Capítulo 5 Capítulo 5: Cimientos de Hielo pt 2
Pov Uriel De La Vega
El tipo de la puerta olía a dinero y a colonia cara. Lo reconocí vagamente, quizás de alguna revista de negocios o alguna gala a la que Eva y yo fuimos en "mi tiempo". Damián Solís. Un tiburón inmobiliario.
Y estaba mirando a mi esposa con una familiaridad que me revolvió las tripas.
—Uriel de la Vega —me presenté, dando un paso adelante y extendiendo la mano, marcando territorio instintivamente—. Soy el esposo de Eva.
El tal Damián no me estrechó la mano. Me miró con una mezcla de lástima y diversión fría.
—Ex-esposo, tengo entendido. Y pensé que estabas en coma, De la Vega. Veo que las noticias exageran. O que los milagros existen.
—Me estoy recuperando —dije, tensando la mandíbula—. Eva me está ayudando.
Damián miró a Eva, ignorándome por completo.
—¿Eva? ¿Es esto prudente? Sabes que tienes la reunión con los inversores a las diez. No necesitas... distracciones del pasado.
—Puedo manejar mi agenda, Damián —dijo ella, con un tono que no le conocía. Era cortante, pero había una complicidad subyacente—. Uriel se quedará poco tiempo. Tiene amnesia.
—Amnesia —Damián soltó una risa breve y seca—. Qué conveniente. El hombre que destrozó tu carrera y tu vida ahora tiene la excusa perfecta para no hacerse cargo. Brillante estrategia.
Sentí la sangre subirme a la cabeza. Di un paso hacia él, cerrando los puños.
—Cuidado con lo que dices. No sé qué demonios pasó, pero no voy a permitir que hables así.
Damián ni se inmutó. Me sostuvo la mirada con la arrogancia del que sabe que tiene el control.
—Tú ya no tienes voto aquí, Uriel. Eva es una mujer libre. Y francamente, verla retroceder para cuidarte es decepcionante.
—¡Basta! —la voz de Eva resonó como un látigo—. Damián, vete. Te veré en la oficina. Llévate los croissants.
—Como digas —Damián asintió lentamente. Se inclinó y besó la mejilla de Eva. Fue un beso casto, pero duró un segundo más de lo necesario, justo para que yo lo viera—. Cuídate, Eva. No dejes que los fantasmas te arrastren.
Cuando la puerta se cerró, el silencio en el departamento era explosivo.
—¿Te estás acostando con él? —pregunté. La pregunta salió antes de que pudiera frenarla. Los celos eran un ácido en mi garganta.
Eva se giró lentamente. Sus ojos eran dos pozos de hielo.
Pov Eva Castañeda
La pregunta de Uriel flotó en el aire, cargada de una posesividad que en otro tiempo hubiera encontrado sexy, pero que ahora solo me parecía patética.
—Eso no es de tu incumbencia —respondí, caminando hacia la cocina para tirar el café que se había enfriado.
—¡Claro que es de mi incumbencia! —gritó él, siguiéndome—. ¡En mi mente, ayer estábamos casados! ¡Ayer me decías que me amabas! Y hoy aparece ese tipo tratándote como si fueras suya, y tú... tú eres tan fría con él como lo eres conmigo. ¿Qué te pasó, Eva?
Me detuve en seco. Dejé la taza en la encimera con un golpe seco. Me giré para encararlo.
—¿Que qué me pasó? —repetí en voz baja, peligrosa—. Tú pasaste, Uriel.
—¡Pero dices que fui yo quien engañó! —él se pasó las manos por el pelo, desesperado—. ¡Yo fui el malo! ¡Yo fui el infiel! Entonces, ¿por qué tú te has convertido en esto? ¡Eres un témpano, Eva! Ese tipo, Damián, dijo que eres fría. Tú misma actúas como si no tuvieras sangre en las venas. La Eva que yo recuerdo era fuego, era pasión, lloraba con las películas y se reía a carcajadas. ¿Dónde está ella?
—La mataste —dije. Simple. Directo.
Uriel retrocedió como si lo hubiera abofeteado.
—¿Qué?
Avancé hacia él, obligándolo a retroceder hasta que chocó con la isla de la cocina. Necesitaba que lo entendiera. Necesitaba que viera la cicatriz.
—Cuando te fuiste con Valeria... cuando te quedaste en Apex mientras a mí me sacaban por la puerta de atrás... no solo me rompiste el corazón, Uriel. Me rompiste la identidad.
Tomé aire, sintiendo el viejo dolor punzar, pero ya no sangraba. Ahora era tejido cicatrizado, duro y resistente.
—Me pasé meses llorando. Meses preguntándome qué tenía ella que no tuviera yo. Meses sintiéndome pequeña, estúpida y débil por amarte todavía. Y entonces entendí algo: la Eva dulce, la Eva que confiaba ciegamente, esa Eva no podía sobrevivir en este mundo. Esa Eva era una víctima fácil para hombres como tú y socios como los de Apex.
—Eva, yo...
—¡Cállate y escucha! —le espeté, clavando mi dedo en su pecho—. Para levantarme, para fundar mi propio estudio, para que tipos como Damián me respetaran, tuve que operarme a mí misma. Tuve que abrirme el pecho y arrancarme esa parte blanda y sentimental que tú pisoteaste. Tuve que congelarme para que no me doliera. Así que sí, Uriel. Soy fría. Soy calculadora. Soy desapegada. Porque esa es la única forma en que logré que dejaras de dolerme.
Mis ojos se llenaron de lágrimas, pero no las dejé caer.
—Tú creaste a esta mujer, Uriel. No te atrevas a juzgar tu propia obra.
Uriel me miraba con horror. No horror hacia mí, sino hacia sí mismo. Vi cómo la comprensión se filtraba en su amnesia. Tal vez no recordaba el acto de la infidelidad, pero estaba viendo las consecuencias en tiempo real.
—Dios mío... —susurró, y su voz temblaba—. ¿Tanto daño te hice?
—Más del que tu cerebro te permite recordar —dije, recuperando mi distancia y alisándome la blusa—. Ahora, ve a ducharte.
Tenemos que ir a tu departamento. Si vamos a averiguar por qué lo hiciste, necesitas ver en qué te convertiste tú también.
Me di la vuelta, dejándolo destrozado contra la encimera de la cocina. Damián tenía razón en una cosa: no podía dejar que los fantasmas me arrastraran. Pero nadie dijo nada sobre obligar a los fantasmas a ver el cementerio que dejaron atrás.
