Capítulo 4 Capítulo 4: Ecos en la habitación de hotel
POV: Riccardo "Ares" Sorrentino
Seattle llovía como si el cielo estuviera roto, un gris incesante que hacía juego con mi humor. Estaba tirado en la cama king size de la suite presidencial de un hotel cuyo nombre ya había olvidado. A mi alrededor había botellas de agua a medio terminar, guitarras desenchufadas y hojas arrugadas con letras que no terminaban de cuajar.
Mi manager decía que estaba viviendo el sueño. Yo sentía que estaba viviendo en una pecera con el oxígeno racionado.
Cerré los ojos, ignorando el zumbido del aire acondicionado, y dejé que mi mente viajara al único lugar donde encontraba paz últimamente. O quizás no era paz, sino una tormenta perfecta.
Volví a esa noche. Hace dos meses. Los Ángeles.
El recuerdo me golpeó en la ingle con la fuerza de un acorde de potencia. Carolina.
Recordé cómo se veía en mi sala, con esa mezcla de vulnerabilidad y desafío en sus ojos oscuros. Había estado conteniéndome durante meses, desde el retiro. Verla con ese imbécil de Luis había sido una tortura lenta, como tener una astilla bajo la uña que no puedes sacar. Pero esa noche, cuando cruzó el umbral de mi puerta, la astilla salió y empezó a sangrar.
La besé contra la pared, y el sabor de su boca —cerveza, sal de lágrimas secas y menta— fue lo más embriagador que había probado en años. Pero fue cuando llegamos a la habitación cuando la realidad superó a todas mis fantasías.
La desnudé despacio, aunque mis manos temblaban de urgencia. Quería verla. Realmente verla. Cuando le quité la blusa y bajé sus jeans, el aire se me atoró en la garganta. Carolina no era una de esas chicas de revista, angulosas y frágiles, con las que solía salir en mi vida anterior. No. Carolina era una mujer. Una Diosa.
Tenía curvas que parecían trazadas por un artista obsesionado con la abundancia. Caderas anchas y suaves donde mis manos grandes encajaban como si hubieran sido moldeadas para sujetarla. Muslos poderosos, piel de un tono caramelo que brillaba bajo la luz tenue de mi lámpara.
—Riccardo... —susurró ella, intentando cubrirse el vientre con los brazos, insegura.
Le quité las manos con suavidad pero con firmeza, besando cada centímetro de piel que ella intentaba ocultar.
—Eres arte, Caro. Eres puta magia —gruñí contra su cuello, aspirando su aroma.
La tumbé en la cama y me acomodé entre sus piernas. La vista desde ahí era gloriosa. Ella era un paisaje de montes y valles, y yo quería explorarlo todo. Cuando entré en ella, perdí la capacidad de pensar en inglés, en español o en italiano. Solo existía el lenguaje gutural del placer.
Estaba tan estrecha, tan caliente y húmeda, que tuve que apretar los dientes y detener el movimiento para no terminar en dos segundos. Ella soltó un gemido largo, arqueando la espalda, y sus pechos, llenos y pesados, se alzaron hacia mí. No pude resistirme. Bajé la boca y atrapé un pezón oscuro, succionando con fuerza mientras empezaba a moverme dentro de ella.
La respuesta de Caro fue lo que me voló la cabeza. No era pasiva. Era fuego puro. Envolvió sus piernas alrededor de mi cintura, tirando de mí hacia adentro, más profundo, buscando fricción, buscando contacto. Clavó sus uñas en mi espalda, marcándome, reclamándome.
—Más, Riccardo, por favor... —gemía, y su voz rota era la mejor melodía que había escuchado jamás.
Me volví un animal. Olvidé el mindfulness, olvidé el control, olvidé la respiración consciente. La embestí con fuerza, una y otra vez, perdiéndome en la sensación de su carne suave chocando contra la mía, el sonido húmedo de nuestros cuerpos, sus gritos ahogados en mi hombro. Me encantaba cómo se estremecía, cómo su cuerpo curvy rebotaba y absorbía cada impacto, dándome un placer visual y táctil que me hacía sentir que me estaba ahogando en ella.
Cuando se corrió, fue un espectáculo. Gritó mi nombre, su interior se contrajo alrededor de mi miembro palpitante como un puño de seda, y sentí sus espasmos recorriendo mi propio cuerpo. Me dejé ir con un rugido, derramándome en ella, llenándola, sintiendo una posesividad absurda y primitiva. Mía, pensé. Ella es mía.
Después, mientras ella dormía con el cabello desparramado sobre mi almohada negra, me quedé mirándola durante una hora. Toqué la curva de su cadera, maravillado. Me sentía inspirado, recargado, vivo. Pensé que por fin había encontrado a mi musa, mi ancla.
Pero desperté solo.
Abrí los ojos en la habitación de hotel en Seattle, y la realidad fría me golpeó de nuevo. La nota en la servilleta seguía guardada en mi cartera, doblada en cuatro partes, quemándome el bolsillo de los pantalones tirados en el suelo. "No estoy lista para alguien como tú".
Me levanté de la cama de un salto, frustrado, y agarré la guitarra acústica. Mis dedos volaron al traste, buscando la rabia, buscando el dolor.
—¿No estás lista? —murmuré a la habitación vacía—. Pues prepárate, Carolina. Porque no voy a dejarte ir tan fácil.
Mi teléfono vibró en la mesa de noche. Era mi manager, Tony.
—Ares, despierta. Tenemos un problema con las fechas de la gira. El promotor quiere extenderse a Europa. Seis meses más. Tienes que firmar hoy o perdemos el contrato millonario.
Miré la guitarra. Miré la lluvia. Pensé en los ojos de Caro y en esas caderas que me habían hecho ver a Dios. Si me iba a Europa, la perdería del todo. Si me quedaba, perdería mi carrera justo cuando estaba despegando.
—Tony... —empecé a decir, sintiendo un nudo en el estómago—, antes de firmar nada, necesito que localices a una persona en Los Ángeles. Y no me importa cuánto cueste.
