Capítulo 5
Cheska
Por fin llegó el viernes. Esta semana ha sido un arrastre lento y agonizante, y siento como si hubiera envejecido un mes en cinco días.
—¡Señorita Vega!
Me giro y me encuentro con el señor Serrano mirándome fijamente. Tiene cara de llevar toda la mañana chupando limones.
—¿Leyó el libro que le asigné?
¿Libro? ¿Qué libro? Revuelvo mi mente, pero está completamente en blanco.
—Eh... no. No sabía que había una lectura asignada —balbuceo.
El salón queda en un silencio mortal. Todas las cabezas se vuelven hacia mí. Justo en ese momento Kai se cuela por la puerta, tarde como siempre, pero Serrano ni siquiera parpadea en su dirección. Todo su fuego va directo hacia mí.
—¿Me está diciendo —dice, bajando la voz hasta un nivel peligroso— que no recogió el ejemplar de Noli Me Tángere en la biblioteca el miércoles?
Niego con la cabeza.
—No sabía que ya lo necesitábamos. Creí que primero nos íbamos a enfocar en el otro texto —saco el libro equivocado de mi mochila para mostrárselo, con la esperanza de que al menos pruebe que lo intenté.
—¿Así que pensó que iba a ponérsela fácil? —pregunta, con la voz cargada de sarcasmo.
—No, señor. Yo solo quería decir que…
—Basta. Agarre un pase de mi escritorio, vaya a la biblioteca y consiga ese libro. Si vuelve a entrar a este salón sin él, es una F automática.
Señala con un dedo hacia su escritorio. Yo me apresuro a guardar mis cosas, con la cara ardiéndome por una mezcla de vergüenza y rabia. Kai empieza a levantarse para seguirme, pero Serrano lo corta antes de que siquiera se enderece.
—Señor Valencia, ¿adónde cree que va?
—Solo iba a ayudarla, señor —dice Kai, con expresión de haber sido atrapado.
—¿Desde cuándo es su guardaespaldas? —espetó Serrano—. ¿Cree que es incapaz de caminar sola hasta la biblioteca?
Kai se frota la nuca y baja la mirada hacia su escritorio. Siento por él el pinchazo de su vergüenza. Es un golpe bajo.
—Siéntese. Ella puede encargarse.
—Sí, señor. Perdón —murmura Kai. Me busca con la mirada y, sin hacer sonido, me forma una disculpa con los labios.
—Señorita Vega, ¿está esperando una invitación?
Agarro el pase y salgo disparada del salón antes de decir algo que me haga expulsar. A propósito disminuyo el paso al llegar al pasillo, con los tacones repiqueteando contra el linóleo. Ese hombre está obsesionado con hacerme miserable.
Cuando llego a la biblioteca, el aire está quieto y huele a papel viejo. La bibliotecaria levanta la vista de su computadora.
—El pase, por favor.
Se lo deslizo.
—Necesito un ejemplar de Noli Me Tángere.
—Solo queda uno. Pared del fondo, esquina derecha. Suerte —dice sin levantar la vista.
Paso diez minutos zigzagueando entre los estantes altos. Por fin lo encuentro escondido en el quinto estante. Claro. Está muchísimo más arriba de mi cabeza. Me pongo de puntitas, estirando los dedos hasta que apenas rozan el lomo. Hago un último intento desesperado por alcanzarlo y mi equilibrio se desplaza.
Entonces, mi pie resbala.
Aprieto los ojos, preparándome para el golpe duro contra el suelo. Pero en vez del azulejo frío, caigo sobre algo cálido y firme. Dos brazos fuertes me rodean la cintura y me estabilizan.
Abro los ojos y me encuentro mirando a un desconocido. Tiene el cabello castaño oscuro y unos ojos tan suaves que parecen seda. Parece como si hubiera salido de una pasarela en Londres.
Sin duda, es más impresionante que Damian.
—Gracias —susurro, con la voz atorándoseme en la garganta.
Me ayuda a ponerme de pie, pero sus manos se quedan en mi cintura un segundo de más, mandando una sacudida de calor a través de mi suéter.
