Capítulo 6 La promesa del monstruo

—¡Encuéntrala, Alexander! ¡Por favor, encuentra a mi madre!

La voz de Isabella se quebró mientras las lágrimas recorrían sus mejillas. Sentía que el mundo entero se derrumbaba a su alrededor. Su madre era la única familia que le quedaba, la persona que había sacrificado todo para criarla y protegerla.

Y ahora había desaparecido por culpa de un hombre al que apenas conocía.

Alexander observó su rostro durante unos segundos. Estaba acostumbrado a ver hombres suplicando por sus vidas, enemigos arrodillados ante él y traidores temblando cuando escuchaban su nombre. Sin embargo, aquella muchacha estaba consiguiendo despertar sentimientos que llevaba años intentando enterrar.

—Mírame, Isabella.

Ella negó con la cabeza.

—¡No quiero mirarte! ¡Quiero a mi madre!

Alexander apretó los puños. No estaba acostumbrado a que alguien le gritara, mucho menos a sentirse impotente ante el sufrimiento de otra persona.

Se acercó lentamente y, esta vez, no intentó darle órdenes.

—Voy a encontrarla. Te doy mi palabra.

Isabella levantó el rostro, mostrando unos ojos enrojecidos.

—¿Y por qué debería creerte?

La pregunta le dolió más de lo que esperaba.

—Porque, aunque no tengas motivos para confiar en mí, no voy a permitir que te hagan daño.

—Tú no puedes prometerme eso.

—Puedo prometerte que cualquiera que intente tocarte tendrá que enfrentarse conmigo.

Su voz sonó tan fría que Isabella sintió un escalofrío.

Por primera vez comprendió que Alexander Black no era un hombre que amenazaba para impresionar. Era un hombre que cumplía sus amenazas.

Y eso la aterrorizaba.


Alexander entró en su despacho acompañado de tres de sus hombres de mayor confianza.

—Quiero todas las cámaras de seguridad de la zona —ordenó—. Revisen las carreteras, los aeropuertos y las salidas de la ciudad. Nadie entra ni sale sin que yo lo sepa.

—¿Y si los responsables pertenecen a la familia Moretti? —preguntó uno de ellos.

El nombre provocó que Alexander levantara lentamente la mirada.

—Entonces será una declaración de guerra.

Marco, su mano derecha, intercambió una mirada preocupada con los demás.

—Alexander, si los Moretti están involucrados, esto podría ser más grande de lo que pensamos.

—No me importa.

—Debería importarte. Hace cinco años juraste que nunca volverías a enfrentarte a ellos.

Alexander se levantó de su silla.

—Hace cinco años no habían secuestrado a la madre de una mujer inocente.

Marco guardó silencio.

Conocía a Alexander desde hacía más de una década. Había presenciado su ascenso al poder, sus pérdidas y la transformación de aquel joven que alguna vez había creído que podía confiar en alguien.

Después de la traición que casi le costó la vida, Alexander había aprendido a no amar, no confiar y no perdonar.

Por eso, verlo arriesgar su imperio por una desconocida le parecía una locura.

—¿Qué tiene esa chica que te hace actuar así? —preguntó finalmente.

Alexander se quedó inmóvil.

No tenía una respuesta.

Y eso lo enfurecía más que cualquier enemigo.

—Encuentra a su madre, Marco.

—¿Y si descubres que Isabella está relacionada con lo que ocurrió hace cinco años?

Alexander lo miró con una expresión peligrosa.

—Entonces descubriré la verdad. Pero nadie la tocará hasta que yo sepa qué está pasando.


Isabella permanecía sentada en el borde de una enorme cama, mirando la fotografía de su madre que había conseguido conservar.

La habitación era preciosa. Tenía muebles elegantes, cortinas de seda y un balcón que daba a los jardines de la mansión.

Pero para ella no era más que una prisión disfrazada de lujo.

Se levantó y caminó hacia la puerta. Cuando intentó abrirla, descubrió que estaba cerrada con llave.

—¡Alexander! —gritó, golpeando la madera—. ¡Abre esta maldita puerta!

Nadie respondió.

La rabia comenzó a mezclarse con el miedo.

No podía quedarse allí esperando.

Se dirigió al balcón y observó la distancia hasta el jardín. Era demasiado alto para saltar, pero las escaleras de emergencia que había visto desde la ventana de la planta inferior parecían conducir hasta aquella zona.

Sin pensarlo demasiado, salió al balcón y comenzó a buscar una manera de descender.

—¿Se puede saber qué demonios estás haciendo?

