Capítulo 3 Dos miradas, un mismo juego

El café olía a canela y a peligro.

Sarah llegó cinco minutos antes, el corazón latiéndole tan fuerte que pensó que se le iba a salir por la boca. Se sentó en la mesa del rincón, la misma donde Jake le había dicho que la esperaría. Se alisó el suéter una y otra vez. Se mordió el labio inferior hasta casi hacérselo sangre. No sabía qué estaba haciendo. Solo sabía que desde que él la miró por primera vez, algo dentro de ella se había roto… o se había encendido.

Jake apareció a las diez en punto exactas. Como si el tiempo le obedeciera.

Llevaba una camisa negra arremangada hasta los codos y el pelo todavía húmedo de la ducha. Cuando se sentó frente a ella, el aire entre ambos se volvió espeso.

—Pensé que te ibas a arrepentir —dijo en voz baja, casi ronca.

—Casi lo hago —admitió ella.

Jake sonrió de lado y deslizó el café hacia ella. Sus dedos rozaron los de Sarah. Un segundo. Dos. No los retiró de inmediato.

—Me alegra que no lo hayas hecho.

Sarah tragó saliva. El contacto había sido mínimo, pero le quemaba la piel. Nunca nadie la había tocado así… como si quisiera más.

Hablaron. O al menos intentaron. Jake le preguntaba cosas y ella respondía con la voz un poco temblorosa. Cada vez que él se inclinaba hacia adelante, el cuello de su camisa se abría un poco más y Sarah no podía dejar de mirar la línea de su clavícula. Cada vez que él reía, bajo y cercano, ella sentía un tirón caliente entre las piernas que la avergonzaba.

—Tienes los ojos más honestos que he visto —murmuró Jake de pronto—. La gente miente con la boca todo el tiempo. Tú no. Tú todavía no has aprendido a hacerlo.

Sarah bajó la mirada a su taza.

—No soy interesante.

—Eso es mentira —Jake extendió la mano y, con el dorso de los dedos, le apartó un mechón de pelo de la mejilla—. Eres la única persona en este puto campus que no está fingiendo ser alguien. Y eso… me vuelve loco.

El roce fue deliberado. Lento. Sus nudillos rozaron la piel sensible justo debajo de su oreja. Sarah contuvo la respiración. El calor le subió por el cuello, por el pecho, se le concentró bajo el ombligo. Por un segundo absurdo pensó en inclinarse hacia él. En cerrar la distancia. En descubrir cómo sabría su boca.

Jake lo notó. Por supuesto que lo notó. Su mirada bajó a los labios de ella y se oscureció.

—Sarah…

No terminó la frase. Porque en ese exacto segundo la campanita de la puerta del café sonó con violencia.

Demian entró como una tormenta.

La mirada que le dedicó a Jake fue asesina. La que le dedicó a Sarah fue otra cosa completamente distinta: dolor, rabia… y algo más profundo, algo que llevaba años escondiendo bajo capas de moretones y silencio.

—Sal de aquí —le ordenó a Sarah sin siquiera mirarla del todo.

Jake se reclinó en la silla, divertido y peligroso.

—Vaya. El perro guardián otra vez. Qué coincidencia.

Demian avanzó hasta la mesa. Tenía las manos metidas en los bolsillos de la chaqueta, pero Sarah conocía esa postura. Estaba a un segundo de soltar un puñetazo.

—Te dije que te alejaras de ella.

—Y yo te dije que no me iba a rendir —Jake levantó la vista hacia Sarah—. ¿Tú quieres irte, o quieres quedarte a terminar el café conmigo?

Sarah se quedó congelada entre los dos. El corazón le latía desbocado. Por Jake. Por Demian. Por la forma en que el aire se había vuelto irrespirable.

—Yo… —empezó.

Demian no la dejó terminar. Le tomó la muñeca con esa fuerza cuidadosa que solo usaba con ella y la levantó de la silla.

—Nos vamos.

Jake no se movió. Solo sonrió más amplio, como si todo formara parte del plan.

—Hasta pronto, Sarah. Muy pronto.

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Afuera, el sol de media mañana parecía demasiado brillante.

