Capítulo 4 La jaula de oro
Isabella observó a Alexander, intentando comprender por qué un mensaje había conseguido borrar toda la arrogancia de su rostro. Aquel hombre parecía no temerle a nada, pero ahora sus ojos reflejaban una furia que le heló la sangre.
—¿Qué está pasando? —preguntó ella.
Alexander guardó el teléfono y se dirigió hacia la puerta.
—A partir de este momento, no te separarás de mis hombres.
—¿Perdona? ¿Quién te crees que eres para decidir sobre mi vida?
Él se detuvo y la miró por encima del hombro.
—El único hombre que puede evitar que termines muerta esta noche.
—¡No necesito que me salves!
Alexander soltó una risa sin humor.
—Eso dicen todos antes de descubrir que el mundo no es tan bonito como imaginaban.
Isabella apretó los puños. Odiaba su arrogancia, su manera de dar órdenes y, sobre todo, el hecho de que una parte de ella se sintiera inexplicablemente atraída por aquel hombre.
—Quiero llamar a mi familia —exigió.
La expresión de Alexander cambió.
—¿A tu familia?
—Sí. Mi madre debe estar preocupada.
Durante unos segundos, él permaneció inmóvil. Después, sacó su teléfono y realizó una llamada breve, hablando en italiano. Isabella no comprendió las palabras, pero reconoció su tono amenazante.
Cuando terminó, Alexander volvió a mirarla.
—Nadie debe saber dónde estás. Por tu seguridad, tampoco puedes llamar a tu familia todavía.
—¡No puedes encerrarme aquí!
Isabella intentó pasar junto a él, pero Alexander le bloqueó el camino sin tocarla.
—No voy a hacerte daño —dijo, esta vez con una seriedad inesperada—. Pero hay personas que sí lo harán para llegar hasta mí.
Ella sostuvo su mirada, buscando alguna señal de mentira.
—¿Por qué yo? Apenas me conoces.
Alexander bajó los ojos hacia sus labios durante un instante antes de responder.
—Porque cometí el error de permitir que me vieran contigo.
—Entonces déjame ir y tu problema desaparecerá.
Él se acercó lentamente. Isabella pudo percibir el aroma de su perfume y la tensión que parecía envolverlo.
—Ojalá fuera tan sencillo.
Un golpe en la puerta interrumpió el silencio. Entró un hombre alto, vestido de negro, con una expresión preocupada.
—Señor Black, encontramos algo.
Alexander se apartó de Isabella.
—Habla.
El hombre colocó una fotografía sobre la mesa.
Isabella sintió que el mundo desaparecía bajo sus pies.
En la imagen aparecía su madre, entrando en su casa.
Al dorso, alguien había escrito una frase con tinta roja:
«Entréganos a la chica o ella morirá primero».
Alexander levantó la mirada hacia Isabella.
Y, por primera vez, ella comprendió que escapar ya no era suficiente.
