Capítulo 2 Capítulo 2: El arte de la cacería

​POV: Valentino Bortolotti

​Cazar no se trataba de fuerza, sino de paciencia. Era una de las primeras lecciones que mi padre me había enseñado antes de ponerme una Beretta en las manos a los diez años. «Observa a tu presa, Valentino. Encuentra su punto ciego, aíslala y ataca cuando crea que está a salvo».

​Ese mismo principio se aplicaba perfectamente a las mujeres. Y Drea Sorrentino no iba a ser la excepción.

​Me tomé mi tiempo. Durante los siguientes dos días no me acerqué a ella. Me limité a observarla desde mi rincón del estudio, memorizando sus rutinas. Llegaba siempre quince minutos antes que el profesor, se ponía esos suéteres horribles que la hacían parecer una pequeña carpa de circo, y se perdía por completo en la arcilla. Su amiga, Clara, era su único escudo social.

​El miércoles por la tarde, la oportunidad se presentó sola. El estudio estaba casi vacío. El profesor Bianchi había salido a fumar, la mayoría de los estudiantes habían huido a las cafeterías cercanas, y Clara acababa de anunciar en voz alta que iría a buscar dos espressos dobles para sobrevivir a la última hora de clase.

​Drea se quedó sola.

​Estaba de espaldas a mí, concentrada en un busto masculino de arcilla. Tenía unos auriculares puestos y movía los hombros ligeramente al ritmo de alguna canción, completamente ajena al mundo.

​Dejé mi cincel sobre la mesa, me sacudí el polvo de Carrara de los pantalones oscuros de diseñador y caminé hacia ella. Mis pasos eran silenciosos, un hábito adquirido en los pasillos de mi casa en Nápoles, donde hacer ruido podía costarte la vida.

​Me detuve justo detrás de ella. Era tan pequeña que la parte superior de su cabeza apenas me llegaba a la barbilla. Olía a tierra húmeda, a vainilla y a algo dulce, como duraznos. Un contraste perturbador con el olor a humo de cigarro y perfumes caros al que estaba acostumbrado.

​Apoyé una mano en el borde de su mesa de trabajo, inclinándome hasta que mi pecho casi rozó su espalda.

​—La clavícula está mal —murmuré, mi voz profunda y ronca muy cerca de su oído.

​Drea dio un respingo tan violento que casi tira el busto al suelo. Se arrancó los auriculares y se giró de golpe, tropezando con sus propios pies. Tuve que dar un paso rápido y atraparla por el codo para evitar que cayera de espaldas.

​Sus ojos verdes, muy abiertos y salpicados de motas doradas, chocaron con los míos. Bajo la luz pálida del estudio, noté que tenía una constelación de pecas cruzándole la nariz y las mejillas. Estaba sonrojada hasta la raíz del cabello.

​—¿Bortolotti? —balbuceó, su voz temblando ligeramente.

​—Cuidado, Sorrentino. Casi arruinas tu obra maestra —dije, soltando su brazo lentamente. La tela de su suéter era áspera, pero sentí el calor de su piel debajo de él.

​Ella dio un paso atrás de inmediato, abrazándose a sí misma de forma protectora, como si mi tacto la hubiera quemado.

​—Y-yo... me asustaste. ¿Qué... qué dijiste?

​Sonreí, la típica sonrisa ladeada que usaba cuando quería desarmar a alguien.

—Dije que la clavícula de tu busto está mal. La tensión muscular del cuello no concuerda con la relajación de los hombros. Está desproporcionado.

​Drea parpadeó, la sorpresa momentáneamente reemplazada por la indignación artística. Se olvidó de quién era yo por un segundo y frunció el ceño.

—No está desproporcionado. Es la técnica del contrapposto. La tensión está en el lado derecho porque el peso visual del torso recae allí. Es asimetría intencional.

​Me acerqué un paso más, invadiendo de nuevo su espacio personal. El pánico volvió a brillar en sus ojos, pero se obligó a no retroceder. Su pecho subía y bajaba rápidamente bajo la gruesa lana.

​Levanté la mano y, sin pedir permiso, tomé el estique de madera que sostenía entre sus dedos manchados de arcilla. Nuestros dedos se rozaron, y noté cómo tragaba saliva con dificultad.

​—Permíteme —susurré.

​Me giré hacia su escultura y, con dos movimientos precisos, rebajé la arcilla en el hombro izquierdo, marcando el hueso con más fuerza.

—La asimetría está bien, pero le faltaba agresividad. Si vas a hacer un hombre en tensión, Drea, haz que parezca que está a punto de atacar. No que está posando para una foto.

​Dejé la herramienta sobre la mesa y me volví hacia ella. Se había quedado paralizada mirando la modificación. Su nombre, pronunciado por mí por primera vez, pareció haberla dejado sin oxígeno.

​—Tienes talento —admití, y para mi sorpresa, no era una mentira—. Tienes buenas manos. Pero te falta malicia en tus trazos.

​—Yo... eh... gracias. Supongo —murmuró, desviando la mirada hacia el suelo. Sus mejillas estaban de un rojo escarlata adorable, parecía una tierna cabbage patch. Era tan transparente, tan condenadamente fácil de leer, que casi sentí lástima por el juego en el que estaba a punto de meterla. Casi.

​—En realidad, vine a pedirte un favor —continué, bajando el tono de voz para que sonara íntimo, casi como un secreto—. El profesor Bianchi lleva dos semanas jodiéndome con mi bloque de mármol. Dice que soy demasiado rudo con el cincel. Que me falta "delicadeza y visión anatómica blanda".

​Drea levantó la vista, mirándome con incredulidad.

—¿A ti? Pero... tú eres el mejor de la clase en talla de piedra.

​El halago salió de sus labios sin que ella pudiera filtrarlo. Sonreí internamente. Ya estaba mordiendo el anzuelo.

​—Bianchi no opina lo mismo. Así que necesito a alguien que entienda esa maldita "delicadeza" de la que habla para que me asesore. Alguien que no tenga miedo de ensuciarse las manos. —La miré fijamente a los ojos, dejándole claro que la había elegido a ella—. Y tú eres la mejor modelando cuerpos en este lugar. ¿Me darías tu opinión mañana después de clases?

​La chica americana pareció dejar de respirar. Sus manos amasaban nerviosamente el borde de su suéter, tirando de él hacia abajo como si quisiera esconder hasta sus rodillas.

​—Yo... no sé si soy la persona adecuada. Tus amigos...

​—No le estoy pidiendo ayuda a mis amigos —la interrumpí suavemente, dando otro paso hasta que el olor a duraznos me llenó los pulmones—. Te lo estoy pidiendo a ti, Drea. ¿Me vas a rechazar?

​Ella negó con la cabeza lentamente, como si estuviera bajo hipnosis.

—No. Está bien. Mañana.

​—Perfecto. —Le guiñé un ojo y retrocedí, devolviéndole su espacio—. Te veo mañana, Sorrentino. Y arregla ese hombro derecho, sigue viéndose débil.

​Me di la vuelta y me alejé justo en el momento en que Clara entraba por la puerta del estudio con los cafés. No miré hacia atrás, pero sabía exactamente cómo estaba Drea: con el corazón a mil por hora, confundida y completamente vulnerable a mi siguiente movimiento.

​Esto iba a ser ridículamente fácil.

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