Capítulo 2 Capítulo 2: El Plano Original

Pov Eva Castañeda

​Hace 6 años.

​No había rascacielos de cristal, ni salones de baile en hoteles de cinco estrellas, ni champán francés de mil dólares la botella. La boda de Eva y Uriel tuvo lugar en el jardín trasero de la casa de la abuela de Eva, bajo una pérgola de madera que ellos mismos habían lijado y barnizado el fin de semana anterior.

​Tenían veintitrés años, los títulos de arquitectura todavía olían a tinta fresca y sus cuentas bancarias estaban peligrosamente cerca de cero, pero se sentían los dueños del universo.

​El sol de la tarde se filtraba a través de las hojas de los fresnos, pintando manchas de luz dorada sobre el vestido de Eva. Era un vestido sencillo, de corte recto y tirantes finos, que ella había encontrado en una tienda de segunda mano y alterado con la ayuda de su madre. No necesitaba encajes ni pedrería; su felicidad era el único adorno que importaba.

​Uriel la esperaba al final del pequeño pasillo improvisado con alfombras persas prestadas. Llevaba un traje azul marino que le quedaba un poco grande en los hombros —herencia de su padre— y una corbata delgada que no paraba de ajustarse por los nervios. Pero cuando vio a Eva pisar el jardín, sus manos dejaron de moverse. Su respiración se detuvo. La miró como si ella fuera la única estructura sólida en un mundo en caos.

​—Estás... —empezó Uriel cuando ella llegó a su lado, pero la voz se le quebró. Se aclaró la garganta y susurró, solo para ella—: Eres la obra maestra de mi vida, Eva.

​Eva le apretó las manos. Sus palmas estaban sudadas, cálidas y vivas.

​La ceremonia fue breve, oficiada por un amigo de la facultad que tartamudeó un par de veces, pero a nadie le importó. Alrededor de ellos, unas cincuenta personas —padres llorosos, tíos ruidosos y una horda de compañeros de la universidad— formaban un círculo de protección y cariño.

​Llegó el momento de los votos. No habían querido usar los tradicionales. Eran arquitectos; así que querían construir sus propias reglas.

​Uriel sacó un papel arrugado del bolsillo, pero apenas lo miró. Sus ojos oscuros estaban clavados en los de Eva.

​—Eva —dijo, y su voz resonó con una certeza que hizo vibrar el aire—. Sé que la vida es entropía. Sé que los materiales se fatigan y que el suelo se asienta. Pero te prometo esto: yo seré tu carga viva y tu carga muerta. Seré los cimientos cuando te sientas inestable y el techo cuando la tormenta golpee. Prometo que nunca diseñaré un espacio donde tú no quepas. Prometo que, sin importar lo alto que subamos, nunca olvidaré que tú eres mi suelo firme.

​Algunos amigos soltaron un "awww" colectivo, pero Eva tenía los ojos llenos de lágrimas. Le tocó el turno a ella. No tenía papel. Lo tenía grabado en la mente.

​—Uriel... nos hemos pasado cinco años estudiando cómo hacer que las cosas no se caigan. Pero contigo, he aprendido que caer también está bien, siempre que caiga en tus brazos. Prometo medir mis palabras cuando estemos enojados y calcular mis acciones para no dañarte. Prometo que nunca construiremos muros entre nosotros, solo puentes. Tú y yo somos el proyecto más importante. No hay plano B. Solo tú.

​Cuando el oficiante los declaró marido y mujer, el beso no fue tímido. Fue hambriento, alegre, sellando un pacto que parecía blindado contra cualquier desastre natural.

​La fiesta continuó hasta que cayó la noche. Las guirnaldas de luces baratas brillaban como luciérnagas. El DJ era una lista de reproducción en un iPod conectado a unos altavoces alquilados. Comieron tacos al pastor en platos de cartón y bebieron cerveza nacional, riendo hasta que les dolió el estómago.

​En un momento de la noche, Uriel tomó a Eva de la mano y la arrastró lejos del bullicio, hacia un banco de piedra bajo un viejo roble, lejos de las miradas de sus compañeros envidiosos que, en ese entonces, solo parecían amigos inofensivos.

​Uriel se aflojó la corbata y suspiró, recargando la cabeza en el hombro de Eva.

—Lo logramos, Señora de la Vega.

​—Lo logramos, Arquitecto de la Vega —respondió ella, acariciando el anillo de oro simple en su dedo.

​—¿Sabes qué estaba pensando? —Uriel miró hacia el cielo estrellado—. En Apex. Sé que es difícil entrar, que solo contratan a los hijos de los socios... pero vamos a entrar, Eva. Tú y yo.

​—Vamos a entrar —afirmó Eva con determinación—. Y en diez años, vamos a dirigir ese lugar. O mejor aún, fundaremos nuestra propia firma. "Castañeda & De la Vega".

​—Suena bien. Suena poderoso —Uriel se giró y le tomó la cara entre las manos, su expresión volviéndose seria de repente—. Eva, prométeme algo.

​—Lo que sea.

​—Prométeme que no dejaremos que el trabajo nos cambie. He visto a mis profesores, a los padres de mis amigos... se vuelven fríos. Se olvidan de por qué empezaron. Prométeme que siempre seremos nosotros. Que esto —señaló el espacio entre sus pechos—, esto que sentimos hoy, es intocable.

​Eva sonrió, con la inocencia de quien nunca ha sido traicionada.

—Te lo prometo, Uriel. Nada ni nadie va a cambiar lo que somos. Somos un equipo. Indestructibles.

​Uriel la besó de nuevo, despacio, con devoción.

—Indestructibles —repitió él contra sus labios.

​Bajo la luz de las estrellas y las guirnaldas baratas, Eva le creyó. No sabía que seis años después, esas palabras "indestructibles" y "para siempre" serían los escombros sobre los que tendría que caminar para salvar a ese mismo hombre de su propia mente.

Presente - en el hospital.

​La sonrisa de Uriel vaciló, como una imagen que se difumina.

—¿Qué? Eso... eso es ridículo. Eva, no bromees con eso.

​—Te fuiste con Valeria —soltó ella, sin anestesia. Necesitaba que él dejara de mirarla con ese amor intacto—. Me engañaste con tu asistente un mes después de que me echaran de la empresa. Me dejaste sola.

​El silencio en la habitación cayó. Solo el bip-bip del monitor cardíaco marcaba el ritmo del pánico en los ojos de Uriel. Su rostro palideció, pasando de la confusión al horror absoluto.

​—¿Valeria? —repitió, como si el nombre fuera un veneno—. ¿Esa chica nueva de Logística? Eva, apenas sé quién es. Yo... yo jamás te haría eso.

​—Lo hiciste.

​—¡No! —Uriel intentó incorporarse, pero el dolor lo tumbó de nuevo. Las lágrimas empezaron a brotar de sus ojos, lágrimas de una desesperación que parecía real—. ¡Eso es imposible! ¡Te amo! ¡Eres mi vida entera, Eva! No... no hay una realidad en la que yo te haga daño. Tiene que ser un error. Mi cerebro está mal, ¡tú misma lo has dicho!

​—Los papeles del divorcio son reales, Uriel. Tu apartamento de soltero es real. Valeria... bueno, ella te dejó hace seis meses, pero también fue real.

​Uriel se llevó las manos a la cabeza, sollozando.

—No entiendo... no entiendo nada. Si hice eso... si fui capaz de destruirnos... entonces no merezco despertar.

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