Demian no soltó su muñeca hasta que doblaron dos calles y llegaron al callejón detrás de la biblioteca, donde nadie podía verlos. Entonces la soltó… y se pasó las manos por el pelo con frustración.

—¿Qué mierda estabas pensando?

Sarah se cruzó de brazos, todavía temblando por lo que había sentido en el café.

—Solo estábamos hablando.

—No. Él te estaba comiendo con los ojos. Y tú… tú lo estabas dejando.

La voz de Demian se quebró un segundo en la última frase. Sarah lo miró de verdad por primera vez. Tenía la mandíbula apretada, los ojos oscuros brillando con algo que no era solo rabia.

—Demi…

—No lo entiendes —dijo él, más bajo—. Ese tipo no es bueno. Ningún Caldwell lo es. Y tú… tú no mereces que te usen.

Se quedó callado. Mirándola. Y en ese silencio Sarah vio, por primera vez, lo que él llevaba años escondiendo.

Demian la amaba.

No como hermanastro. No como protector. La amaba de la forma en que un hombre ama a una mujer: con hambre, con miedo, con esa necesidad de tocar y no poder hacerlo. La amaba tal cual era. Con su suéter oversized, con su voz baja, con su forma de encogerse cuando alguien alzaba la voz. La amaba en secreto desde hacía demasiado tiempo, y cada vez que ella sonreía a otro se le rompía algo por dentro.

Sarah abrió la boca. Iba a decir su nombre. Iba a preguntar. Pero Demian dio un paso atrás, como si hubiera sentido que se había delatado.

—No vuelvas a quedar con él —ordenó, la voz ronca—. Por favor.

Y se fue.

Sarah se quedó sola en el callejón, el corazón hecho un desastre. Todavía sentía los dedos de Jake en su mejilla. Todavía veía los ojos de Demian llenos de algo que no debería estar ahí.

No sabía cuál de las dos cosas la asustaba más.

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Esa noche, Demian no pudo dormir.

Estaba tirado en el sofá del pequeño apartamento que alquilaba cerca del campus (porque, por supuesto, no iba a dejar a Sarah sola en Westbridge). Miraba el techo y se repetía una y otra vez que era su hermanastra. Que no podía. Que no debía.

Pero cuando cerraba los ojos la veía en el café. Veía cómo Jake se inclinaba hacia ella. Veía cómo ella se sonrojaba. Y el celos le quemaban el pecho como ácido.

Sacó el teléfono. Abrió la conversación con “E”.

Demian:

*Está jugando con ella.

Si se acerca otra vez, lo mato.*

La respuesta llegó en menos de un minuto.

E:

*No lo hagas.

Todavía no.

Hay cosas que no sabes… y si tocas a un Caldwell ahora, la destruyen a ella primero.*

Demian apretó el teléfono hasta que los nudillos se le pusieron blancos.

Luego se levantó, salió al balcón y encendió un cigarrillo con manos temblorosas. Miró hacia el edificio de residencias, hacia la ventana que sabía que era la de Sarah.

Suspiró.

Un suspiro largo, derrotado, lleno de todo lo que nunca podría decirle.

—Te juro que no te voy a dejar caer —murmuró al aire—. Aunque me odies por ello.

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Mientras tanto, en la habitación de Sarah, el teléfono vibró otra vez.

Jake:

*No te asusté hoy, ¿verdad?

Porque la forma en que me miraste cuando te toqué la cara…

Todavía la estoy sintiendo.*

Sarah se mordió el labio. El calor volvió a concentrársele bajo la piel, traicionero.

Escribió y borró tres veces.

Al final solo mandó:

Sarah:

No me asustaste.

La respuesta de Jake llegó inmediata.

Jake:

*Bien.

Porque la próxima vez que te vea… no voy a contentarme con rozarte el pelo.*

Sarah apagó la pantalla. Se quedó mirando la oscuridad. El cuerpo todavía le temblaba. Entre las piernas sentía una humedad vergonzosa que no sabía cómo controlar.

Y en algún lugar de la ciudad, dos hombres —uno con una apuesta y una orden de destrucción, el otro con un amor secreto que lo estaba matando— pensaban exactamente en la misma chica.

El tablero se estaba llenando de piezas.

Y Sarah, sin saberlo, ya no era solo la hija de Harrington.

Era el premio.

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