Capítulo 2 Capítulo 2: El gurú de ojos verdes

Pov Carolina Olivares

Seis meses antes.

​Ojai tenía esa cualidad mística que te hacía sentir culpable por revisar tu Instagram. El aire olía a salvia y tierra seca, y el silencio era tan denso que casi se podía masticar. Yo no quería estar allí. Había sido idea de mi mejor amiga para "desintoxicarme" del estrés que Luis me causaba, aunque por supuesto, Luis no había dejado de enviarme mensajes pasivo-agresivos desde que llegué.

​—Bienvenidas. Dejen el mundo allá afuera. Aquí dentro solo existen ustedes y su respiración.

​La voz vino desde la tarima de madera bajo el gran roble. Alcé la vista y me olvidé de respirar.

​El instructor no se parecía a ningún gurú que hubiera visto en la tele. No era un anciano con túnica. Era un hombre de unos treinta y tantos años, vestido con ropa deportiva negra que se ajustaba a un cuerpo fibroso y atlético. Su cabello rubio estaba atado en un moño desordenado, pero algunos mechones caían sobre su frente.

​Pero fueron los ojos. Cuando barrió la sala con la mirada, sus ojos verdes se clavaron en los míos con la precisión de un francotirador. Eran intensos, casi agresivos en su claridad. Sentí un chispazo en la base de la columna, una advertencia primitiva.

​—Soy Riccardo —dijo, sin dejar de mirarme un segundo más de lo socialmente aceptable—. Y vamos a aprender a estar incómodos con nosotros mismos.

​Durante la sesión, intenté concentrarme. De verdad lo intenté. Pero cada vez que él pasaba cerca de mi tapete, mi piel reaccionaba. No era solo que fuera guapo; era la energía que irradiaba. Era como estar cerca de un cable de alta tensión pelado. Yo, con mis leggings que sentía demasiado apretados y mi camiseta holgada para ocultar mis curvas, me sentía expuesta bajo su supervisión.

​—Tensa la mandíbula —susurró de repente.

​Estaba de pie justo detrás de mí mientras yo intentaba mantener la postura del guerrero. Su voz estaba tan cerca de mi oído que sentí su aliento caliente en mi cuello. Olía a sándalo y a algo más almizclado, algo puramente masculino.

​—Suelta, Carolina —dijo, leyendo mi nombre en la etiqueta que llevaba en el pecho—. No puedes recibir nada si tienes los puños cerrados.

​Su mano rozó mi hombro para corregir mi postura. Fue un toque clínico, profesional, pero mi cuerpo lo interpretó como una caricia. Di un respingo y perdí el equilibrio. Él me sostuvo del brazo con una firmeza sorprendente antes de que cayera.

​Sus dedos apretaron mi piel un instante más de lo necesario. Me giré y quedamos a centímetros. Él era alto, mucho más que yo, y tuve que alzar la vista. Vi sus pestañas, rizadas y doradas, enmarcando esa mirada que parecía ver todas mis inseguridades y encontrarlas fascinantes.

​—Lo siento —balbuceé completamente sonrojada, retirándome bruscamente.

​—No te disculpes por sentir —respondió él, con una media sonrisa que no llegó a sus ojos, pero que hizo que mis rodillas temblaran.

​Al final de la clase, mientras recogía mis cosas apresuradamente para huir de esa tensión, mi teléfono vibró en mi bolsa. Era Luis.

Mensaje de Luis: "¿Seguro que estás meditando o estás buscando a alguien mejor que yo? No me contestas."

​La culpa, vieja y conocida, me invadió. Guardé el teléfono y levanté la vista. Riccardo estaba en la puerta del salón, apoyado en el marco, observándome mientras bebía agua. No estaba mirando a las chicas delgadas de la primera fila. Me miraba a mí.

​Se acercó caminando con esa elegancia depredadora.

​—Tu teléfono es una correa, Carolina —dijo, señalando mi bolso—. Y quien está al otro lado está tirando demasiado fuerte.

​—No sabes nada de mí —repliqué a la defensiva, abrazando mi tapete de yoga como un escudo.

​Él dio un paso más, invadiendo mi espacio personal, y bajó la voz a un susurro confidencial.

—Sé que hay fuego ahí dentro. Y sé que te estás apagando tú sola para no quemar a nadie más.

—Es más complicado de lo que crees y de lo que podría explicar ahora. —Me excusé.

—Las cosas solo son complicadas si decidimos que lo son, si no son bastante simples. Aunque hay esperanza para ti, quieres cambiarlo, por eso estás aquí. —respondió con una seguridad avasalladora y su mirada intensa clavada en la mía.

—Bueno...no exactamente, una amiga prácticamente me arrastró hasta aquí y solo pensaba en encontrar una manera de arreglar un par de desastres fuera de aquí. —Expliqué.

La verdad yo aún tenía un poco la estúpida fantasía de hacer funcionar las cosas con Luis. Parte de los principales problemas eran sus celos irracionales, en definitiva esta hablando tan casual con el adonis del instructor no iba a ayudar así que traté de mantenerlo distante.

—¿En serio crees que vale la pena? —preguntó Riccardo con algo de descaro.

—Por supuesto, ahora sí no te importa debo irme. —afirmé con más seguridad de la que sentía pero en ese momento parecía lo correcto.

En retrospectiva, claramente no fue suficiente para desalentarlo.

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