Capítulo 1

Lila

Cuando los labios de mi novio Noah rozaron los míos, murmuró el nombre de mi hermanastra.

—Elena… —gimió en mi boca.

El nombre me golpeó como una bofetada, y me aparté de inmediato.

—Has dicho Elena —susurré, cada sílaba cortándome el corazón como una cuchilla.

Los ojos de Noah se abrieron desmesuradamente, horrorizados. Farfulló, buscando excusas, pero la verdad se le escapó a borbotones. Una apuesta. Una apuesta cruel, sin sentido. Nunca me había querido. Siempre había sido Elena.

Mis dedos se cerraron en puños, las uñas clavándose en las palmas.

—Se acabó —dije, con la voz extrañamente tranquila.

Feliz Día de San Valentín para mí.

Me di la vuelta y salí, triturando con los pies los pétalos de rosa que Noah había esparcido para mí.

Como la hija bastarda —un error borracho— del Alfa, me obligaban a trabajar como limpiadora mientras mi media hermana Elena vivía como la princesa mimada de nuestra Manada.

Mi mente voló a esta mañana; había entrado a limpiar el cuarto de Elena y, mientras quitaba el polvo del tocador, algo en el bote de basura llamó mi atención. Un palito delgado de plástico, con la sombra casi borrada de unas líneas rosas en la superficie: una prueba de embarazo.

El pulso me retumbó en las sienes, las náuseas subiéndome por la garganta. Podía ser de cualquiera, pero la voz de Noah, jadeante y necesitada, había dicho su nombre mientras me besaba.

¿Ellos…? Cerré los ojos con fuerza. No importaba. La prueba, la apuesta, las mentiras. Yo le había dado mi corazón a Noah, y él lo había pisoteado como si yo no fuera nada.

Distraída por mis pensamientos, salí al pasillo y casi choqué con ella.

Elena se echó hacia atrás, su chal de seda resbalando de sus brazos.

—Fíjate por dónde vas, bastarda —escupió, con una crueldad fácil en la voz.

Sentí que Ruby, mi loba, se agitaba dentro de mí; su furia ardía justo bajo la superficie.

—¿Por qué eres tan descarada, revolcándote con mi novio?

Le dije a Ruby que aguantara, que teníamos que ahorrar suficiente dinero para el tratamiento de mamá. Luego dejaríamos atrás este lugar maldito.

—Escuché que crees que Noah es tu pareja destinada. Eso es bastante ridículo —siseó, sus uñas clavándose en mi piel.

Apreté los puños, con el cuerpo tenso.

—Aunque no fuera mi pareja destinada, igual nunca te va a querer de verdad. Solo le interesa tu estatus de hija del Alfa.

Justo cuando pensé que se me iba a lanzar encima, Elena se detuvo, ladeando la cabeza hacia un lado al recibir un mensaje por el vínculo mental. El vínculo se cortó y Elena me fulminó con la mirada. Se echó su melena dorada hacia atrás por encima del hombro.

—Padre quiere verte.

Me quedé inmóvil.

—¿Qué?

Puso los ojos en blanco.

—¿Eres sorda y patética? He dicho: El. Alfa. Te. Ha. Mandado. Llamar —desmenuzó cada palabra como si fuera tonta—. Ahora vete antes de que se arrepienta.

La sorpresa me recorrió entera. El Alfa Henry nunca me había mandado llamar en dieciocho años. Para él, yo no existía, y no debía existir. ¿Por qué ahora?

Elena seguía observándome, con los brazos cruzados. Luego se movió, y sus dedos rozaron su vientre de forma inconsciente.

Entrecerré los ojos, pero antes de que pudiera decir nada, Elena se dio la vuelta y se marchó a zancadas, lanzándome una última puñalada verbal por encima del hombro.

—Apúrate, o le diré a Padre que te negaste.

Apreté los puños, obligando a mi corazón a calmarse mientras avanzaba hacia la oficina del Alfa —la oficina de mi padre—.

El pasillo que llevaba a su puerta se sentía más largo de lo normal, y las manos me sudaban contra el delantal de limpieza. Tomando aire temblorosamente, llamé.

