Capítulo 3 3. Una vida
Martha
4 meses antes
Salgo apurada de la ducha para preparar el desayuno, mi esposo sigue dormido un rato más, bajo las escaleras apuradas y comienzo a sacar del refri lo necesario para el desayuno de mis caballeros. Lo primero que hice fue poner una cafetera hasta el tope de café, piqué fruta, batí unos huevos y tosté unos panes, envase cereal y leche para Diego y luego busqué el cortador en forma de animales que tengo, metí unos palillos para atrapar la comida y envase todo, vi la hora y decidí despertarlos.
—Miguel, vamos —llegue despertando a mi esposo de forma amorosa como hacía siempre —es hora de levantarse, cariño.
—Martita, no jodas tan temprano. Ya voy —su voz amortiguada en la almohada.
Me dolía como me trataba a veces, pero se lo achacaba a que estaba más dormido que despierto siempre que se acuesta tarde por trabajo pasa.
Salí de nuestro cuarto y me fui a despertar a mi príncipe, como salí de la ducha recién tenía una toalla en mi cabello y una bata esponjosa rodeando mi cuerpo de color rosa, entre en la habitación de mi pequeño y lo desperté cuidadosamente y lo metí a bañarse rápidamente, le ayudé a cepillarse los dientes, lo vestí y bajamos cuando Miguel a penas se levantaba e iba al baño.
Giré mis ojos mentalmente queriendo quejarme, pero la deje pasar y continúe mi recorrido con Dieguito hasta llegar a la cocina, le di su vasito de jugo de naranja recién exprimido y terminé mi faena con mi segunda taza de café, me fue a alistar cuando Miguel ya bajaba con su traje listo y planchado que había recogido ayer de la tintorería.
—Vas tarde, reina —dijo a modo de reprimenda y me mordí la lengua.
Tal vez si él me ayudará un poco no estaría corriendo, pero intento entender que llega cansado y quiere dormir un poco más por lo tarde que llega así que lo dejo pasar, subo y me acomodo frente al espejo, mi cabello color castaño claro con reflejos amarillos lo coloque en una cola en la base de mi nuca, me coloque unos jeans anchos y una camisa de seda color crema y tomé mi abrigo, mi cartera y bajé volando las escaleras hasta llegar a la cocina donde estaba Miguel con nuestro hijo desayunando.
—Ya me voy, osita —me besa en la mejilla, luego termina de comer su tostada.
—Nos vemos en la noche, no llegues tarde —le advertí — adiós cariño — besé a mi niño en la coronilla.
—Jamás— besó de nuevo mi mejilla, tomó su maletín y se largó.
Lo último que escuché fue la puerta de entrada y su auto arrancar y perderse a lo lejos, desperté de mi ensueño y tomé a mi bebé para llevarlo a su guardería. Luego conduje a mi trabajo en un periódico como asistente del editor, así que me toca tenerlo todo en orden y a los periodistas a raya.
—Martha, buenos días— saluda Vero una de las mejores periodistas del periódico y del mundo— ¿el jefe está de humor?
—¿Cuándo has visto a Julio de humor? —pregunté a modo de broma.
—Según mis fuentes perdió su humor en 1984 —me comentó con camaradería, nos reímos entre dientes cuando Vero se queda callado y sería.
Me giré y vi a mi jefe con cara de perro con rabia regañando con la mirada a Vero.
—¿Quién perdió su humor, señoras? — preguntó alzando una ceja para enfatizar que ya nos había escuchado.
—Tengo un esposo Julio, tu cara no me hace nada —repliqué poniéndome de pie y con una mano en la cintura —no me das miedo y hablábamos de ti — dije con media sonrisa.
—Tienes un esposo que es un idiota — soltó él, vire mis ojos.
Julio César jamás se ha llevado con mi esposo, Miguel, nunca he entendido el porque de esa aberración entre ellos.
—Sí, bueno. Eso no importa ahora —le señalé en advertencia — Vero tiene algo que decirte.
—No se paren por mí por favor — se excusa con una sonrisa pícara —amo ver a los esposos de trabajos pelear.
En el trabajo decían que Julio y yo éramos esposos de trabajos, ese hombre no encontraría su cabeza sin mí, llevaba trabajando aquí desde que salí de la universidad, eran casi 10 años con todos los altibajos del lugar, sino hubiera sido por mí Julio César jamás se hubiera metido en el mundo de las noticias online, nos adaptamos a la nueva era y aunque aún publicamos en papel nuestras ventas por suscripciones a la página son cada vez mejores.
—Déjate de bobadas, mejor dime ¿qué tienes para mí? —preguntó hastiado, aunque sabemos que no es así.
