Capítulo 4 Creando casualidad
El segundo encuentro no fue casualidad.
Jake lo planeó todo.
Sarah salía de su clase de Literatura Comparada cuando lo vio apoyado contra la pared del pasillo, exactamente donde sabía que ella tenía que pasar. Llevaba auriculares colgando del cuello y esa sonrisa perezosa que le hacía sentir que el aire se volvía más denso.
—Otra vez tú —dijo ella, intentando sonar indiferente. Falló.
—Otra vez tú —repitió Jake, enderezándose—. Qué coincidencia.
No lo era. Ambos lo sabían.
Caminaron juntos hacia la biblioteca. Jake iba demasiado cerca. Cada tanto su brazo rozaba el de ella. Cada tanto se inclinaba para hablarle al oído, aunque no hiciera falta, y el aliento caliente le rozaba la piel del cuello. Sarah sentía que la respiración se le cortaba.
—Anoche pensé en ti —confesó Jake de pronto, voz baja—. En la forma en que me miraste cuando te toqué la cara. En lo fácil que habría sido… acercarme un poco más.
Sarah se detuvo en seco. El corazón le latía tan fuerte que le dolía el pecho.
—No digas cosas así.
—¿Por qué no? —Jake se plantó frente a ella, obligándola a mirarlo—. ¿Porque te gusta? ¿O porque te asusta lo mucho que te gusta?
Ella no respondió. No pudo. Jake levantó la mano y, con dos dedos, le sujetó la barbilla con suavidad. El pulgar le rozó el labio inferior. Lento. Deliberado.
—Estás temblando —susurró.
—No estoy…
—Sí lo estás. Y no es de miedo.
El mundo alrededor desapareció. Solo quedaban su boca a centímetros de la de ella y el calor que le subía por el vientre como fuego líquido. Sarah sintió que se le aflojaban las rodillas. Por un segundo absurdo y peligroso pensó en ponerse de puntillas y besararlo.
Jake lo notó. Su sonrisa se volvió más oscura, más satisfecha.
—Todavía no —murmuró contra su piel, tan cerca que casi la rozó—. Cuando te bese, no quiero que sea en un pasillo. Quiero que sea cuando ya no puedas fingir que no me deseas.
Soltó su barbilla justo cuando un grupo de estudiantes dobló la esquina. Sarah se quedó respirando entrecortada, las piernas inestables, la cara ardiendo.
Jake le guiñó un ojo.
—Hasta luego, Sarah.
Y se fue dejándola hecha un desastre.
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Esa misma tarde, en el sótano de la fraternidad Caldwell, el ambiente era otro.
Jake estaba recostado en el sofá grande, una cerveza en la mano, rodeado de Ethan, Liam y Connor. La televisión sonaba de fondo, pero nadie la miraba.
—Entonces —dijo Ethan, riendo—. ¿Cómo va la conquista de la ratoncita Harrington?
Jake soltó una carcajada baja.
—Como un reloj. Se pone colorada si le rozas un dedo. Se muerde el labio cuando le hablas al oído. Anoche casi le pido que se sentara en mi regazo solo para ver si se desmayaba.
Liam silbó.
—Cincuenta mil cada vez más cerca. ¿Crees que sea virgen?
—Seguro —Jake dio un trago a la cerveza—. Nadie la ha tocado. Se nota. Tiene esa forma de mirar… como si no pudiera creer que alguien la desee. Es casi tierno.
Connor se rio con crueldad.
—Tierno hasta que la tengas debajo. Entonces vamos a ver qué tan tímida es de verdad.
Jake sonrió, pero esta vez la sonrisa no llegó a los ojos. Había algo más frío ahí. Más calculado.
—Voy a hacer que me ruegue —dijo con calma—. Que me busque. Que se sienta especial. Y cuando esté completamente perdida por mí… la voy a destrozar. Exactamente como mi madre quiere.
Los tres amigos levantaron las botellas en un brindis silencioso.
Ninguno de ellos vio la sombra que se movía detrás de la ventana semiabierta del sótano.
Demian.
Había seguido a Jake desde el campus. Ahora estaba allí, oculto entre los arbustos, escuchando cada palabra con la mandíbula tan apretada que le dolían los dientes. El celos le quemaban el pecho. La rabia le hacía temblar las manos. Pero lo que más le dolía era otra cosa:
Había oído cómo hablaban de Sarah.
Como si fuera un trofeo. Como si fuera basura.
Demian cerró los ojos un segundo. Vio a Sarah con su suéter demasiado grande, con su forma de esconderse detrás del pelo, con esa sonrisa pequeña que solo le dedicaba a él cuando nadie más miraba. La amaba exactamente así. Frágil. Real. Suya en todo menos en el nombre.
Y ese hijo de puta la estaba usando.
Cuando Jake y los otros subieron al primer piso, Demian se alejó en silencio. Sacó el teléfono con dedos torpes.
Demian:
*Lo escuché.
Está jugando con ella.
Habla de destruirla como si fuera un juego.*
La respuesta de “E” tardó menos de treinta segundos.
E:
*Todavía no puedes actuar.
Si lo haces ahora, la pierdes.
Confía en mí.*
Demian guardó el teléfono. Miró hacia el edificio de residencias, hacia la ventana de Sarah, y suspiró. Un suspiro largo, roto, lleno de todo lo que no podía decirle.
—Juro que te voy a sacar de esto —murmuró—. Aunque me odies después.
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Esa noche Sarah no pudo dormir.
El teléfono vibró a las once y media.
Jake:
*Sigo pensando en lo cerca que estuve de besarte hoy.
Dime la verdad… ¿tú también?*
Sarah miró la pantalla durante un minuto entero. El cuerpo todavía le ardía por el recuerdo de sus dedos en su labio.
Escribió:
Sarah:
Sí.
La respuesta llegó al instante.
Jake:
*Entonces mañana te voy a tocar de verdad.
Y esta vez no me voy a detener solo porque alguien aparezca.*
Sarah apagó el teléfono y se cubrió la cara con las manos. Entre las piernas sentía un calor humillante, insistente. Quería odiarlo. Quería tener miedo. Pero lo único que sentía era ganas de que mañana llegara más rápido.
Al otro lado del campus, Demian estaba de pie bajo su ventana, mirando la luz apagarse. El cigarrillo se le consumía entre los dedos sin que lo notara.
Celos. Rabia. Amor.
Todo al mismo tiempo.
Y la certeza terrible de que, si no hacía algo pronto, iba a perderla para siempre… de la peor forma posible.
