Capítulo 1 Capítulo 1: Dos líneas y un acorde menor

Pov Carolina Olivares

El baño de mi pequeño apartamento en East Los Ángeles olía a lavanda barata y a pánico. Sobre el lavabo de porcelana agrietada, el pequeño palito de plástico dictaba sentencia como un juez mudo e implacable.

​Dos líneas rosas.

​Me aferré al borde del lavabo, sintiendo que el suelo se inclinaba peligrosamente bajo mis pies descalzos. No podía ser. Simplemente no podía ser. Hice los cálculos mentales por centésima vez en la última hora, contando los días con los dedos temblorosos, esperando que las matemáticas me dieran un resultado diferente. Pero los números, fríos y exactos, siempre me llevaban a la misma fecha: hace ocho semanas. La noche de las cervezas. La noche de la piel erizada y los susurros en italiano.

​—Mierda —susurré, y mi voz sonó estrangulada en el silencio de la mañana.

​Salí del baño buscando aire, como si el oxígeno se hubiera consumido entre esos cuatro azulejos. En la pequeña sala, la radio que siempre dejaba encendida para no sentirme sola zumbaba con la voz del locutor de la estación de rock alternativo.

​—...y subiendo como la espuma en los charts, aquí está el nuevo sencillo del hombre del momento. Dejó los retiros espirituales para prender fuego a los estadios. Con ustedes, Ares Sorrentino y su tema "Fantasmas de Café".

​El corazón se me detuvo un segundo antes de empezar a galopar contra mis costillas. Era él. Su voz, rasposa y profunda, llenó la habitación. No era la voz suave que usaba para guiar las meditaciones, sino un gruñido melódico cargado de una desesperación eléctrica. Esa misma voz que plantó una semilla en mi vientre y ahora crecía a cada instante.

​*«Me dejaste en la orilla antes del amanecer / con el sabor de tu miedo y nada que perder / ahora busco tu sombra en cada ciudad / pero solo encuentro ruido y soledad...»

​Me dejé caer en el sofá desgastado, abrazando mis rodillas. La canción hablaba de una huida. De alguien que se va antes de que salga el sol. Justo lo que yo había hecho. Pero no podía ser para mí. Riccardo Sorrentino, o "Ares" como lo conocía el mundo ahora, debía haber conocido a cientos de mujeres desde que firmó ese contrato. Mujeres altas, delgadas, modelos de piernas infinitas que no tenían celulitis ni dudas existenciales. Mujeres que no cargaban con el fantasma de un exnovio tóxico como Luis.

​Yo solo fui un desliz. Un polvo de despecho que salió demasiado bien. Sé que suena a excusa, pero yo estaba vulnerable, él es demasiado encantador, me invitó varias veces a salir antes de aceptar y en la primera oportunidad las cosas simplemente pasaron. Y vaya manera de pasar, ese hombre es...el sueño de cualquier mujer y su manera de besar y de hacer el amor es irresistible.

«Tonta bolita, eso no fue amor, sólo fue sexo»

​Miré mi vientre, aún plano bajo la camiseta de algodón. Riccardo Sorrentino, el hombre que me miraba con una intensidad que me hacía querer esconderme y desnudarme al mismo tiempo, iba a ser padre. Y él estaba, según las noticias, en medio de una gira sold-out por la Costa Este.

​Con las manos temblorosas, busqué mi teléfono. Busqué en contactos ese nombre que había guardado con un emoji de una ola de mar. "Riccardo (Mindfulness)". Dudé. Mi dedo flotó sobre el icono de llamar. La inseguridad me gritaba que no lo hiciera, que él pensaría que era una cazafortunas, que seguro ya ni se acordaba de mi cara morena y mis caderas anchas.

​Pero había dos líneas rosas en el baño. No tenía opción.

​Presioné llamar y me llevé el teléfono al oído, cerrando los ojos con fuerza.

​Un tono. Dos tonos. Y luego, una grabación robótica y fría que me heló la sangre:

"El número que usted marcó ha sido desconectado o ya no se encuentra en servicio. Por favor, verifique..."

​Colgué, sintiendo cómo el teléfono se me resbalaba de las manos sudorosas.

Por supuesto, si no me bloqueo era obvio que cambiaría su número de teléfono, imagino la cantidad de chicas que lo acosaban porque ahora era un cantante famoso, con dinero y sus horizontes femeninos ahora eran infinitos.

Mientras tanto yo no podía estar más jodida, o bueno no jodida pero sí muy asustada. Vivía al día porque lo poco que sobraba era para mis padres en México, ellos necesitaban de mi ayuda, ahora cómo iba a mantener a un pequeño bebé fruto de una noche de pasión y desenfreno.

¡Maldición Riccardo!

¿Por qué tuve que creerle cuando dijo que no me embarazaría? Un endemoniado preservativo lo hubiera evitado.

Suspiré vaciando el aire de mis pulmones, ya era muy tarde para pensar en lo que hubiera hecho diferente, después de esa noche no estaba arrepentida, había sido la mejor noche de mi vida y bueno aunque solo tuviera veinticuatro años quería ser madre algún día, ahora lo sería.

Quizás las cosas no irían tan mal...

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