Capítulo 1 La venganza de seda y cenizas.

El sonido seco del golpe contra la mejilla de Aurora, rompió el silencio de la habitación, un eco que parecía anunciar la tragedia que estaba por venir. Aurora se preparaba para la fiesta de esa noche, un evento organizado por su padre para demostrar una opulencia que hacía tiempo se había desvanecido, celebrando el cumpleaños del patriarca de la familia Medici. Pero en el tocador, la paz no era más que un recuerdo lejano.

—¡Eres una zorra! — gritó Aria, su hermana mayor, con el rostro desencajado por una furia histérica. — ¿Cómo te atreves a coquetear con Jasper? ¡Vamos a casarnos! Mira el anillo en mi dedo. Todo el tiempo estás intentando tomar lo que me pertenece, Aurora. Por eso es que nadie te quiere. —

Aurora, aturdida, se llevó la mano a la mejilla enrojecida. La marca de los dedos de su hermana comenzaba a arder sobre su piel pálida, contrastando con el maquillaje que ahora lucía arruinado. Se levantó lentamente de la silla, con una tranquilidad que enfureció aún más a Aria. Aurora le dedicó una mirada fría, con una sonrisa de ironía dibujándose en sus labios.

La acusación era absurda. Aurora jamás habría perdido el tiempo con un hombre tan insípido como Jasper Claude. A diferencia de Aria, que vivía obsesionada con la posición, el estatus, y en ser mejor que nadie, Aurora no tenía interés en hombres que ya tenían dueña. Sin embargo, sabía que el león siempre piensa que todos son de su misma condición. Aria, incapaz de entender una moralidad diferente a la suya, proyectaba su propia inseguridad sobre ella. No habían cruzado ni una palabra, pero la verdad no importaba; Aria siempre encontraba una sádica satisfacción en verla sufrir, en correr ante su padre con historias inventadas.

Aurora decidió pasar de largo, ignorando la estela de veneno que dejaba su hermana. Sin embargo, no pudo llegar a la puerta. Aria, cegada por el despecho, la tomó violentamente del brazo y, con un movimiento rápido y cruel, le propinó otra bofetada.

—¿A dónde crees que vas, maldita zorra? — siseó Aria, con una sonrisa retorcida que no llegaba a sus ojos. — No creas que puedes irte tan fácilmente. Tú has puesto tus ojos en mi hombre, y no voy a dejarlo pasar. —

Aurora sintió cómo el último hilo de su paciencia se rompía. Ya no era la niña que aceptaba el abuso en silencio. Con un movimiento seco, se zafó del agarre de Aria y, en un acto de defensa que dejó a la mayor paralizada, le devolvió la bofetada con mayor fuerza, haciendo que su acusadora se tambaleara antes de caer al suelo. Aria, sorprendida por la reacción inesperada, comenzó a llorar histéricamente, un sonido agudo y falso que resonó en las paredes de la mansión.

—Escúchame bien, Aria. — dijo Aurora, su voz firme y gélida. — No me interesa Jasper. Ese hombre es débil, insípido y, francamente, patético. No me gusta nada de él. Deja de inventar fantasías donde tú eres la víctima, porque la única que está haciendo el ridículo aquí eres tú. —

Antes de que Aria pudiera responder, la puerta se abrió de golpe. Caster Medici, el padre de ambas, entró con el rostro desencajado por la rabia. Era un hombre de gran apellido, pero de bolsillos vacíos, cuya única fortuna residía en las apariencias.

Sin siquiera preguntar qué había sucedido, Caster caminó hacia Aurora y le propinó un golpe que la hizo tambalearse contra el tocador.

—¡Cómo te atreves a levantarle la mano a tu hermana! — bramó él.

Aurora se tocó el labio partido, sintiendo el sabor metálico de la sangre. Caster se acercó a ella, invadiendo su espacio personal con un desprecio absoluto.

—No olvides nunca cuál es tu lugar. — le susurró Caster, con una crueldad que helaba la sangre. — Eres solo una recogida. La hija de una sirvienta a la que preñé por descuido. Tu madre murió al darte a luz, y si te mantengo bajo este techo, es solo porque mi difunta esposa me obligó a responder por ti. Eres un error, Aurora. Todo lo que dice Aria es verdad, simplemente porque tú no mereces el beneficio de la duda. —

Caster tomó a Aria del brazo y, con una mirada cargada de asco hacia la menor de sus hijas, salieron de la habitación, dejando a Aurora sumida en un silencio sepulcral.

Aurora se quedó allí, inmóvil. El rencor, frío y afilado, comenzó a recorrer sus venas como veneno. Durante años había intentado ser buena, ser digna, ser invisible. ¿Y de qué le había servido? La llamaban zorra, la trataban como una basura, la culpaban de sus propias frustraciones.

—Ya no más… — murmuró.

