Capítulo 2 El precio de la sangre y el deseo.
El sol apenas se filtraba por los ventanales de suelo a techo en el ático privado de Oliver Grayson, un santuario de acero, cristal y soledad que dominaba la ciudad como si fuera su propio tablero de ajedrez desde aquella lujosa mansión recién comprada.
Oliver, de pie frente al panorama urbano, sostenía el teléfono contra su oreja, con el semblante tan gélido como la arquitectura que lo rodeaba. Al otro lado de la línea, Marcus, su hombre de confianza y mano derecha, escuchaba con la reverencia de quien conoce el peso de las decisiones de su jefe.
—La invitación era real, Marcus. — dijo Oliver, con su voz resonando grave y aterciopelada en la estancia. — Caster Medici está desesperado. Nuestras investigaciones no se equivocaban: está en la ruina técnica, aunque el mundo aún no lo sabe. Se aferra a la fachada de su apellido que fue el de mi madre, como si fuera su única tabla de salvación. Me invitó a esa fiesta con la esperanza de acercarse a mí, de encontrar un hueco por donde infiltrarse en mi fortuna y reflotar sus propios fracasos. —
—¿Pudo hablar con él, señor? —preguntó Marcus, con cautela. — ¿Confirmó su sospecha de que intentará manipularlo? —
Oliver esbozó una sonrisa que no llegó a los ojos de su asistente. Una imagen cruzó su mente, una visión de cabellos rubios y ojos azules que desafiaban la oscuridad de la mansión.
—No fue necesario. Antes de llegar a él, el destino...o algo más, se cruzó en mi camino. Conocí a Aurora, la hija menor de Caster. Pasé la noche con ella, Marcus. Y te diré algo más: no estoy dispuesto a dejarla ir. Es una mujer fascinante, distinta a todo lo que he visto en ese clan de víboras. Además, ella es la llave. Es quien me ayudará a descifrar la verdadera naturaleza de Caster, a quien apenas reconozco como un tío demasiado lejano, un eslabón perdido en un árbol genealógico que preferiría ignorar. Quiero que vengas aquí, me quedaré a vivir en esta ciudad, deja la mansión principal, pues necesito que hagas algo por mí. —
Oliver colgó el teléfono, dejando a Marcus con órdenes implícitas. El silencio regresó al ático, pero esta vez, Oliver no estaba solo. Sus recuerdos lo asaltaron. Cerró los ojos y, por un instante, la opulencia del presente se desvaneció, reemplazada por el chirrido de neumáticos y el crujido del metal retorciéndose en aquel accidente años atrás. La muerte de sus padres, el olor a gasolina, el fuego, y la agonía física que casi le cuesta la propia vida.
Apretó los puños, tensando los músculos de sus antebrazos hasta que los nudillos se tornaron blancos. Si los tres hubieran muerto aquella noche, Caster Medici, el único pariente vivo, habría heredado el imperio Grayson. Habría sido el rey sobre las cenizas de su familia. Pero Oliver sobrevivió. Sobrevivió para cargar con el dolor, para aislarse en un mundo de sombras, para someterse a terapias interminables que soldaron sus huesos, pero dejaron cicatrices invisibles en su alma.
Ignorando el dolor pasado, recordó la piel de Aurora bajo sus dedos. Era suave, virginal, desolada. Había algo en su entrega, una mezcla de dolor y desafío, que lo había cautivado. No estaba cortada con la misma madera podrida de su padre o de su hermana Aria. Había una llama de honestidad en su mirada que, a pesar de su reputación, le resultaba extrañamente pura.
Con un movimiento decidido, Oliver abrió una caja fuerte oculta en la pared. Extrajo un maletín de cuero fino que ya estaba preparado. Estaba lleno de dólares, una cantidad obscena que bastaría para comprar la voluntad de la mayoría de los hombres. Sonrió para sí mismo, una sonrisa que prometía caos y redención. Caminó hacia el ascensor privado y, minutos después, estaba subiendo a su elegante y costoso automóvil negro.
—A la mansión Medici. — ordenó a su chofer. — Tengo un asunto que resolver. —
Mientras tanto, en la mansión Medici, el ambiente era pesado, cargado de la tensión habitual. Aurora se encontraba bajo la ducha, dejando que el agua caliente golpeara sus hombros, tratando de limpiar no solo el cansancio, sino la sensación de haberse desprendido de una carga. Se miró en el espejo empañado, trazando una sonrisa en el cristal.
“Ya no pueden venderme”, pensaba, una sensación de libertad embriagadora invadiendo su pecho. Se consideraba "arruinada". En su mente, al haber perdido su virginidad con un extraño, ya no era la pieza de mercancía virgen que su padre planeaba ofrecer al mejor postor, tal como había hecho con su hermana y ese heredero londinense, Jasper. Se sentía, extrañamente, dueña de sí misma por primera vez. No sabía que esa libertad era una ilusión frágil, y que el hombre con el que se había entregado estaba a punto de mover sus fichas.
