Capítulo 8 Capítulo 8: Eres maquiavélica
Pov Uriel De La Vega
La cena fue extraña, pero fue la mejor comida que he tenido en lo que para mí se sentía como una eternidad (aunque solo habían pasado días desde que desperté). Comimos la pasta en la mesa de centro, rodeados de papeles que probaban una conspiración criminal.
Eva comía despacio, mirándome de vez en cuando por encima del tenedor. Ya no me miraba como a un monstruo. Me miraba como a un misterio que estaba empezando a resolver.
—Damián llamó dos veces mientras cocinabas —dijo ella de repente, rompiendo el silencio.
Sentí que el estómago se me cerraba. Pensar en que otro hombre tocara a mi esposa, la mujer que amo, me hacía mal. Por un momento pensé en lo que debió ser para Eva el saber que mi yo idiota hacía lo mismo con la tal Valeria.
—¿Contestaste?
—Le envié un mensaje. Le dije que estaba ocupada trabajando.
—¿Conmigo?
—Con el caso —corrigió ella, pero vi un leve rubor en sus mejillas.
—Eva... sé que no tengo derecho a preguntar esto, pero necesito saberlo. ¿Lo amas?
Eva dejó el plato en la mesa y suspiró. Se recostó en el sofá, mirando al techo. Por dentro yo solo anhelaba que dijera que no.
—Damián apareció cuando yo estaba en el suelo. Me ayudó a financiar mi estudio cuando nadie me daba crédito por el escándalo de Apex. Es un buen hombre. Es seguro. Es estable.
—No has contestado la pregunta.
Ella me miró. Sus ojos eran sinceros, brutales.
—No lo amo como te amé a ti, Uriel. Ese tipo de amor... el que te quema y te construye al mismo tiempo... creo que solo se siente una vez. Con Damián tengo paz. Y después de la tormenta que fuiste tú, la paz era todo lo que quería.
Me dolió, pero también me dio una esperanza estúpida y peligrosa. Quizá si esta vez no actuaba como un pendejo podía recuperarla.
—La paz es aburrida —dije, intentando sonreír—. Los mejores edificios se construyen desafiando la gravedad, no acostados en el suelo.
Eva soltó una pequeña risa, corta y seca.
—Y a veces esos edificios se caen y matan a la gente que vive dentro.
—Entonces los reforzamos —me incliné hacia ella, invadiendo su espacio personal con cautela—. Ponemos vigas de acero más gruesas. Calculamos mejor los riesgos. Pero no dejamos de construir rascacielos solo porque tenemos miedo a la altura.
Eva me sostuvo la mirada. La tensión entre nosotros cambió. Ya no era la tensión del odio, sino una electricidad estática, cargada de recuerdos y de una atracción que, evidentemente, no había muerto con el divorcio.
—Termina tu pasta, Uriel —dijo ella, pero su voz fue suave—. Mañana tenemos que ir a Apex.
—¿Estás loca? —pregunté—. No podemos entrar allí. Me reconocerán. Saben que estoy "despierto".
—Exacto. Saben que estás despierto, pero no saben cuánto recuerdas. Creen que tienes amnesia total, o que sigues siendo su títere. Vamos a usar eso.
Eva se levantó y caminó hacia la ventana, mirando la ciudad iluminada. Su silueta se recortaba contra las luces, poderosa y decidida.
—Mañana vas a entrar a Apex a reclamar tu puesto, Uriel. Vas a ser el ejecutivo confundido que quiere volver al trabajo. Y mientras los distraes... yo voy a entrar al servidor.
—¿Cómo? Tus credenciales no funcionan desde hace años.
Ella se giró y sonrió. Una sonrisa depredadora que me hizo enamorarme de ella todo de nuevo.
—No. Pero las tuyas sí. Y acabo de restablecer tu contraseña usando tu teléfono.
—Eva Castañeda, eres maquiavélica.
—Aprendí a la fuerza —dijo ella, apagando la luz del salón—. Buenas noches, "esposo". Descansa. Mañana entramos en la boca del lobo.
«Esposo»
Me llamó esposo, y aunque lo dijo con ironía eso me servía de bálsamo por ahora. Me quedé solo en la oscuridad, escuchando sus pasos alejarse hacia su habitación. Esta vez no cerró con llave.
Sonreí en la penumbra.
A la mierda la paz.
Íbamos a la guerra.
Yo estaba más que dispuesto a pelear para limpiar mi nombre de una injusticia que me había costado mi matrimonio con la mujer de mi vida.
Pov Eva Castañeda
El olor a café recién hecho no me despertó con una sonrisa, sino con una punzada de irritación. Abrí los ojos y miré el reloj: seis treinta de la mañana del domingo. Mi único día para dormir hasta las nueve.
Escuché pasos rápidos en la sala, el sonido de las noticias en la televisión y el silbido de alguien demasiado despierto para estas horas. Me levanté arrastrando los pies, envolviéndome en mi bata como si fuera una coraza.
Al salir, encontré a Uriel haciendo flexiones en medio de mi sala, con la camisa sudada. Se detuvo al verme y sonrió, radiante, sin una pizca de la resaca emocional de anoche.
—¡Buenos días, bella durmiente! —exclamó, poniéndose de pie de un salto—. Ya hice café, revisé los planos de nuevo y preparé el desayuno. El día es joven, Eva. Tenemos que aprovechar la mañana.
Ahí estaba. Esa frase. "El día es joven".
Sentí un sabor amargo en la boca que no tenía nada que ver con la falta de cepillado.
—Es domingo, Uriel —dije, pasando de largo hacia la cocina sin mirarlo—. Y son las seis y media.
—Lo sé, pero ya descansaste suficiente, ¿no? Ocho horas es lo recomendado. Dormir más es desperdiciar vida productiva. —Lo dijo con ese tono condescendiente, esa falsa broma que en realidad era una crítica velada.
Me detuve en seco con la taza en la mano. La memoria me golpeó.