Una chispa de desafío encendió su mirada. Si ellos estaban decididos a verla como lo peor, entonces les daría lo que querían.

—Si eso es lo que dicen, entonces seré eso. —susurró para sí misma, con una sonrisa peligrosa. — Esta noche, seré la zorra que tanto temen. —

Una resolución firme se formó en su mente: antes de que la fiesta terminara, se acostaría con el último hombre que entrara en la mansión. No importaba quién fuera, no importaba el estatus, solo necesitaba reclamar su cuerpo y su vida lejos de la asfixiante moralidad falsa de los Medici.

Se metió en el baño, dejando que el agua fría calmara su piel ardiente. Al salir, eligió el vestido más seductor que tenía: una pieza de seda roja que se ceñía a su cuerpo como una segunda piel, dejando al descubierto sus hombros y marcando su silueta. Se miró al espejo. Su cabello rubio claro caía en ondas perfectas, y sus ojos azules, maquillados intensamente con negro, lucían más afilados, más salvajes. Se roció con un perfume embriagador y salió de su habitación, lista para la cacería.

Horas después, el salón de baile estaba abarrotado. La música clásica flotaba en el aire, mezclada con el murmullo de los invitados de su padre; oportunistas que aún creían en la influencia de los Medici. Aurora, con una copa de champaña en la mano, se mantuvo en la sombra, observando el despliegue de hipocresía.

Escuchó a su padre alardear, con esa voz engreída que tanto detestaba.

—¡Es un honor! —exclamaba Caster a un grupo de socios. — Mi sobrino lejano, Oliver Grayson, estará con nosotros. No lo veo desde que era un chiquillo, pero es el único heredero de la familia Grayson. Los millonarios más influyentes de Italia. Soy su único pariente vivo, su mayor apoyo. —

Aurora se rio por lo bajo sabiendo bien que aquello último era una mentira, pues el lejano primo Grayson (si es que se le podía llamar así porque el vínculo de sangre era tan lejano que no podían decir que eran realmente parientes) ni una sola vez había visitado a su padre, y él tampoco lo había visitado a él aun después del accidente en donde murieron los padres de aquel hombre.

Los invitados comenzaron a susurrar, fascinados por el nombre. Los rumores sobre el tal Oliver Grayson eran legendarios: se decía que era un hombre serio, frío, un ermitaño. Pero lo más jugoso eran las historias sobre su apariencia.

—Dicen que nadie ha visto su rostro desde el fatal accidente de sus padres. —murmuró una mujer cerca de Aurora. — Cuentan que quedó deforme, horrible...una criatura de la noche que se esconde tras una máscara. Por eso nadie lo invita a ningún lado. —

Aurora soltó una risa seca, llevándose la copa a los labios. Qué patético, pensó. ¿Un hombre horrible y amargado aceptaría la invitación de un hombre como Caster, que solo busca aprovecharse de su fortuna? Si ese Grayson era tan poderoso como decían, se mantendría lejos del derroche barato de su padre. Aurora se bebió el contenido de la copa de un trago y pidió otra al camarero. Bailó con extraños, sintiendo las miradas de desaprobación de su padre, lo cual solo alimentaba su diversión.

Sin embargo, su atención permanecía anclada en la puerta. Estaba esperando.

Casi al final de la velada, cuando la fiesta perdía su energía, las puertas dobles del salón principal se abrieron. El aire en la habitación pareció cambiar. Un hombre entró en el salón; no había duda de que era él, el último en llegar.

No era un monstruo. Era un hombre de una elegancia sobrecogedora, vestido con un traje negro de diseñador que parecía hecho a medida para su cuerpo imponente. Su presencia era magnética, oscura y poderosa. Tenía facciones afiladas, cabello negro, una mandíbula tallada en piedra y unos ojos verdes que escaneaban el salón con un desinterés soberano. Era, sin duda, el hombre más apuesto que Aurora había visto en su vida.

El calor del alcohol en sus venas y el deseo de rebelión, hicieron que Aurora tomara una decisión inmediata. Se alisó el vestido rojo, sintiendo la mirada de varios hombres sobre ella, pero ignorándolos a todos. Caminó hacia el recién llegado con paso firme, sintiéndose dueña de su destino.

Él estaba de pie cerca de una columna, ajeno a la multitud. Aurora se acercó, invadiendo su espacio personal, y con un movimiento de cadera, se detuvo justo frente a él. Él bajó la mirada, sorprendido por la audacia de la joven.

—¿Bailas? —preguntó ella, con voz dulce y seductora, sin esperar respuesta.

El hombre, desconcertado por la insolencia de aquella joven de ojos azules intensos y labios pintados de rojo pasión, arqueó una ceja. No había visto a nadie tan atrevido en años. Sin decir una palabra, la tomó de la cintura con una mano firme y la guio lejos de la mirada de los invitados, hacia un pasillo que conducía a las habitaciones de la mansión.

