Capítulo 6 Recogiendo los pedazos

Los primeros mensajes de Sarah fueron tímidos, casi avergonzados.

Sarah:

Hola… ¿estás ocupado?

Esperó diez minutos. Luego veinte. Luego una hora. No hubo respuesta.

Sarah:

Ayer fue… intenso. No sé si lo dije, pero me gustó. ¿Todo bien?

El doble check azul nunca apareció. El mensaje se quedó en gris.

Al día siguiente intentó de nuevo, esta vez con el corazón más agitado.

Sarah:

*Jake?

No sé si hice algo mal.

Por favor contesta.*

Nada.

Empezó a buscarlo en el campus. Lo vio dos veces: una saliendo del edificio de Economía y otra cruzando el patio principal rodeado de sus amigos. En ambas ocasiones Sarah aceleró el paso, el estómago revuelto, la esperanza subiéndole a la garganta… y en ambas ocasiones Jake giró la cabeza en cuanto la sintió cerca. Como si ella fuera invisible. Como si la noche en el mirador y la que vino después en el asiento trasero de su auto nunca hubieran existido.

Sarah se convenció de que estaba ocupado. De que tenía exámenes. De que su madre lo había llamado. Inventó mil excusas porque la verdad todavía le resultaba demasiado cruel para aceptarla.

Hasta que las miradas empezaron.

Primero fueron risitas detrás de su espalda en la cafetería. Después susurros cuando entraba a clase. Una chica del segundo piso de su residencia la detuvo en el pasillo y le preguntó, con una sonrisa venenosa:

—Oye… ¿es verdad que te gusta que te graben?

Sarah no entendió la pregunta. Solo asintió de forma confusa y siguió caminando. Esa misma tarde, mientras bajaba las escaleras del edificio de Humanidades, escuchó a dos chicos reírse sin disimulo.

—La Harrington se corre gritando el nombre de Caldwell. El video es una puta joya.

El suelo se le movió bajo los pies.

Esa noche, a las dos de la madrugada, con las manos temblando tanto que casi no podía escribir, buscó su propio nombre en la red interna del campus. El primer resultado fue un enlace. El título era simple y cruel:

“Harrington vs Caldwell – La tímida se abre de piernas (auto edition)”

Sarah pulsó play.

La imagen se cargó. El interior del auto de Jake. La cámara enfocada desde el salpicadero. Se veía perfectamente su perfil, el suéter subido hasta el cuello, los pechos al aire balanceándose cada vez que se movía arriba y abajo sobre él. Se oía su propia voz, rota de placer, pidiendo más. Pidiendo que no parara. Gritando su nombre cuando se corría. La cara de Jake apenas se veía, pero la risa baja y satisfecha que soltó al final era inconfundible.

El contador marcaba 2.847 visualizaciones.

Los comentarios eran un basurero abierto:

“La hija del magnate resulta ser una perra barata.”

“Cincuenta mil dólares bien invertidos, Caldwell.”

“Hasta la ratoncita se moja por un poco de atención.”

“Alguien más quiere turno?”

“Ojalá la siguiente la graben en el mirador también.”

Sarah dejó el teléfono caer sobre la cama. Corrió al baño y vomitó hasta que solo le salió ácido. Se duchó después con el agua tan caliente que la piel se le puso roja y dolorida. Se frotó el cuerpo con el jabón como si pudiera borrar las manos de Jake, la sensación de haber sido llenada, la forma en que le había susurrado “eres mía” mientras todavía estaba dentro de ella.

No sirvió de nada.

Se quedó sentada en el suelo de la ducha hasta que el agua salió fría. Después se vistió con el mismo suéter oversized de siempre, se recogió el pelo con manos torpes y salió de la residencia. Ya no sentía vergüenza. Solo un vacío frío y una rabia que le quemaba la garganta.

La fraternidad de los Caldwell estaba a quince minutos caminando. Sarah los recorrió sin sentir las piernas. La música se oía desde la calle. La puerta principal estaba entreabierta, como siempre. Entró sin llamar.

Jake estaba en el sofá grande del salón principal, rodeado de Ethan, Liam, Connor y al menos otras ocho personas. Había botellas sobre la mesa, humo en el aire y risas sueltas. Cuando la vio cruzar el umbral, la conversación se cortó un segundo. Luego Jake sonrió. Esa misma sonrisa perfecta y vacía que le había dedicado la noche del mirador.

—Vaya —dijo en voz alta, para que todos lo oyeran—. La protagonista del video más visto del semestre acaba de hacer su aparición especial.

Las carcajadas estallaron. Alguien levantó el teléfono y empezó a grabar.

Sarah se plantó en medio del salón. La voz le salió más firme de lo que esperaba.

—¿Por qué?

Jake se levantó con calma teatral. Se acercó hasta quedar a menos de un metro de ella y la miró de arriba abajo con un desprecio tan calculado que dolía más que un golpe.

—¿Por qué qué, Sarah? ¿Por qué te follé? ¿Por qué te grabé? ¿O por qué compartí el video para que todo el campus viera lo fácil que fuiste?