Julio tiene alrededor de 38 años, tiene el cabello rubio de ojos cafés oscuros, mide 1,80 y le gusta hacer ejercicio cuando el trabajo lo suelta y aunque tenga dos matrimonios fallidos dice que su familia está aquí, en el periódico, él todo cascarrabias como es, nos quiere y nosotros a él.
—Pasemos, está primicia pocos pueden saber — Vero voltea a verme con sus ojitos de perrito de disculpas —lo siento Martita, sabes que no lo digo por ti.
Le restó importancia con un gesto de la mano y una sonrisa, sé cómo es de competitivo el mundo del periodismo.
—Iba por café, de todas formas...
Fui a nuestra área de relajación y llegué directamente a la cafetera que está vacía.
—Chicos, en serio si se terminan el café monten otra jarra sino Julio no lo calienta ni el sol después.
—Martita, fui yo —se excusó una chica de cabellos púrpura —lo siento, ya me iba a parar hacerlo, estaba terminando mi café.
—Está bien Flor, pero que no se te olvide a la próxima —le piqué un ojo en complicidad.
Flor se relajó en segundos y siguió bebiendo café, las personas que trabajaban aquí sabían que yo no los regalaría a menos que el bienestar de la empresa se vea afectado y eso era casi nunca, quien casi siempre pierde los papeles es Julio Cesar Hill.
Les llevé una taza de café a Vero y Julio y estos me agradecieron, fui al baño luego de eso y entre a un cubículo hacer de mis necesidades, salí y estaba lavándome las manos cuando me vi en el espejo, tengo 28 años y un hermoso hijo de tres años, mi figura había cambiado un poco por su nacimiento, pero no me arrepiento de esos tres kilos de los que no me he podido deshacer, ni de las estrías que me dejó en los muslos, Diego es lo mejor que me pudo pasar siempre. Veo mis cejas gruesas y mis pestañas abundantes, mis ojos grises y mi boca no tan pulposa como otras mujeres, siempre me hacía maquillajes suaves, algunos brillos de labios sabor a durazno y un poco de máscaras de pestañas, tenía un poquito de arrugas alrededor de mis ojos mostrándome que los años no pasan en vano, toqué mis caderas un poco más anchas que hace 10 años cuando conocí a Miguel.
En ese momento llega un texto a mi celular y lo sacó de mis jeans, es lo bueno de trabajar aquí, no necesito trajes de negocios, no soy muy amigas de ellos, aunque tenga varios en mi closet, reviso quien me escribió y es Sofía mi mejor amiga, nos conocemos desde adolescentes y aún éramos muy cercanas.
Sof: ¿Lista para la noche de hoy? :)
Yo: Si, más que lista. Paso a llevarte a Diego.
Sof: Te espero.
Mi amiga era demasiado buena conmigo, aún no tenía hijos ni esposo, pero siempre estaba atenta por si nosotros necesitábamos una noche libre al mes, una vez al mes dejaba a Diego con ella para tener una cita con Miguel él y yo solos.
En unas semanas era nuestro aniversario, pero jamás nos perdíamos una cita, pasará lo que pasará. Salí de mi trabajo como una bala a buscar a Diego Manuel, luego fui a la casa de mi amiga.
Sofía vivía en un complejo cerrado igual que yo, pero lejos de mi casa, esa casa le gustó mucho y yo la ayudé con el papeleo, me estacione frente a la pequeña casa de dos plantas y baje a Dieguito, amaba a mi amiga y le decía tía.
—Hola, Sof— saludé cuando me recibió.
Nos abrazamos y pasé a su casa, iba temprano a mi cita así que me tomé un café antes de irme a alistar para la cita que tenía con mi esposo.
Estar en casa de Sofía era revitalizante, mi mejor amiga y yo siempre hemos sido inseparables desde la universidad y siempre venía cuando necesitaba estar lejos de las responsabilidades, a veces necesitaba mi espacio y este era uno de mis santuarios cuando eso pasaba, ser mamá, esposa, empleada y mujer era sumamente difícil y a veces se nos hace cuesta arriba.
—¿Qué tienen pensado para hoy? —me pregunta Sofía, sacándome de mi ensoñación
—Me tocó planear a mí esta vez, así que iremos a cenar y luego al cine en el restaurante chino nuevo de la ciudad— le comenté y sonríe sin mostrar sus dientes.
—Cuando tenga un esposo quiero que sea como Miguel —respondió soñadora, cambiando de tema.
—Claro que lo vas a conseguir, nena- me expresé positivamente.
Mi amiga Sofía es hermosa, de caderas anchas y ropa más ajustada que la mía, abdomen plano por el gimnasio, era de piel morena y cabello liso color rojizo de ojos oscuros, era muy atractiva, pero con una suerte fatalista en el amor.