En la planta baja, el mayordomo de la familia entró en el estudio de Caster Medici, quien revisaba unos documentos financieros con el ceño fruncido, preocupado por sus cuentas cada vez más en rojo.
—Señor Medici. —anunció el sirviente con voz grave. — hay alguien aquí. Un enviado de Oliver Grayson solicita una audiencia inmediata con usted. —
Caster se levantó de un salto, con sus ojos brillando con una codicia apenas contenida. Se arregló la chaqueta, fingiendo una compostura que no sentía.
—¡Que pase! —exclamó, tratando de ocultar su ansiedad. — Lamento profundamente que mi querido sobrino no haya tenido la cortesía de iluminarme con su majestuosa presencia en la fiesta, pero supongo que su condición lo habrá mantenido ocupado. —
El sirviente de Oliver, un hombre alto y de semblante imperturbable, entró en la habitación. No se inmutó ante la arrogancia de Caster.
—El señor Grayson asistió a su fiesta, Caster. —dijo el hombre con frialdad. — Pero prefirió mantenerse en las sombras. No buscaba atención, buscaba algo más. —
Caster se aclaró la garganta, sintiéndose un poco intimidado por el tono del visitante.
—¿Y qué buscaba? — cuestionó el viejo y ambicioso hombre.
—Quedó cautivado. —continuó el enviado. — por la menor de sus hijas, Aurora Medici. —
Caster parpadeó, confundido por un momento.
—¿Aurora? ¿La recogida? ¿Se fijó en ella? — cuestionó con sorpresa, pues para nadie era un secreto que la menor de sus hijas era el resultado vergonzoso de un error cometido, y no esperaba que alguien realmente quisiera casarse con ella sabiendo que era la hija de una vil sirvienta.
—Digo que mi señor quedó deslumbrado. Tanto, que ha tomado una decisión. — respondió el sirviente con molestia.
Sin esperar invitación, el sirviente colocó el maletín de cuero sobre el escritorio de caoba de Caster. Con un movimiento seco, lo abrió, revelando el interior: fajos de dólares perfectamente organizados, una montaña de dinero que hizo que la respiración de Caster se detuviera.
—El señor Grayson desea casarse con su hija, Aurora Medici. —declaró el enviado. — Y como compensación por el honor de unirse a nuestra familia, le ofrece cien millones de dólares por su mano. Es una oferta única. Cien millones para asegurar su futuro. —
Caster se quedó paralizado, con los ojos clavados en el dinero. Su mente empezó a trabajar a toda velocidad. Los rumores sobre Oliver Grayson eran ciertos: un accidente atroz, una posible deformidad que lo obligaba a esconderse, un temperamento oscuro. Caster nunca había imaginado que su sobrino "deforme" realmente quisiera a una de sus hijas. Pensó en Aurora, en lo poco que le importaba, en cómo siempre había sido una espina en su costado.
—¿Cien...cien millones? — tartamudeó Caster, con la voz quebrada por la avaricia.
—Es una oferta final. —respondió el sirviente, observando al hombre con desprecio. — El señor Grayson es un hombre que no acepta negativas. Si quiere a su hija, tendrá a su hija, con o sin la bendición de usted, así que le sugiero que tome el dinero. —
Caster miró el dinero, luego miró la puerta del estudio, imaginando el futuro. Tendría el capital para salvar sus negocios, para recuperar su estatus, y, además, se libraría de esa hija rebelde que había pasado la noche de su celebración comportándose como una ramera. ¿Y qué mejor castigo para ella, por su actitud y su rebeldía, que ser entregada como esposa a un hombre deforme, un monstruo al que nadie quería ver? Sería la venganza perfecta. La vendería al mejor postor y la condenaría a una vida de aislamiento con un ser que, seguramente, sería igual de despreciable como los rumores decían.
No sintió ni una pizca de remordimiento. Aurora nunca había sido más que una carga, una obligación que su fallecida esposa le había impuesto.
—Acepto. — dijo Caster, extendiendo la mano con dedos temblorosos. — Dígale a mi sobrino que el trato está hecho. Aurora será suya. Me siento honrado de estrechar lazos con la familia Grayson. —
El sirviente estrechó la mano de Caster, en un agarre firme y frío.
—El señor Grayson no vendrá a buscarla personalmente. Enviará a alguien. —dijo el sirviente. —Prepárela. La ceremonia se llevará a cabo pronto. Usted sabe si decide o no estar presente. —
Cuando el sirviente salió del estudio, Caster se dejó caer en su silla, desbordante de triunfo. Su mente ya estaba contando los millones. Mientras tanto, en la planta alta, Aurora salía del baño, tarareando una melodía suave, completamente ajena a que, en cuestión de minutos, su destino había sido subastado por su propio padre, y que el hombre que la había poseído la noche anterior acababa de comprarla por un precio que ella misma, en su desdén, jamás habría podido calcular.
El destino de Aurora Medici estaba sellado, pero la historia de la mujer que él creía haber domado apenas comenzaba a escribirse con tinta de oro y sangre.
