Demasiado inocente para tu propio bien

—Qué puedo decir, soy un mal cocinero —fue todo lo que dijo con un encogimiento de hombros despreocupado. Le hice un gesto obsceno.

—Pues que te den también, Amica mea —respondió burlonamente.

—¿Por qué no me dijiste desde el principio que eras un mal cocinero? —pregunté asombrada.

—Quería ver có...

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