CAPÍTULO TREINTA Y CUATRO

Han pasado tres horas desde que Dallas y yo comenzamos nuestra partida de ajedrez y estábamos empatados, ninguno dispuesto a ceder. Ella hizo su movimiento con tanta confianza, pero yo estaba decidido a ganar. Nuestra energía competitiva era tan intensa que no podíamos pensar en nada fuera del juego...

Inicia sesión y continúa leyendo