Capítulo 5 Capítulo 5: Una maleta y una prueba de farmacia

Pov Carolina Olivares

Rosaura, mi compañera de apartamento y la única persona que todavía me dice la verdad aunque duela, miró el palito de plástico sobre la mesa de centro como si fuera una granada de mano sin seguro. Luego levantó la vista hacia mí —hecha un ovillo en el sofá, con los ojos hinchados y la respiración entrecortada— y volvió a mirar el test.

—No mames, Carolina —soltó al fin, rompiendo el silencio que pesaba como humedad en la sala.

—Es lo único que no hice, aparentemente —murmuré con ese humor negro que me sale cuando estoy a punto de derrumbarme del todo. Me sorbí la nariz con fuerza, intentando no llorar otra vez.

Rosaura no se rio. Nunca se ríe cuando el chiste es demasiado triste. Se dejó caer a mi lado en el sofá viejo que crujió bajo su peso y me pasó un brazo por los hombros. Ella era todo lo que yo no era: bajita, ruidosa, impulsiva, con el cabello teñido de un morado que parecía gritar y una fe ciega en que el universo siempre termina compensando a las buenas personas. El universo, hasta ahora, nos había dado más cachetadas que abrazos.

—¿Es del italiano? ¿Del dios del rock? —preguntó, aunque las dos sabíamos la respuesta. Hacía meses que no dejaba que Luis me rozara ni con la mirada, mucho menos con las manos.

Asentí, enterrando la cara entre las palmas. El olor a mi propio shampoo barato se me pegó a la piel, mezclado con sudor frío.

—¿Qué voy a hacer, Rosi? —La voz me salió rota—. Él está en la cima del mundo. Acabo de escuchar su entrevista en la radio del Uber… se va a Europa en cualquier momento. Yo sigo viviendo en East L.A., contando monedas para la renta y rezando porque el casero no suba otros cien dólares este mes. Si le digo esto, va a pensar que quiero su dinero. O peor: que soy una de esas fans locas que buscan boleto de por vida.

Rosaura me agarró las muñecas con fuerza y me obligó a mirarla. Sus ojos oscuros brillaban con esa mezcla de enojo y ternura que reservaba solo para mí.

—Escúchame bien, mensa. Ese hombre te miraba como si fueras la última Coca-Cola del desierto en pleno julio. Yo vi las fotos que te tomó en el retiro, esas que me enseñaste a las tres de la mañana y luego borraste como si quemaran. Un hombre no te toca la cara con esa delicadeza, no te besa el cuello como si estuviera rezando, si solo quiere un polvo rápido antes del próximo show. Además… —Señaló mi vientre plano, todavía plano—. Eso que llevas ahí es mitad suyo. Tiene derecho a saberlo. Y tú tienes derecho a no pasar por esto sola, con el miedo comiéndote viva en este departamento que huele a mole recalentado y humedad.

Me rechazó cuando lo llamé —susurré—. El número ya no existe.

—Porque ahora es famoso, dah. Cambian de número como de calzones cuando la fama les explota en la cara. Pero sabemos dónde está.

Me mostró la pantalla de su celular. Instagram abierto en una storie que acababa de subir hacía veinte minutos: un escenario gigantesco bajo una lluvia torrencial, luces púrpuras y rojas cortando la oscuridad, miles de celulares brillando como estrellas caídas. La ubicación en letras blancas: Climate Pledge Arena, Seattle, Washington. Esta noche.

—Está a tres horas de vuelo —dijo con ese brillo peligroso en los ojos, el mismo que aparecía antes de que hiciéramos cosas como tatuarnos el nombre de una ex en la costilla (ella) o manejar hasta Tijuana a las dos de la mañana solo porque “necesitábamos mariscos”—. Tengo millas acumuladas en la tarjeta de crédito y tú tienes esos ahorros de emergencia que guardas como si fueran el santo grial.

—Esos ahorros son para… no sé, emergencias médicas de verdad —protesté débilmente, aunque ya sentía que estaba perdiendo la batalla.

—¡Esto ES una emergencia médica! ¡Vas a tener un bebé rockero con ADN de estrella de rock italiana! —Rosaura se levantó de un salto, haciendo temblar la mesa de centro—. Haz una maleta, Carolina Olivares. Vamos a ir a Seattle. Vas a plantarte frente a él, con tus curvas de impacto, tu cara de “no me jodas” y tu dignidad intacta, y le vas a decir: “Hola, ¿te acuerdas de la mejor noche de tu vida? Pues trajo souvenir y no viene con manual de instrucciones”.

El miedo me tenía clavada al sofá, pero debajo de él latía algo más fuerte, más terco: esperanza. Recordé la forma en que Riccardo me había tocado esa noche, con una reverencia que no me esperaba de alguien que vive rodeado de gente que solo quiere un pedazo de él. Me había mirado como si yo fuera valiosa. Como si fuera una diosa aterrizada por accidente en su habitación. Tal vez Rosaura tenía razón. Tal vez, solo tal vez, cuando me viera aparecer no huiría. Tal vez se alegraría.

Compramos los boletos para el último vuelo de la tarde mientras yo intentaba doblar un suéter grueso que olía a suavizante de lavanda. Metí también unos jeans oscuros, las botas que me hacían sentir un poco más alta y el único vestido decente que tenía, ese negro que él había deslizado por mis hombros con los dientes. No sabía —cómo iba a saberlo— que estaba cometiendo el error logístico más grande de mi vida.

No sabía que, mientras nosotras corríamos hacia LAX con maletas mal cerradas y adrenalina, un sedán negro sin placas visibles se estacionaba frente al edificio que acabábamos de dejar vacío en Los Ángeles.

No sabía que el hombre de traje gris que bajó del auto llevaba una carpeta con mi nombre completo, mi foto de LinkedIn y una instrucción muy clara:

“Encuéntrenla. Ares Sorrentino quiere hablar con Carolina Olivares. Urgente.”

Y yo, estúpida de mí, volaba en dirección contraria.

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