Capítulo 6 Capítulo 6: Barcos en la noche

Pov Carolina Olivares

Seattle nos recibió con una bofetada de viento helado y lluvia fina que se colaba por cualquier rendija. Rosaura y yo salimos del aeropuerto arrastrando nuestras maletas pequeñas, con el pelo pegado a la cara y los zapatos empapados en menos de cinco minutos. El taxi nos dejó frente al Climate Pledge Arena, un monstruo de acero y luces que parecía tragarse la ciudad entera.

Ver su nombre en las pantallas gigantes —ARES SORRENTINO - SOLD OUT— me hizo sentir minúscula, como si el mundo entero hubiera conspirado para recordarme mi lugar. La verdad es que siempre he luchado contra mis complejos e inseguridades corporales; crecer con todo el salón de clases burlándose de tu peso no ayuda para nada. Aún así, la lucha se hace a diario: mirarme al espejo y obligarme a no odiar las curvas que él, una vez, había besado como si fueran arte. Esa noche, bajo la lluvia del Pacífico Noroeste, esas curvas se sentían como un lastre, no como un arma.

—Tenemos que ir a la entrada de artistas —gritó Rosaura sobre el ruido de la multitud que empujaba hacia las puertas principales.

Nos abrimos paso a codazos y disculpas a medias. Mi corazón latía tan fuerte que sentía que iba a competir con la batería que ya resonaba desde el interior del estadio, un pulso grave que vibraba en mis costillas. Llegamos a una reja custodiada por tres hombres que parecían refrigeradores con patas y auriculares inalámbricos.

—¡Necesito ver a Riccardo! ¡A Ares! —grité, intentando sonar segura aunque me temblaban las piernas como gelatina—. ¡Es urgente! ¡Es personal!

El guardia más grande me miró de arriba abajo. Mi cabello estaba encrespado por la humedad, mis jeans baratos se veían ridículos al lado de las chicas con pases VIP colgando del cuello: altas, rubias, perfectas, con botas de diseñador y maquillaje que no se corría con la lluvia. Yo parecía una turista perdida en un mundo que no me pertenecía.

—Lo siento, cariño —dijo con una mueca de condescendencia que me dolió más que el frío—. “Personal”. Esa es nueva. Todas aquí quieren algo “personal” con él. A menos que tengas un pase All Access, muévete. Estás bloqueando la salida de camiones.

—¡No entiende! ¡Lo conozco! ¡Estuvimos juntos! —insistí, sintiendo cómo las lágrimas de frustración se mezclaban con la lluvia en mis mejillas.

—Seguro que sí. Circulen —ordenó, dándonos la espalda como si fuéramos moscas.

Me derrumbé contra la reja fría, el metal helado mordiéndome las palmas. Mientras los primeros acordes de Fantasmas de Café atravesaban las paredes y hacían temblar el suelo, yo solo podía pensar en lo estúpida que había sido al creer que podía irrumpir en su vida como si nada hubiera cambiado.

A mil quinientos kilómetros al sur, en Los Ángeles llamaba el investigador, el teléfono de Tony, el manager de Ares, no paraba de sonar.

Ares acababa de bajar del escenario para un cambio de vestuario rápido. Estaba empapado en sudor, el pecho agitado, la adrenalina todavía corriendo por sus venas como electricidad. Ignoró a la estilista que intentaba secarle el pelo con una toalla y extendió la mano hacia el móvil que Tony sostenía.

—¿La encontraron? —preguntó, la voz ronca por los gritos del show.

Tony negó con la cabeza, la expresión sombría.

—El investigador fue a su apartamento. Nadie contestó. Los vecinos dicen que la vieron salir con maletas esta tarde. Parecía que se iba de viaje indefinido. No hay rastro, Ares. Se fue.

Ares sintió como si alguien le hubiera arrancado el cable del amplificador en medio de un solo. Se dejó caer en una silla de cuero negro, pasando las manos por su cabello rubio húmedo, dejando mechones desordenados.

—Se fue… —repitió, casi para sí mismo. La nota en la servilleta volvió a su mente como un eco cruel: “No estoy lista”. Había huido. De nuevo. Y esta vez, se había asegurado de que él no pudiera seguirla.

El dolor fue agudo, físico, como un golpe en el plexo. Pero rápidamente se transformó en algo más frío y duro, como el acero que templa el fuego. Si ella no quería ser encontrada, si prefería huir antes que darle una oportunidad a lo que habían sentido esa noche, entonces él no iba a seguir rogando. Él era Ares. El dios de la guerra, no el dios de las causas perdidas.

—Trae el contrato de Europa —dijo, levantándose de golpe. Su voz sonó muerta, carente de la emoción que derramaba en cada canción.

—¿Qué? —Tony parpadeó, sorprendido.

—El contrato. Londres, París, Roma. Fírmalo todo. Nos vamos mañana mismo.

Esa noche, mientras yo lloraba en un hotel barato de Seattle, abrazada a Rosaura en una cama que olía a desinfectante y desesperación, convencida de que Riccardo era inalcanzable, él firmaba su exilio voluntario con mano temblorosa.

Durante los siguientes seis meses, Europa vería nacer a la leyenda. Ares Sorrentino se volvería más oscuro, más seductor, más misterioso. Escribiría el álbum Vientre de Luna, una colección de baladas rock desgarradoras que hablaban de una mujer de piel canela y ojos de tormenta que se desvanecía como el humo entre sus dedos.

El mundo entero cantaría mis canciones. Yo las escucharía en la radio mientras mi vientre crecía mes a mes, sola en Los Ángeles, sentada en el mismo sofá viejo, con la mano sobre la curva que ya no podía esconder bajo suéteres holgados y una cuenta bancaria que llegaba peligrosamente a cero.

Pero el destino es caprichoso, y seis meses es mucho tiempo. Especialmente cuando tienes un secreto que ya no puedes ocultar… y cuando el hombre que lo comparte empieza a cantar verdades que el mundo interpreta como ficción, pero que para ti son cartas de amor que nunca llegaron a su destino.

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