La tensión entre ellos era eléctrica, casi física. Apenas entraron en la primera habitación, las puertas se cerraron detrás de ellos. No hubo palabras de cortesía, ni nombres, ni presentaciones. Había una urgencia salvaje, una sed de olvido que ambos compartían, o, que al menos, eso parecía.

Él la besó con una intensidad que le robó el aliento, y Aurora se perdió en el calor de su piel, en el aroma a sándalo y poder que lo rodeaba.

—No pareces una mujer como las otras, ¿Cómo te llamas? — le cuestionó aquel extraño.

—¿Mi nombre importa?, ¿Por qué querrías saber la identidad de una zorra que ha llegado a ti esta noche buscando provocarte? Soy Aurora Medici, asegúrate de recordarlo. — Aurora cuestionó y respondió.

Aquel hombre sonrió de medio lado, y apretando a Aurora contra su cuerpo, sintió el aliento de ella antes de besarla, y luego, separándose un poco, la miró a los ojos.

—No creo que seas una zorra, Aurora…no sabes besar como una, y tus manos son torpes al acariciar mi cuerpo…— musitó aquel hombre, derribando a Aurora sobre la cama frente a ellos.

Aurora sintió el peso de aquel hombre sobre ella, y aunque por dentro sintió el temor de lo que estaba a punto de hacer, no permitió que sus miedos le impidieran ser lo que ella dijo que seria esa noche como un acto de desafío para su cruel padre.

—Te demostraré que lo soy. — respondió ella.

Todo lo que había sufrido esa mañana, el rechazo de su padre, la humillación de su hermana, todo se disolvió en el frenesí de aquella noche.

Aurora besó los labios del apuesto extraño, con una pasión desbordada y desconocida, sabiendo bien que se estaba entregando a un desconocido. Su cuerpo vibrante de deseo, palpitó en su zona mas intima, haciéndole desear sentir lo que aquel hombre tenía para darle. La humedad de su virginal feminidad, pronto mojo aquella cama, y aquel hombre, deseoso por aquella mujer, arrancó sus bragas en un solo movimiento junto a aquel seductor vestido rojo, para luego exponerse ante ella.

—Entonces te voy a tratar como lo que piensas que eres. — musitó el extraño de ojos verdes, comenzando a comer de los senos de Aurora con desesperación.

Aurora, sorprendida por aquellas sensaciones jamás antes experimentadas, sintió como su cuerpo entero respondía a aquel hombre, y notando la magnitud de aquella virilidad, un rastro de temor se asomó en su rostro. Pero, aun así, deseo seguir…quería dejar de ser una mártir de su familia, para ser quien realmente los avergonzaba.

Mirándose a los ojos, Aurora y el extraño siguieron su faena, y cuando la virilidad de el atravesó la virginidad de ella, un leve quejido escapó de los labios de la joven Medici, y el hermoso extraño, sorprendido al comprender que acaba a de tomar su virginidad, se quedó quieto.

—Por favor…sigue…esta noche quiero ser tuya. — suplicó Aurora acariciando el rostro de aquel extraño.

—Entonces…desde esta noche, eres y vas a ser mía…solo mía, Aurora. — respondió él.

Se entregaron el uno al otro en una danza de piel y deseo que se prolongó hasta el amanecer.

Al día siguiente, la luz del sol se filtró por las cortinas entreabiertas, despertando a Aurora. Se estiró en la cama, sintiendo una molestia física que le trajo recuerdos vívidos de la noche anterior. Se giró hacia el lado de la cama, pero estaba vacío. Él ya se había ido.

Aurora se sentó, envolviéndose en las sábanas, y una carcajada escapó de sus labios. Había perdido su virginidad con un desconocido, un hombre del que ni siquiera sabía su nombre, en la casa de su padre, bajo las narices de todos los que la despreciaban. Era el acto de rebeldía más dulce y perverso que jamás había cometido.

Se sintió liberada, como si hubiera roto un sello invisible que la mantenía atada a su miseria. Se rio de la ironía: su padre buscaba desesperadamente al poderoso heredero Grayson para salvar su fortuna, y mientras todos especulaban sobre si el hombre era un monstruo deforme, ella había pasado la noche explorando la perfección absoluta de su cuerpo de un extraño.

Lo que Aurora no sabía, mientras se levantaba de la cama con una sonrisa triunfal, era que ese "desconocido" no era un simple invitado. No tenía idea de que el hombre con el que había compartido una noche de pasión, el hombre al que había seducido en un arrebato de venganza, era precisamente Oliver Grayson, el hombre que su padre temía y veneraba. Y, mucho menos, podía imaginar que ese encuentro había encendido una mecha que cambiaría el destino de los Medici para siempre.

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