Capítulo 3 Capítulo 3: La última copa y la primera vez
Pov Carolina Olivares
Cuatro meses después.
—Es definitivo. Se acabó.
Dejé caer la cabeza sobre la mesa de madera del bar, sintiendo el frío pegajoso de la superficie en mi frente. Luis me había engañado. Otra vez. Pero esta vez lo había hecho con mi prima lejana en una fiesta familiar. El nivel de humillación era nuevo, incluso para nosotros.
—Ya era hora, Caro —dijo una voz masculina y familiar.
Levanté la cabeza. Riccardo estaba allí, de pie junto a nuestra mesa, sosteniendo dos cervezas artesanales. Llevaba una chaqueta de cuero desgastada y una camiseta de una banda de punk de los 80. Se veía menos "zen" y más peligroso que en el retiro. Nos habíamos mandado mensajes esporádicos desde aquel fin de semana, nada comprometedor, solo recomendaciones de libros o música, pero él sabía que yo seguía con Luis.
—¿Qué haces aquí? —pregunté, secándome una lágrima furiosa.
—Vi tu historia en Instagram. Parecía que necesitabas un rescate o un tequila. Opté por cerveza oscura. —Deslizó el vaso hacia mí y se sentó en la silla libre sin pedir permiso.
Hablamos durante horas. O más bien, yo hablé y él escuchó con esa intensidad aterradora. No me dijo "te lo dije", ni me dio consejos de autoayuda barata. Solo me escuchó, con sus ojos verdes fijos en mis labios, en mis manos, en mis ojos hinchados.
—Eres demasiado para él, Caro —dijo en un momento, su voz ronca por el ruido del bar—. Eres un océano y él buscaba un charco.
La frase me golpeó. El alcohol y la tristeza eran una mezcla volátil, pero la presencia de Riccardo era el catalizador. Cuando el bar cerró, no quería irme a mi apartamento vacío.
—¿Te llevo a casa? —preguntó él en el estacionamiento.
—No quiero estar sola —confesé, y la vulnerabilidad en mi voz me dio vergüenza.
Riccardo se tensó. Me miró, y por primera vez vi una grieta en su control perfecto.
—Ven conmigo. Pero te advierto, Carolina... si vienes conmigo esta noche, no voy a ser tu instructor de meditación.
Acepté. Fuimos a su casa en las colinas, un lugar lleno de instrumentos y libros. La tensión que había estado hirviendo a fuego lento durante meses estalló en el momento en que cerró la puerta. No hubo preámbulos suaves. Me empujó contra la madera fría de la entrada, su boca devorando la mía como si llevara años muriéndose de hambre. Su lengua entró sin pedir permiso, profunda, exigente, mientras sus manos grandes bajaban por mi espalda hasta agarrar mi trasero con fuerza, apretándome contra la erección que ya se marcaba dura bajo sus jeans.
Gemí contra sus labios. Él gruñó, bajo y animal.
—Joder, Caro… no tienes idea de cuánto he fantaseado con esto.
Me levantó como si no pesara nada. Mis piernas se enredaron en su cintura mientras me llevaba a trompicones hasta la cama desordenada. Me tiró sobre el colchón y se arrancó la camiseta de un solo movimiento. Su torso tatuado, ancho y marcado por horas de ejercicio, brillaba bajo la luz tenue de la lámpara. Se subió encima de mí, arrancándome el vestido por la cabeza. Sus ojos verdes recorrieron mi cuerpo desnudo con hambre cruda: mis pechos pesados, mi cintura suave, mis caderas anchas, mis muslos gruesos.
—No te tapes —ordenó cuando intenté cubrirme por instinto—. Estas curvas… mierda, estas curvas son lo que me han vuelto loco desde el comienzo.
Sus manos grandes amasaron mis senos, pellizcando mis pezones hasta que se endurecieron dolorosamente. Bajó la boca y los chupó con fuerza, alternando lengua y dientes, mientras una de sus manos se deslizaba entre mis piernas. Sus dedos gruesos separaron mis labios empapados y entraron de golpe, dos a la vez, curvándose justo donde más lo necesitaba. Grité, arqueándome. Él sonrió contra mi piel.
—Tan mojada ya… tan perfecta para mí.
Me abrió las piernas más aún y bajó la cabeza. Su lengua reemplazó sus dedos: lamía, succionaba mi clítoris hinchado, penetrándome con la punta mientras sus manos me sujetaban las caderas para que no pudiera escapar del placer. Me corrí la primera vez así, temblando, gritando su nombre, inundándole la boca.
Pero él no paró. Se incorporó, se bajó los jeans y el bóxer de un tirón. Su erección saltó libre: gruesa, larga, venosa, la cabeza brillante de líquido preseminal. Se colocó entre mis muslos, frotó la punta contra mi entrada empapada y entró de un solo empujón profundo.
—Ahhh… joder… —gruñó él, quedándose quieto un segundo para que me acostumbrara a su enorme tamaño.
Empezó a moverse. Duro. Rápido. Cada embestida hacía que la cama crujiera y que mis pechos rebotaran. Me follaba como si quisiera marcarme por dentro, como si quisiera borrar cualquier recuerdo de Luis. Sus manos apretaban mis caderas, sus dedos se clavaban en mi carne blanda mientras me penetraba una y otra vez.
—Mírame, Caro —ordenó de pronto, su voz ronca y salvaje cuando sintió que me acercaba al segundo orgasmo—. Quiero que recuerdes quién te está haciendo sentir esto. Quién te está follando como mereces.
Abrí los ojos. Los suyos verdes estaban clavados en mí, brillantes de lujuria y algo más profundo. Me corrí con fuerza, contrayéndome alrededor de su hombría, gritando mientras olas de placer me atravesaban. Él no se detuvo. Aceleró, más profundo, más brutal, hasta que su cuerpo se tensó y se derramó dentro de mí con un gruñido gutural, llenándome con chorros calientes y espesos.
Caímos exhaustos, sudorosos, respiraciones entrecortadas. Me abrazó contra su pecho tatuado y, por primera vez en meses, me sentí completa… y aterrorizada.
Me levanté con cuidado, recogiendo mi ropa del suelo. Riccardo dormía boca abajo, con la sábana cubriéndolo hasta la cintura, su espalda ancha y tatuada subiendo y bajando rítmicamente.
Me vestí conteniendo la respiración. Escribí una nota rápida en una servilleta: "Lo siento. No estoy lista para alguien como tú".
Salí de su casa y de su vida antes de que él abriera los ojos.
Ahora, sentada en mi baño con el test de embarazo en la mano, me daba cuenta de la ironía del destino. Había huido para no atarme, para no complicar las cosas, para sanar.
Y sin embargo, una parte de él se había venido conmigo. Y esta vez, no había nota de despedida que pudiera arreglarlo.
