Capítulo 5 Cuando él me rompió

Sarah ya no dormía bien.

Cada noche se quedaba mirando el techo de la residencia recordando los dedos de Jake en su labio, la forma en que le había hablado al oído, la promesa de que la próxima vez no se detendría. Se tocaba sin querer, apretaba los muslos una contra la otra y se odiaba un poco por lo mojada que se ponía solo de pensar en él. Estaba enganchada. Peor: estaba perdida.

Al tercer día sin verlo, el mensaje llegó a las once de la noche.

Jake:

*Ven al mirador.

Ahora.

Solo tú y yo.*

Sarah miró la pantalla con el corazón golpeándole las costillas. Sabía que era una mala idea. Sabía que Demian la mataría si se enteraba. Aun así se levantó, se puso el suéter oversized de siempre y salió de la residencia como una sonámbula.

El mirador de Westbridge estaba al final de un camino de tierra que subía por el bosque detrás del campus. De día era un lugar turístico. De noche era oscuridad, viento y el brillo lejano de las luces de la ciudad. Jake ya estaba allí, apoyado contra la barandilla de madera, las manos en los bolsillos, el perfil recortado contra la luna.

Cuando la vio acercarse, sonrió de esa forma que le derretía las rodillas.

—Pensé que no vendrías.

—Yo también —susurró ella.

Jake no dijo nada más. Solo extendió la mano. Sarah la tomó. Él la atrajo contra su cuerpo de un solo tirón. El impacto de pecho contra pecho le sacó el aire. Olió a colonia cara, a humo y a algo más oscuro, más masculino.

—Estás temblando otra vez —murmuró contra su sien.

—No es de frío.

—Lo sé.

Jake la sujetó de la nuca y la besó.

No fue un beso suave. Fue hambre. Boca abierta, lengua exigente, dientes rozándole el labio inferior hasta casi morder. Sarah soltó un gemido ahogado y se aferró a su camisa. Jake la empujó contra la barandilla, una rodilla separándole los muslos, la erección ya dura y pesada rozándole el vientre a través de la ropa.

—Joder, Sarah… —respiró contra su boca—. Llevas días mojándote por mí y ni siquiera te he tocado de verdad.

Ella no pudo responder. Solo asintió, avergonzada y caliente a la vez. Jake le levantó el suéter de un movimiento y se lo quitó. Debajo solo llevaba un sujetador de algodón blanco. Él lo miró un segundo, como si le divirtiera lo inocente que era, y luego se lo bajó sin desabrocharlo. Sus pechos quedaron expuestos al aire frío de la noche. Los pezones se le endurecieron al instante.

Jake se inclinó y le chupó uno con fuerza. Sarah arqueó la espalda y soltó un grito corto. Él no fue delicado: succionó, mordisqueó, pasó la lengua plana sobre la piel sensible mientras la otra mano le apretaba el otro pecho con dedos posesivos.

—Más… —rogó ella sin darse cuenta.

Jake rio contra su piel.

—Todavía no has visto nada.

Le bajó los pantalones y la ropa interior de un solo tirón. Sarah se quedó desnuda de cintura para abajo, temblando, las piernas abiertas por la rodilla de él. Jake metió dos dedos entre sus labios sin previo aviso. Estaba empapada. Los dedos entraron con facilidad y ella gimió alto, agarrándose a sus hombros.

—Mira cómo chorreas… —susurró Jake, moviendo los dedos dentro de ella con ritmo cruel—. Tan apretadita. Tan virgen. ¿Nadie te ha tocado aquí, verdad?

Sarah negó con la cabeza, incapaz de hablar. Jake le frotó el clítoris con el pulgar al mismo tiempo que curvaba los dedos y ella se corrió de golpe, sin avisar, las piernas temblando, un gemido largo y roto escapándosele de la garganta. Jake la sostuvo para que no se cayera.

—Primera —dijo con voz ronca—. Ahora te voy a follar de verdad.

Se desabrochó el pantalón. Su polla saltó pesada, gruesa, completamente dura, la cabeza ya brillante de precum. Sarah la miró con los ojos muy abiertos. Nunca había visto una de cerca. Jake le tomó la mano y se la puso alrededor.