—Entra —llegó la voz profunda y fría desde el interior.

Empujé la puerta y la abrí. La oficina estaba tenuemente iluminada, con las pesadas cortinas corridas contra el sol de la mañana. El Alfa Henry estaba sentado detrás de su escritorio, amplio e imponente, el hombre que no me había dado más que dolor sin siquiera ponerme una mano encima.

Elena estaba de pie a su lado, pero algo era distinto. Su habitual arrogancia se había desvanecido. Sus uñas se clavaban en sus brazos mientras forzaba una sonrisa que no llegaba del todo a sus ojos.

—Siéntate.

Seguí de pie.

—¿Por qué me llamó?

El rostro del Alfa Henry se oscureció ante mi pequeña negativa a sentarme como un buen perro.

—Vas a asistir a la ceremonia de selección de novias del Rey Lycan.

Las palabras me golpearon como un puñetazo.

—¿Qué?

Elena sonrió con suficiencia, o lo intentó. Pero la tensión en sus hombros, la forma en que sus dedos se movían nerviosos, me dijeron que estaba furiosa.

Casi me reí. Casi. Los miré, con la mente a toda velocidad. Damon Sinclair, el despiadado Rey Lycan, un tirano que había conquistado más de diez manadas y masacrado a sus enemigos sin piedad, ¿quería una esposa?

Cruzé los brazos.

—Elena tiene razón, ella debería ser la elegida para asistir, es la hija noble, no la bastarda.

La mandíbula de Henry se tensó.

—Hay una razón por la que Elena no puede ir a la selección, y si el Rey Lycan se entera, las consecuencias serán graves. Otra razón importante es que no quiero que Elena se aleje de mi lado.

—Supongo que este es el castigo de Elena por robarle el novio a otra.

Elena, furiosa pero conteniéndose delante del Alfa, y Henry, impaciente, dice:

—Ya tomé una decisión. No puedes negarte.

—¿Y si me niego?

El Alfa Henry se inclinó hacia adelante, sus ojos oscureciéndose.

—Entonces me aseguraré de que el tratamiento de tu madre se detenga de inmediato.

El aire desapareció de mis pulmones. Las piernas me flaquearon y me aferré a la silla delante de mí, sin creer que pudiera ser tan cruel. Pero una sola mirada a su rostro me dijo lo contrario.

Mi madre —la única persona en este mundo que alguna vez me había amado— se estaba apagando. Cada centavo que ganaba iba destinado a sus medicinas. Yo había jurado salvarla. Y ahora, el querido papá estaba colgando su vida sobre mi cabeza.

Las lágrimas me quemaban los ojos, pero me negué a dejarlas caer.

—Quiere que entre a la selección como su hija, bien. Pero a cambio, se asegurará de que mi madre reciba la mejor atención médica posible.

Los labios del Alfa Henry se curvaron, satisfechos.

—Hecho. Pero te asegurarás de no ser seleccionada.

Tomé aire temblorosamente, pero antes de poder hablar, Elena se echó a reír.

—No se preocupe, padre. El Rey Lycan nunca escogería a una loba insignificante como ella. Puede vestirla como quiera, pero no soy yo.

Se oyó un golpe en la puerta antes de que se abriera de golpe. Uno de los oficiales de la manada entró, pálido.

—Alfa, el Rey Lycan ha enviado un mensaje.

La postura de Henry se enderezó al instante, el respeto cruzándole el rostro.

—¿Qué sucede?

El oficial vaciló, mirándome de reojo antes de continuar.

—El Beta del Rey ha llegado antes de lo previsto. Exige reunirse con los Alfas y las candidatas a novia de inmediato.

El estómago se me hundió. Pensé que tendría al menos algo de tiempo para prepararme. El Alfa Henry debió de pensar lo mismo, porque maldijo por lo bajo.

Obligué a mi respiración a calmarse, pero por dentro, el pánico me arañaba el pecho. Esto era real. Estaba pasando.

En toda mi vida nunca había estado de acuerdo con Elena, pero no había forma de que el Rey Damien me eligiera a mí.

La vida de mi madre, y posiblemente la mía, dependían de ello.

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