Ella no apartó la mirada, aunque los ojos se le llenaron de lágrimas que se negó a derramar.

—Te dije que… que me gustaba. Te dije que no me asustabas. ¿Por qué me usaste así?

Jake soltó una risa baja y cruel. Se giró hacia sus amigos como si estuviera en un escenario.

—Escuchen esto. La niña cree que significó algo. —Volvió a mirarla—. Fuiste un juego, Sarah. Una apuesta. Cincuenta mil dólares por ser el primero en metértela. Mi madre me pidió que destruyera a la hija de esa mujer y resultó que ni siquiera tuve que esforzarme. Te abriste de piernas en el mirador como una desesperada y después otra vez en mi auto, montándome y gimiendo mi nombre como si llevaras años esperando que alguien te usara. ¿De verdad creíste que te quería?

Ethan levantó la botella.

—¡A la putita Harrington!

Liam imitó el gemido del video, agudo y exagerado. Varios más se unieron. Las risas llenaron la habitación.

Jake se inclinó hacia su oído. Esta vez habló lo bastante bajo para que solo ella lo oyera con claridad, pero lo bastante alto para que los más cercanos captaran el tono.

—Fuiste un buen polvo. Apretada. Mojada. Lloriqueante. Me corrí tan rico dentro de ti que casi me da pena… casi. Ahora sé una buena chica, borra mis mensajes y desaparece. Ya cumpliste tu función.

Sarah dio un paso atrás. El suelo parecía inclinarse. Por un segundo pensó que se iba a desmayar. Las caras a su alrededor se veían borrosas, distorsionadas por la humillación. Alguien gritó “¡Enséñanos las tetas otra vez!”. Otro soltó “¡La próxima vez cobra!”.

Y entonces la puerta de la fraternidad se abrió de golpe, con tanta fuerza que golpeó la pared.

Demian entró.

No dijo una sola palabra. No miró a nadie más que a Jake. Caminó a través del salón como si el resto de las personas no existieran. Ethan intentó interponerse y Demian lo apartó de un empujón tan violento que el chico cayó de espaldas sobre una mesa. Jake apenas tuvo tiempo de abrir la boca.

Demian lo agarró del cuello de la camisa con la mano izquierda y con la derecha le descargó un puñetazo limpio, brutal y preciso en la mandíbula. El sonido del impacto fue seco, como un hueso rompiéndose. Jake salió volando hacia atrás, derribó la mesa de centro y se quedó tendido entre botellas rotas y vasos, completamente noqueado. La sangre le brotaba de la comisura de los labios y de una ceja abierta.

El silencio que siguió fue absoluto. Hasta la música pareció apagarse.

Demian se giró hacia Sarah. Tenía los nudillos abiertos y sangrando. El pecho le subía y bajaba con violencia. Los ojos negros brillaban con una furia asesina… y debajo de ella, un dolor tan profundo que a Sarah se le cerró la garganta.

—Vámonos —dijo con voz ronca, casi irreconocible.

Sarah lo miró. Luego miró a Jake inconsciente en el suelo. Luego a las caras pálidas y estupefactas de todos los que segundos antes se habían reído de ella.

Asintió.

Demian le pasó un brazo alrededor de los hombros, protector y posesivo al mismo tiempo, y la guió hacia la salida sin mirar atrás. Alguien detrás de ellos empezó a gritar el nombre de Jake. Otro sacó el teléfono para grabar el momento. Ethan juró venganza en voz alta. Nada de eso importó.

Afuera la noche estaba fría. Sarah caminaba apoyada en Demian porque las piernas ya no le respondían del todo. Él no habló durante las dos cuadras que tardaron en llegar a su moto. Solo cuando se detuvieron bajo la luz de una farola, Demian se quitó la chaqueta de cuero y se la puso sobre los hombros a ella.

—No tenías que… —empezó Sarah, la voz rota.

—Sí tenía —la interrumpió él—. Desde el primer día que ese hijo de puta te miró.

Sarah levantó la vista. Las lágrimas que se había negado a derramar delante de Jake ahora le caían sin control. Demian levantó una mano herida y le limpió una con el dorso de los nudillos, con una ternura que contrastaba brutalmente con la violencia de minutos antes.

—Te vi el video —admitió en voz baja—. Me lo mandaron. Me lo mandaron diez personas distintas. Y cada vez que lo veía… —se detuvo, apretando la mandíbula—. Cada vez que lo veía quería matarlo.

Sarah sollozó. Demian la atrajo contra su pecho y la dejó llorar allí, escondida en su cuello, mientras él le acariciaba el pelo con la mano que no tenía rota.

—Nadie te vuelve a tocar —prometió contra su sien—. Nadie. Ni él ni nadie. Aunque tenga que quemar este puto campus entero.

Sarah no respondió. Solo se aferraba a él con más fuerza, el suéter de Demian oliendo a humo y a seguridad, el único lugar del mundo donde todavía se sentía un poco menos rota.

Detrás de ellos, en la fraternidad, Jake Caldwell empezaba a despertar entre cristales rotos y sangre, con la mandíbula hinchada y una sola idea clara en la cabeza:

Esto no había terminado.

Ni por asomo.

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