Capítulo 4: Su compañero

-Rogan-

Miré a la cazadora tendida en la cama del hospital. Dormía profundamente, ajena al infierno que la esperaba cuando por fin despertara. Martin había logrado salvarla, pero había estado a punto de no conseguirlo. Hasta ahora, llevaba tres días dormida y no parecía que fuera a despertar pronto. Pero tenía que hacerlo; ¡tenía que hacerlo! No podía olvidar lo que había descubierto la noche en que me atacaron.

—Despierta —gruñí en voz baja junto a su cama, harto de esperar.

Quería resolver esto rápido porque, aunque intentara negarlo, no había forma de escapar de la verdad: éramos pareja destinada. Me incliné hacia delante en la silla, pasándome las manos por la cara, cuando de pronto noté que la mano de la pequeña cazadora se movía. Alcé la vista y la vi despertarse lentamente.

Me incorporé, esperando a que reuniera fuerzas para enfocarse en mí. Al principio parecía confundida y desorientada. Sus ojos azules recorrieron el techo, luego la habitación, y al final se clavaron en mí. Intentó apartarse, pero tenía las manos sujetas, como si fuera algún tipo de loca peligrosa.

—¿Qué carajos? —exclamó.

Siguió retorciéndose, y esperé hasta que se calmó y entendió que no había escapatoria.

—No sirve de nada —dije.

Siguió forcejeando contra las sujeciones, comprendiendo poco a poco que no iba a salir de aquí.

—¿Por qué no estoy muerta? —exigió.

—Porque me aseguré de que te mantuvieran con vida.

—¿Por qué? —me devolvió el gruñido.

Esta pequeña cazadora era dura. No se inmutó; me sostuvo la mirada directamente. Puede que no fuera una licántropa, pero sabía que mis poderes afectaban incluso a los humanos.

—Porque no quería que estuvieras muerta.

Sonrió, una mueca casi siniestra.

—Entonces, ¿qué quieres? —preguntó, con un tono casi burlón.

Intentaba mantenerse fuerte, pero yo escuchaba el golpeteo acelerado de su corazón, y se echó tan lejos de mí como pudo.

Es hermosa, eso sí.

¿Qué? Quise maldecir a mi lobo por meterme ese pensamiento en la cabeza. Lo aparté, intentando concentrarme en lo que tenía que hacer.

—Tienes información que quiero —dije.

Ella siguió sonriendo, desafiante.

—No vas a sacarme nada —respondió.

Me acerqué más, lo que hizo que intentara apartarse, aunque no pudo ir muy lejos.

—Soy bueno sacándole información a la gente. 110 —dije.

Su expresión cambió a sorpresa, pero yo había visto su reloj. Los cazadores siempre se llamaban por números para proteger su identidad personal.

—¿Por qué 110? —pregunté.

Me miró, confundida.

—Bueno, quizá lo descubras algún día cuando ya no sea una amenaza —dijo.

—Siempre seremos una amenaza. Este mundo está mejor sin ustedes.

—De verdad crees eso —dije, aunque no era una pregunta.

No era la primera cazadora con la que me había encontrado, y no sería la última. Sabía que les habían lavado el cerebro, lo cual era peligroso y frustrante.

—Bueno, no voy a soltar ese discurso viejo de que “no somos los malos”, porque sé que no va a funcionar —dije.

—Tal vez porque son los malos —replicó, cortante.

Suspiré, negando con la cabeza mientras me ponía de pie. Ella tuvo que echar la cabeza hacia atrás para mirarme.

—No tengo tiempo para esto —dije.

—¿Aquí es donde empieza la tortura? —preguntó.

Incliné un poco la cabeza.

—No —respondí.

Se veía confundida.

—¿Cómo que “no”?

—Sigues herida.

—¿Y eso importa? —inquirió.

—Durarás más si no lo estás —le dije, notando el destello de miedo en sus ojos, aunque enseguida lo ocultó, actuando como si no fuera gran cosa.

—Podrían pasarme semanas para recuperarme. Me disparaste.

—Solo la segunda vez —dije.

Entrecerró los ojos, y nos sostuvimos la mirada. Sin duda me estaba estudiando, buscando debilidades, pero yo me tomé un momento para observarla de verdad. Mi corazón latía anormalmente rápido en su presencia, y mirarla se sentía como… algo que no lograba explicar del todo. Era más una sensación, como si nunca hubiera visto a nadie como ella. ¿Por qué, entre toda la gente del mundo, mi lobo la había elegido a ella? ¿No podía haber escogido a otra licántropa?

¡No me culpes a mí!

¿Y a quién más se suponía que culpara? Quise preguntar, pero él ya sabía lo que estaba pensando y resopló, disgustado.

¡No la estás rechazando!

Suspiré, sin querer tener esa discusión con él en ese momento. De verdad no era el momento.

—Entonces, ¿qué pasa ahora? —inquirió ella.

—Ahora te rechazo —dije.

—¿Qué significa eso? —replicó.

—Significa que no te quiero.

Me miró desconcertada, y de verdad no quería explicarle esto. Solo quería que se terminara. Como era humana, no tenía que aceptar mi rechazo.

—Yo… —Se me quebró la voz de forma inesperada, y la pequeña cazadora siguió mirándome, confundida.

—Yo… yo… —Cada vez que intentaba decir las palabras, la voz me fallaba, y supe que mi lobo me estaba impidiendo hacer lo que tenía que hacer.

—¿Tú? —insistió ella.

—Yo, Rogan— —Se me quebró la voz, y la cazadora pareció casi asustada. Estaba claro que no entendía por qué me comportaba así, y yo quería decirle que no estaba loco, que solo intentaba terminar este vínculo entre nosotros que ella ni siquiera sabía que existía. Bueno, eso sí sonaba a locura, pero ella no entendía nuestro mundo.

—Ya sé cómo te llamas —dijo.

Abrí la boca para decirle que no era eso lo que quería decir, pero supe que mi lobo no me dejaría pronunciar esas palabras hasta que hubiéramos hablado de esto. Me di la vuelta, sin darle una explicación a la cazadora, y salí de la habitación, lo bastante lejos como para que no pudiera oírme.

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