de orientación media hora después. Y vio a Jake Caldwell apoyado en una columna, mirándola como si ya la hubiera ganado.

Demian apretó la mandíbula.

Cruzó el patio en cinco zancadas.

—Sarah.

Ella se giró, sorprendida y aliviada al mismo tiempo.

—¿Demi? ¿Qué haces aquí?

—Vine a ver cómo te iba el primer día —mintió. En realidad había venido porque algo en su instinto le gritaba que no la dejara sola—. ¿Quién era ese?

—¿Quién?

—El de los ojos de muerto que te estaba mirando como si fueras un postre.

Sarah se sonrojó.

—Jake Caldwell. Me ayudó a recoger los libros cuando choqué con él. Fue… amable.

Demian soltó una risa corta, sin humor.

—Los Caldwell no son amables. Nunca.

—Tú tampoco conoces a todos los Caldwell.

—Conozco lo suficiente.

Antes de que ella pudiera responder, Jake se acercó de nuevo. Como si hubiera estado esperando el momento exacto.

—Sarah —saludó, y luego miró a Demian con una curiosidad calculada—. No creo que nos hayan presentado.

—No hace falta —contestó Demian, colocándose medio paso delante de Sarah—. Aléjate de ella.

Jake sonrió más amplio.

—Vaya. El hermanastro protector. Qué cliché.

El aire se volvió denso de inmediato. Varios estudiantes se detuvieron a mirar.

Sarah sintió el pánico subir por su garganta.

—Demi, por favor…

Demian no apartó la vista de Jake.

—Te lo digo una sola vez. Si te vuelvo a ver cerca de ella, te rompo la cara. Y no me importa quién sea tu padre.

Jake inclinó la cabeza, divertido.

—Amenazas en el primer día. Qué original. Pero tranquilo… —su mirada pasó a Sarah y se suavizó de forma deliberada—. Yo solo quiero conocerla. Nada más.

Sarah no sabía qué decir. Parte de ella quería que Demian se callara. Otra parte, más profunda, se sentía segura con él ahí.

Jake levantó las manos en gesto de paz.

—Nos vemos en clase, Sarah. Si tu guardaespaldas lo permite.

Y se fue caminando con esa calma insolente que hacía que la gente se apartara a su paso.

Demian no se movió hasta que Jake desapareció entre la multitud.

—No te acerques a él —dijo en voz baja, solo para ella—. No confíes en nadie que se llame Caldwell.

—Estás exagerando.

—Ojalá.

Sarah lo miró. Por un segundo vio algo más que rabia en sus ojos. Algo que se parecía al miedo.

—¿Qué sabes de ellos, Demi?

Él no contestó. Solo le tomó la muñeca con suavidad —esa suavidad que solo usaba con ella— y la guió hacia el estacionamiento.

—Vamos. Te llevo a tu residencia. Y esta noche hablamos.

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Esa misma noche, en la habitación compartida de la residencia, el teléfono de Sarah vibró.

Un mensaje de un número desconocido.

Jake:

*Siento lo de hoy. Tu hermanastro es… intenso.

Pero no me voy a rendir tan fácil.

¿Café mañana? Solo nosotros dos.*

Sarah miró la pantalla durante un minuto entero. El corazón le latía tan fuerte que pensó que la compañera de cuarto lo iba a oír.

Respondió antes de pensarlo demasiado.

Sarah:

Está bien. A las diez. En el café de detrás de la biblioteca.

Envió el mensaje. Luego apagó el teléfono y se quedó mirando el techo.

No sabía que, en ese mismo momento, en el piso de arriba de la fraternidad más exclusiva del campus, Jake mostraba la conversación a sus amigos.

—Cincuenta mil —dijo, levantando la cerveza—. Y ni siquiera he empezado.

Ethan rio.

—La tienes comiendo de tu mano.

—Todavía no —contestó Jake, guardando el teléfono—. Pero lo hará.

Al otro lado del campus, Demian estaba sentado en el capó de su moto, mirando la ventana iluminada de la habitación de Sarah. Fumaba en silencio. El más reciente moretón le latía, pero no era eso lo que le dolía.

Su teléfono también vibró.

Un mensaje de un contacto guardado solo como “E”.

E:

*Cuidado con el Caldwell.

Si se acerca demasiado a ella, no vas a poder protegerla.

Ni tú… ni yo.*

Demian apagó el cigarrillo contra la suela de la bota.

Y por primera vez en mucho tiempo, sintió que algo se le escapaba de las manos.

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Al día siguiente, a las diez en punto, Sarah llegó al café escondido detrás de la biblioteca.

Jake ya estaba allí. Dos cafés sobre la mesa. Una sonrisa perfecta.

—Pensé que no vendrías —dijo cuando ella se sentó.

—Yo también.

Él rio bajito. Y en ese momento, mientras el vapor del café subía entre ellos, ninguno de los dos vio la figura oscura que observaba desde el otro lado de la calle.

Demian.

Ni tampoco vieron el auto negro con cristales tintados que se detuvo unos metros más allá, con alguien dentro que llevaba demasiado tiempo esperando este día.

El juego había dejado de ser solo de Jake.

Y Sarah, sin saberlo, acababa de sentarse en el centro del tablero.

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