—Tócala. Así. Fuerte.

Ella obedeció, torpe, y él gimió bajo. Luego la giró, la obligó a apoyarse en la barandilla con las manos y le separó las piernas con una patada suave. La cabeza de su polla rozó su entrada empapada. Jake se detuvo ahí, solo empujando lo suficiente para sentir cómo se abría alrededor de él.

—Di mi nombre —ordenó.

—Jake…

—Más alto.

—Jake —repitió ella, la voz rota.

Él empujó de una sola embestida hasta el fondo.

Sarah gritó. El dolor y el placer se mezclaron en un golpe seco que le hizo ver estrellas. Estaba tan apretada que Jake tuvo que quedarse quieto un segundo, respirando agitado contra su nuca.

—Joder… estás estrangulándome —gruñó—. Tan puta estrecha…

Empezó a moverse. Primero lento, profundo, sacando casi toda la longitud para volver a enterrarse hasta los huevos. Luego más rápido. Más duro. Cada embestida hacía que los pechos de Sarah rebotaran y que el sonido húmedo de piel contra piel llenara el mirador. Jake le agarró el pelo con una mano y le forzó la cabeza hacia atrás, follándola sin piedad.

—Te gusta, ¿verdad? —le siseó al oído—. Te gusta que te use como una puta en medio del bosque. Di que te gusta.

—Me… me gusta —sollozó ella, ya llorando de placer—. Por favor… no pares…

Jake soltó una risa oscura y aceleró. Le metió la mano entre las piernas y le frotó el clítoris con dedos torpes y urgentes. Sarah se corrió por segunda vez, gritando su nombre, el coño contrayéndose con fuerza alrededor de la polla de él. Jake no se detuvo. La siguió follando a través del orgasmo hasta que ella estuvo temblando y babosa, incapaz de sostenerse.

Entonces la giró, la levantó como si no pesara nada y la sentó en la barandilla. Sarah se aferró a su cuello. Jake volvió a entrar en ella de un solo empujón, esta vez cara a cara. La folló mirándola a los ojos, una mano en su culo y la otra en su garganta, apretando lo justo para que ella sintiera el control.

—Vas a correrte otra vez —ordenó—. En mi polla. Ahora.

Sarah no pudo desobedecer. El tercer orgasmo la destrozó. Gritó, se arqueó, se aferró a él con uñas clavadas en la espalda. Jake gruñó, embistió tres veces más y se corrió profundo dentro de ella, caliente, espeso, llenándola hasta que el semen empezó a escaparse por los lados cada vez que se movía.

Se quedaron así, jadeando, unidos, el viento frío secándoles el sudor.

Jake le besó el cuello con una ternura falsa que ella no pudo detectar.

—Eres mía ahora —susurró contra su piel—. Solo mía.

Sarah, todavía temblando, con el semen de él resbalándole por los muslos, solo pudo asentir.

No sabía que, a menos de cien metros, escondido entre los árboles, Demian había visto casi todo.

Había seguido el mensaje. Había llegado demasiado tarde. Y ahora se aferraba a un tronco con tanta fuerza que se le habían abierto las palmas. Los ojos le ardían. El pecho le dolía como si le hubieran clavado un cuchillo.

La había oído gemir el nombre de otro.

La había visto entregarse.

Y por primera vez en su vida, Demian no supo si quería matar a Jake… o desaparecer para siempre.

En el mirador, Jake sacó el teléfono mientras Sarah todavía se vestía con manos torpes. Abrió el chat del grupo.

Jake:

*Hecho.

La ratoncita ya no es virgen.

Paguen.*

Tres respuestas llegaron en segundos. Emojis de dinero. Risas. Felicitaciones.

Jake guardó el teléfono, le dedicó a Sarah una sonrisa perfecta y le ofreció la mano para bajar el camino.

Ella la tomó, todavía sonrojada, todavía creyendo que lo que acababa de pasar significaba algo.

No tenía ni idea de que acababa de perder su virginidad… y posiblemente mucho más.

Capítulo anterior
Siguiente capítulo