—Casi te das una caída fea —dice. Su voz es grave y tranquila, pero es el acento lo que me mata. Británico. Nítido. Suave.
—Sí. Gracias otra vez —digo, bajando la mirada para esconder mi sonrojo.
Noto un tatuaje asomándose por debajo de su manga. ¿Desde cuándo se permitían esos en el campus?
—Ten cuidado la próxima vez, amor —dice, y sus labios se curvan en una media sonrisa mientras me entrega el libro.
¿Amor? Mi cerebro se cortocircuita. Antes de que pueda preguntarle su nombre o si es un estudiante de intercambio, suena la campana, señalando el final del periodo.
—En fin, ya me voy. Nos vemos luego —dice, girando sobre los talones.
Me quedo ahí como una estatua, apretando el libro contra el pecho. Permanezco inmóvil unos segundos antes de obligarme a reaccionar. Camino de vuelta hacia la bibliotecaria para sacar el libro en préstamo, con la cabeza dándome vueltas.
—¿Sabe quién era ese? ¿El chico que acaba de irse? —pregunto.
Ella frunce el ceño, pensativa.
—¿El alto? Ni idea. No lo había visto antes. Pero tenía un pase de visitante en la chaqueta.
Un visitante. Genial. El hombre más guapo que he visto en mi vida, y ni siquiera estudia aquí.
Me doy cuenta de que ya voy tarde para el siguiente cambio de clase, así que me tomo mi tiempo caminando de regreso al salón de Serrano. Si ya estoy en problemas, no tiene caso correr.
Cuando entro de nuevo, Serrano ya está en el pizarrón. Ni siquiera me deja sentarme.
—¿Por qué siempre llega tarde, señorita Vega?
Suelto un suspiro, apoyándome en el marco de la puerta.
—Solo quedaba una copia, señor. Tardé un rato en encontrarla.
—Usted siempre tiene una excusa.
Siento el calor subirme por el cuello. Estoy a punto de contestarle, pero él me hace un gesto para que ya.
—Solo vaya a su siguiente clase. También va tarde para esa.
—Sí, señor —digo, mordiéndome la lengua con tanta fuerza que me sabe a hierro.
Salgo y azoto la puerta un poco más fuerte de lo necesario.
—Imbécil —murmuro al pasillo vacío.
Pero mientras me alejo, no estoy pensando en Serrano. Estoy pensando en cómo se sintieron esos brazos alrededor de mi cintura y en el sonido de ese acento británico llamándome amor.
…
Para cuando terminó mi última clase, sentía el alma como si la hubieran pasado por una trituradora de papel. Estaba hueca. Lo único que quería era meterme en la cama y dejar que el mundo desapareciera.
Pero el universo todavía no había terminado conmigo.
—¡Cheska!
Me volví y vi a la señorita Reina, mi profesora de arte, haciéndome señas para que me acercara. Arrastré los pies hacia ella.
—El señor Delmar quiere verte. Te está esperando en la oficina de profesores.
Mi corazón dio un vuelco traicionero. Recordé la última vez que estuvimos a solas. Recordé el calor de su mirada y esa sonrisita que me hacía hervir la sangre. Tal vez me extrañaba. Tal vez no podía dejar de pensar en a qué sabía yo en el bar.
—Está bien —dije, intentando mantener la voz firme pese al aleteo en el pecho.
Entré en la oficina esperando un momento privado, pero el aire se volvió plomo en cuanto crucé la puerta. Damian estaba ahí, pero también estaba el señor Serrano.
Genial. Como si este día no pudiera empeorar.
—¿Profesor? ¿Me mandó llamar? —pregunté, con la voz tensa de irritación.
Damian asintió. Se veía profesional, frío y completamente distante.
—Sí. Tenemos que hablar de tus tareas recientes.
Deslizó una hoja por el escritorio. Bajé la vista hacia las marcas rojas que cicatrizaban la página.
—Tienes demasiados errores, Cheska. Si esto sigue así, vas a reprobar mi clase antes de que termine el primer mes.
