Capítulo 3 Capítulo 3: Falsos Cimientos
Pov Eva Castañeda
Eva lo observó. Buscaba una fisura en su actuación. Buscaba al mentiroso. Pero solo veía a un hombre destrozado ante la idea de haber cometido un crimen que su mente había borrado. Eso le dolió aún más, dentro de ella tampoco entendía que pasó exactamente entre este Uriel y del que se divorció.
Uriel levantó la vista, con los ojos rojos.
—Eva, mírame. No recuerdo haber dejado de amarte ni un solo segundo. Si ese hombre... si esa versión de mí hizo eso, necesito saber por qué. No tiene sentido. No encaja con lo que siento ahora mismo.
—¿Y qué quieres que haga yo? —preguntó ella, a la defensiva.
—Ayúdame —susurró él—. No te pido que me perdones. No te pido que vuelvas conmigo. Solo... ayúdame a rastrear mis pasos. Ayúdame a entender en qué momento me convertí en un monstruo. Porque te juro, por lo más sagrado, que el hombre que está en esta cama prefiere morir antes que engañarte.
Eva lo miró. La lógica le gritaba que saliera corriendo. Pero la curiosidad, y quizás una brasa muy pequeña bajo las cenizas de su amor, la detuvo. Ella también quería saberlo. Nunca había entendido realmente el por qué. Solo había sentido el dolor.
—Una investigación —dijo Eva finalmente—. Revisaremos todo. Correos, fechas, momentos. Haremos una autopsia de nuestro matrimonio.
—Lo que tú digas —aceptó Uriel, exhausto pero con un brillo de esperanza—. Solo no me dejes solo en esta oscuridad.
Eva asintió, sabiendo que acababa de aceptar el contrato más peligroso de su vida. Iban a desenterrar el pasado, y no había garantía de que sobrevivieran a lo que iban a encontrar.
Pov Uriel De La Vega
La silla de ruedas se sentía como una prisión, pero no tanto como la ropa que llevaba puesta. Mientras la enfermera me empujaba hacia la salida del hospital, no dejaba de tocar la tela de mi camisa. Era seda. Seda gris perla, de un corte italiano impecable.
Yo no uso esto, pensé, sintiendo una desconexión vertiginosa. El Uriel que yo recuerdo —el de hace unos días, o hace cuatro años, según dicen todos— compraba sus camisas en oferta y prefería arremangarse para trabajar en obra. Este Uriel, el que se reflejó en las puertas automáticas de cristal al salir, parecía un maniquí de escaparate caro. Un extraño con mis ojos.
Eva caminaba dos pasos por delante de mí. Su espalda estaba rígida, sus tacones golpeaban el suelo con un ritmo militar. Clac, clac, clac. Ni una sola vez se giró para ver si yo la seguía.
—Aquí está el auto —dijo ella, deteniéndose frente a un sedán compacto de color blanco.
Fruncí el ceño.
—¿Y la camioneta? —pregunté sin pensar—. ¿La 4x4 negra que nos compramos?
Eva se tensó. Abrió la puerta del copiloto para mí, evitando mi mirada.
—Esa se la quedó el banco cuando embargaron nuestros bienes compartidos tras el divorcio, Uriel. Este es mi coche. Sube.
El golpe de realidad fue físico, como un ladrillo en el pecho. Me impulsé para levantarme de la silla, ignorando el mareo que me nubló la vista. La enfermera intentó ayudarme, pero busqué instintivamente el brazo de Eva.
—Eva, espera... —Mis dedos rozaron su codo.
Ella se apartó como si mi tacto quemara. Fue un movimiento rápido, instintivo, de pura repulsión. Retiró el brazo y se abrazó a sí misma, creando una barrera infranqueable entre nosotros.
—No me toques —murmuró. No gritó, lo cual fue peor. Lo dijo con una fatiga infinita.
Me quedé congelado, con la mano en el aire.
—Solo estoy mareado —mentí. No era solo el mareo. Necesitaba anclarme a ella porque el mundo se estaba desmoronando—. Lo siento.
Me dejé caer en el asiento del copiloto, sintiéndome como un intruso en la vida de la mujer que amo.
Eva, mi Eva.
Pov Eva Castañeda
El trayecto hacia mi departamento fue una tortura silenciosa. Podía sentir la mirada de Uriel clavada en mi perfil, estudiándome como si fuera un plano complejo que no lograba descifrar.
Mis manos apretaban el volante hasta que los nudillos se pusieron blancos. ¿Por qué acepté esto?, me recriminé. ¿Por qué no dejé que llamaran a un taxi o a sus padres? Pero sabía la respuesta. Sus padres vivían en otra ciudad y estaban demasiado lejos para lidiar con esto. Y yo... yo tenía esta maldita necesidad patológica de resolver problemas. Y Uriel, en este momento, era un edificio a punto de colapsar en medio de la vía pública.
—Tu cabello es diferente —dijo él de repente. Su voz era suave, tentativa—. Lo llevabas largo. Te gustaba hacerte una trenza cuando dibujabas.
Suspiré, manteniendo la vista en el tráfico.
—Me lo corté el día que firmamos los papeles. Era demasiado peso extra.
—Te ves hermosa —susurró—. Más... fuerte. Pero hermosa.
Frené de golpe en un semáforo en rojo, quizás con demasiada brusquedad. El cinturón de seguridad se tensó contra mi pecho.
—Para, Uriel.
—Solo digo la verdad.
—No, no dices la verdad. Dices lo que recuerdas. Pero la verdad es que ese hombre que me dice "hermosa" también me dijo que era una frígida y una aburrida hace dos años.
Por el rabillo del ojo vi cómo se encogía en el asiento, haciéndose pequeño.
—No fui yo —dijo con la voz rota—. Eva, te juro que no siento eso. Me siento... siento que te amo con cada célula. Es como si me hubieran robado dos años y me hubieran implantado la vida de un imbécil.
—Pues ese imbécil vivía en tu cuerpo. Y ese imbécil destruyó mi vida.
Llegamos a mi edificio. No era la casa con jardín que habíamos soñado. Era un complejo funcional, moderno, sin alma. Estacioné y apagué el motor. El silencio volvió a caer sobre nosotros, pesado y asfixiante.
—Te quedarás aquí esta noche porque el médico dijo que no puedes estar solo las primeras 24 horas —dije, estableciendo las reglas del juego—. Mañana iremos a tu departamento. Veremos tus cosas. Quizás algo te refresque la memoria y recuerdes por qué elegiste a Valeria.
—No quiero recordar a Valeria —dijo él con vehemencia—. Quiero recordarte a ti.
Me bajé del auto antes de que pudiera decir algo más que me hiciera dudar.
