Capítulo 7 Capítulo 7: El veneno de la serpiente

Pov Carolina Olivares

Cinco meses. Veintidós semanas de náuseas matutinas, de pantalones que ya no cerraban y de un silencio radiofónico por parte del padre de mi hijo. Había vuelto de Seattle con el corazón roto y la cuenta bancaria temblando, tratando de reconstruir mi rutina en Los Ángeles. Trabajaba turnos dobles en la cafetería, escondiendo mi vientre incipiente bajo delantales anchos, rogando que las propinas fueran suficientes para los futuros pañales.

​Pero el pasado tiene la mala costumbre de tocar a tu puerta cuando menos lo esperas. Literalmente.

​Era un martes por la noche. Llegué a mi edificio cargando las bolsas del supermercado, agotada. Cuando giré la llave en la cerradura, una mano se posó sobre la mía, deteniendo el movimiento. El olor a colonia barata y tabaco rancio me golpeó antes de que viera su cara.

​—Hola, bonita. Te ves... diferente.

​Luis.

«Carajo»

​Me quedé helada. No lo había visto desde la ruptura definitiva, antes de mi viaje a Seattle. Se veía igual que siempre: peinado impecable, sonrisa de medio lado que alguna vez me pareció encantadora y ahora me parecía la mueca de un depredador.

​—¿Qué haces aquí, Luis? —pregunté, tratando de que no me temblara la voz. Me solté de su agarre y di un paso atrás, protegiendo instintivamente mi estómago con las bolsas de papel.

​—Vine a arreglar las cosas, Caro. Sé que la cagué con tu prima. Fue un error. Pero tú y yo... somos historia. No puedes tirar tres años a la basura por un desliz. —Dio un paso hacia mí, acorralándome contra la puerta—. Además, te he extrañado. Te ves más... rellena. Me gusta.

​Su mirada bajó. Y entonces lo vio. La tela de mi vestido barato se tensó contra el bulto innegable de mi vientre. No era grasa. Era vida. Sus ojos se abrieron con sorpresa, y luego, con una posesividad oscura y retorcida.

​—¿Estás embarazada? —susurró. Una sonrisa triunfal se dibujó en sus labios—. ¡Lo sabía! Por eso estabas tan rara. Es mío, ¿verdad? Por supuesto que es mío. Vamos a ser una familia, Caro. Esto lo cambia todo.

​Intentó abrazarme, pero el terror me dio fuerzas. Lo empujé con violencia, dejando caer las compras. Un frasco de salsa de tomate se rompió, manchando el suelo de rojo como una premonición.

​—No me toques —siseé—. Y no, Luis. No es tuyo.

​El silencio que siguió fue más aterrador que sus gritos. Su sonrisa se desvaneció, reemplazada por una frialdad reptiliana. De verdad sentí el miedo recorrer mi espina dorsal.

​—¿Qué dijiste?

​—Dije que no es tuyo. Hace meses que no nos acostamos. Haz las cuentas.

​Su rostro se transformó. La máscara de "novio arrepentido" cayó y dejó ver al monstruo narcisista que había debajo. Me agarró del brazo con fuerza, clavándome los dedos.

​—¡Eres una zorra! —gritó, y su voz retumbó en el pasillo vacío—. ¿De quién es? ¿Eh? ¿De ese imbécil del retiro? ¿El que canta esas canciones de mierda en la radio?

​—Suéltame, me lastimas —grité, forcejeando.

​—¡Mírate! —Me sacudió, escupiéndome las palabras en la cara—. ¿Crees que él va a volver por ti? ¿Una gorda insignificante de East L.A.? Eres patética, Carolina. Nadie te va a querer con el bastardo de otro hombre. Solo yo te aguantaba. Solo yo te daba valor.

​—¡Él vale mil veces más que tú! —le grité, y el golpe llegó antes de que pudiera procesarlo.

​Fue una bofetada con el dorso de la mano. No fue fuerte, pero fue suficiente para hacerme perder el equilibrio y caer de rodillas sobre la salsa de tomate y los cristales rotos. Me cubrí el vientre inmediatamente, encogida, esperando una patada.

​Luis se quedó de pie sobre mí, respirando agitado. Parecía disfrutar viéndome en el suelo.

—Voy a averiguar si es de él —amenazó en voz baja—. Y si lo es, voy a asegurarme de que todo el mundo sepa que la "musa" de Ares Sorrentino es una cualquiera que se acostaba con dos a la vez. Le voy a sacar hasta el último centavo a ese rockero y tú no vas a ver ni un dólar. Y si no es de él... bueno, ya me encargaré de que ese niño no nazca.

El aire se vació de mis pulmones en ese instante, mi instinto materno se puso alerta dispuesta a todo por defender a mi bebé.

​Se dio la vuelta y pateó una de mis bolsas antes de irse.

—Esto no se acabó, Carolina. Voy a volver. Y más te vale que tengas una respuesta que me guste.

​Me quedé en el suelo, temblando, manchada de rojo, llorando no por el dolor de la mejilla, sino por el terror absoluto de saber que mi hijo y yo estábamos en peligro.

En ese momento no sabía cómo, sólo sabía que tenía que proteger a mi pequeño, tal vez regresaría a México, dada mi lastimosa situación económica era lo más probable.

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