Sentí que el calor me trepaba por el cuello. Me ardían las mejillas por una vergüenza tan aguda que parecía un golpe físico.
—Y mi preocupación —intervino el señor Serrano, deslizándome un ensayo— es que esto no está mejorando. Esta es la segunda vez que llevas mi clase, y vas camino a reprobar otra vez.
Fue como si me hubieran echado un balde de agua helada encima. No sabía si gritar o llorar. Me mordí el labio con fuerza, tratando de atrapar el sollozo en la garganta, pero de todos modos se me escapó un respiro tembloroso.
—Lo siento —susurré. Intenté parpadear para contener las lágrimas, pero ya me nublaban la vista—. No me di cuenta de que estaba tan mal.
—Nos preocupa tu situación, Cheska —dijo Damian. Su voz era más suave ahora, casi gentil, y de algún modo eso dolió más—. Por eso te llamé.
La puerta se abrió detrás de mí. Me di la vuelta y me quedé helada.
Era él. El chico de la biblioteca. El del acento británico y los brazos que se sentían como un refugio.
—Este es el señor Velasco —anunció el señor Serrano—. Lo hemos traído para que sea tu tutor.
Mi cerebro hizo cortocircuito.
—¿Tutor? ¿Me asignaron un tutor?
Ambos asintieron, con el rostro adusto y serio.
Algo dentro de mí se quebró. No lloré. En vez de eso, empecé a reír. Fue un sonido áspero, histérico, que rebotó contra las paredes de la oficina. Solté los exámenes reprobados sobre el escritorio y negué con la cabeza, con los ojos brillantes por una mezcla de furia e incredulidad.
—No, gracias —dije, con una voz helada—. Ya probé con tutores antes. Ninguno podía arreglar lo que estaba mal en mí.
—No necesito un tutor. A mí eso no me funciona. Estudiaré por mi cuenta. Gracias por la oferta.
—Cheska, estamos haciendo esto para ayudarte. Queremos que tú… —empezó Damian, pero lo interrumpí.
—¡No! Lo están haciendo porque les doy lástima —espeté.
Con el rabillo del ojo vi al señor Rivera pasar frente a la ventana y entrar en la oficina. Ahora estaban los cuatro ahí. El decano, el profesor, el maestro y el tutor. Se sentía como una maldita emboscada.
Los miré a todos, con el pecho subiendo y bajando.
—No necesito su ayuda. Déjenme en paz.
—Pero… —el señor Serrano intentó dar un paso al frente, pero no esperé. Me di la vuelta y salí disparada de la oficina antes de que pudieran ver caer la primera lágrima.
Corrí directo a la cafetería, necesitaba aire. Azoté mi mochila sobre una silla de plástico y me senté, con las manos temblorosas.
—Dios, ¿de verdad soy tan estúpida? —siseé, golpeando la mesa con la palma de la mano.
Busqué mi teléfono para llamar a mi hermano y pedirle que me recogiera, pero primero apareció un mensaje de la entrenadora. Se me hundió el estómago. Respiré hondo y me dirigí hacia el campo abierto.
La entrenadora me estaba esperando. Con solo ver su cara supe todo lo que no quería escuchar.
—Cheska, aquí está tu reporte semanal de calificaciones —dijo, entregándome un papel—. No estoy contenta.
Miré el reporte. Era un mar de rojo. Apenas había aprobado algo.
—Te doy dos semanas para subir estas notas o te saco del equipo —dijo, con una voz plana y definitiva—. Lo siento, Cheska. Son órdenes del decano.
El decano. El señor Rivera. Me estaba exprimiendo la vida de mi única vía de escape.
—Entiendo, entrenadora. Lo voy a arreglar —dije, forzando una sonrisa que sentí como si me partiera la cara en dos.
Ella me dio un pequeño asentimiento; aún quedaba en sus ojos una chispa diminuta de esperanza.
No podía perder el equipo. Yo era la capitana. Había peleado por ese puesto con todo lo que tenía. No iba a permitir que esos cuatro hombres me arrebataran lo único que me quedaba.