La voz de Alexander la sobresaltó.

Isabella se giró bruscamente.

Él estaba en la puerta del balcón, con las mangas de la camisa remangadas y una expresión que mezclaba furia y preocupación.

—Intentando salir de tu maldita prisión.

Alexander se acercó.

—¿Estás loca? Podrías haberte caído.

—¡Prefiero arriesgarme a caer antes que quedarme encerrada aquí!

Él la observó en silencio.

—No te encerré para castigarte.

—¿Entonces por qué cerraste la puerta?

Alexander tardó unos segundos en responder.

—Porque no sé qué haría si algo te sucediera.

Isabella sintió que el corazón le daba un vuelco.

Aquellas palabras no encajaban con el hombre frío que había conocido.

—No tienes derecho a decidir por mí —susurró.

Alexander bajó la mirada.

—Lo sé.

La respuesta la desconcertó.

Él respiró profundamente y sacó una llave del bolsillo.

—No volveré a encerrarte. Pero necesito que entiendas que el peligro es real.

Abrió la puerta y se apartó para dejarla pasar.

Isabella lo miró con desconfianza.

—¿Así de fácil?

—No confundas esto con una victoria, pequeña. Si sales de esta casa, mis hombres tendrán que acompañarte hasta que encontremos a tu madre.

—No soy una de tus posesiones.

Alexander sostuvo su mirada.

—No. Y precisamente por eso estoy intentando aprender a protegerte sin convertirte en una prisionera.

Por primera vez desde que lo conocía, Isabella no supo qué responder.


Esa misma noche, mientras Alexander revisaba los informes de sus hombres, recibió un mensaje de un número desconocido.

Contenía una fotografía.

Su rostro perdió el color al reconocer el lugar donde había sido tomada.

Era una vieja casa abandonada a las afueras de la ciudad. El mismo lugar donde su hermano menor había muerto cinco años atrás.

Debajo de la imagen aparecía una frase:

«El pasado siempre regresa, Alexander. Esta vez, la hija pagará por los pecados del padre».

Alexander sintió que una furia devastadora se apoderaba de él.

Aquello no era una simple amenaza.

Era un mensaje de alguien que conocía su pasado y sabía exactamente dónde golpearlo.

Su teléfono volvió a vibrar.

Esta vez recibió una nota de voz.

La reprodujo inmediatamente.

—Alexander... si quieres volver a verla con vida, trae a Isabella a la casa abandonada mañana a medianoche. Ven solo. Si traes a tus hombres, su madre morirá.

Después se escuchó un sollozo.

Era la madre de Isabella.

Alexander cerró los ojos durante un instante.

Había encontrado el rastro que necesitaba, pero el precio podía ser demasiado alto.

Si obedecía, podría estar caminando directamente hacia una emboscada.

Si no lo hacía, la madre de Isabella pagaría las consecuencias.

Guardó el teléfono y salió del despacho.

Encontró a Isabella en el salón, abrazada a un cojín mientras miraba una fotografía familiar.

Cuando ella lo vio, se levantó inmediatamente.

—¿Tienes noticias?

Alexander dudó.

No quería mentirle, pero tampoco podía permitir que se lanzara de cabeza a una situación que desconocía.

—Sí —respondió finalmente—. Sé dónde pueden tenerla.

Los ojos de Isabella se llenaron de esperanza.

—Entonces vamos por ella.

Alexander se acercó y tomó sus manos entre las suyas.

—Escúchame con atención. Pase lo que pase mañana, necesito que confíes en mí.

—¿Por qué? ¿Qué estás ocultándome?

Él le acarició suavemente los nudillos antes de soltarlos.

—Porque hay cosas de mi pasado que podrían cambiar la manera en que me ves.

Isabella sostuvo su mirada.

—Ya sé que eres peligroso, Alexander. Lo que todavía no sé es si también eres capaz de hacer algo bueno.

Aquellas palabras lo golpearon más profundamente de lo que ella imaginaba.

Alexander había construido su vida intentando convertirse en un hombre al que nadie pudiera destruir.

Pero Isabella estaba consiguiendo algo mucho más peligroso.

Estaba acercándose al único lugar donde todavía podía hacerle daño.

Su corazón.

Y mientras ella subía las escaleras sin imaginar lo que les esperaba al día siguiente, Alexander tomó una decisión que podría costarle todo lo que había construido.

Salvaría a su madre.

Protegería a Isabella.

Aunque para hacerlo tuviera que regresar al infierno del que había escapado cinco años atrás.

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