Capítulo 6 Capítulo 6: Escombros de Lujo

Pov Uriel De La Vega

​El edificio era impresionante, tengo que admitirlo. Una torre de cristal y acero en la zona más exclusiva de la ciudad, del tipo que sale en las revistas de arquitectura bajo el título "Minimalismo Urbano". Pero mientras subíamos en el ascensor silencioso hasta el piso 18, sentí una claustrofobia creciente.

​Eva mantenía la vista fija en los números cambiantes del panel.

—Aquí es donde has vivido los últimos dos años —dijo, sin emoción—. El alquiler cuesta más de lo que ganábamos juntos en un año al salir de la universidad.

​Las puertas se abrieron directamente al ático. Saqué las llaves que Eva me había dado —recuperadas de mis efectos personales en el hospital— y mi mano tembló al intentar encajar la llave en la cerradura. No reconocía el llavero. Era de cuero negro, con el logo de una marca de autos alemana.

​Al entrar, el aire estaba viciado. Olía a encierro, a polvo y a una colonia dulzona que no era la mía.

​—Bienvenido a casa —dijo Eva desde el umbral, negándose a entrar del todo.

​Avancé por el pasillo. El salón era enorme, con ventanales de piso a techo que mostraban la ciudad gris bajo la lluvia. Los muebles eran de diseño: sofás de cuero blanco, mesas de vidrio, lámparas cromadas. Todo gritaba "éxito". Todo gritaba "dinero".

​Y todo se sentía completamente muerto.

​No había libros. No había maquetas desordenadas en las mesas. No había tazas de café a medio terminar. Era un escenario, no un hogar.

​Caminé hacia una estantería flotante. Había una foto enmarcada. La tomé con miedo. En ella, aparecía yo. Llevaba un esmoquin y sostenía una copa de champán. A mi lado, una mujer espectacularmente guapa —rubia, alta, con un vestido rojo de infarto— reía con la cabeza echada hacia atrás. Su mano reposaba posesivamente sobre mi pecho.

​Valeria. Tenía que ser ella.

​Miré mi propio rostro en la foto. Sonreía, sí. Pero los ojos... mis ojos estaban vacíos. Era la sonrisa de un vendedor cerrando un trato, no la de un hombre enamorado.

​—Es muy guapa —dije, sintiendo un nudo en el estómago.

​—Lo es —confirmó Eva desde la puerta—. Y joven. Y ambiciosa. Justo lo que Apex quería para su nuevo vicepresidente estrella. La pareja de poder perfecta.

​Dejé la foto boca abajo. Me sentía sucio. Fui al dormitorio principal. La cama estaba deshecha, sábanas de seda negra revueltas, como si alguien hubiera salido con prisa. En la mesita de noche había frascos de pastillas para dormir y una botella de whisky medio vacía.

​¿En esto me convertí? ¿En un cliché de ejecutivo alcohólico y superficial?

​Abrí el armario. Trajes, trajes y más trajes. Y entonces, al fondo, vi algo que desentonaba. Una caja de cartón barata, de esas de archivo, metida a la fuerza detrás de los zapatos de diseño.

​La saqué. Pesaba.

​—¿Qué encontraste? —preguntó Eva. La curiosidad finalmente la hizo entrar en la habitación. Se quedó a una distancia prudente de la cama, mirándola con disgusto.

​—No lo sé.

​Me senté en el suelo y abrí la tapa. Esperaba encontrar documentos legales, o quizás cartas de amor de Valeria. Pero lo que había dentro me robó el aliento.

​Eran bocetos. Cientos de ellos. Papeles arrugados, servilletas de bares, reversos de facturas. Todos dibujados con mi trazo rápido y nervioso.

​Eva se acercó, intrigada. Se arrodilló a mi lado, olvidando por un segundo su frialdad, atraída por la tinta.

​Tomó uno de los dibujos. Sus ojos se abrieron de par en par.

—Esto es... —su voz vaciló.

​Miré el dibujo. Era un corte transversal de una casa. Una casa con un gran estudio orientado al norte, una pérgola de madera en el jardín y una cocina abierta.

​—Es la casa del lago —susurré. Un recuerdo golpeó mi mente, no de los últimos dos años, sino de antes. De cuando soñábamos despiertos—. La que queríamos construir cuando nos retiráramos.

​Eva empezó a sacar más papeles. Había detalles de ventanas, estudios de luz, diseños de muebles específicos para su altura, para que ella alcanzara los estantes sin banqueta. Todos tenían fechas recientes. Fechas de hace un año. De hace seis meses. De hace tres semanas, justo antes del accidente.

​—Has estado diseñando nuestra casa —dijo Eva, atónita—. Mientras vivías aquí con ella. Mientras estabas divorciado de mí. Seguías diseñando la casa para nosotros.

​—¿Por qué haría eso si te había olvidado? —pregunté, sintiendo una mezcla de esperanza y terror—. Eva, mira esto. Aquí dice: "Estudio de Eva. Luz natural para sus acuarelas". Tú dejaste de pintar acuarelas hace años por falta de tiempo.

​Ella miró el papel, y vi cómo sus manos temblaban.

—Lo recordaste —murmuró—. O... nunca lo olvidaste.

​Seguí buscando en la caja. Al fondo, debajo de los planos, había un cuaderno pequeño de tapa negra. Lo abrí. No era un diario, era una bitácora de obra, pero personal.

​Leí la última entrada, fechada dos días antes de mi accidente.

​“No puedo seguir fingiendo. El ascenso no vale la pena. Valeria sospecha que no la escucho cuando habla. Cada vez que entro en Apex siento que me asfixio. Hoy vi a Eva cruzando la calle Reforma. Iba hablando por teléfono, se veía furiosa y hermosa. Quise bajarme del coche y correr hacia ella, pero soy un cobarde. Tengo que encontrar la manera de arreglar esto. Tengo que hablar con Luján. Él sabe lo que pasó con la licitación. Si confieso, perderé todo, pero tal vez recupere mi alma. Si tan solo pudiera recordar por qué firmé esos papeles ese día... todo está borroso cuando intento pensar en el mes del despido.”

​Se hizo un silencio sepulcral en la habitación.

​—¿Luján? —preguntó Eva, con el ceño fruncido—. ¿Héctor Luján? ¿El director financiero de Apex?

​—Dice que "sabe lo que pasó con la licitación" —leí de nuevo, sintiendo un escalofrío—. Y dice: "Si tan solo pudiera recordar por qué firmé esos papeles... todo está borroso"

​Levanté la vista hacia Eva.

—Eva... en mi nota digo que no recuerdo por qué firmé. Digo que está "borroso". Exactamente como me siento ahora.

​Eva me arrebató el cuaderno y leyó las palabras ella misma. Su mente de ingeniera estaba trabajando a mil por hora, conectando puntos que yo no podía ver.

​—El despido —dijo ella lentamente—. Me despidieron por una supuesta malversación en la licitación del Centro de Convenciones. Yo siempre supe que era mentira, pero las pruebas aparecieron en mi computadora. Tú... tú fuiste quien testificó que habías visto movimientos extraños en mi cuenta.

​—¿Yo hice eso? —sentí ganas de vomitar.

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