Capítulo 3 Cadenas de seda y el monstruo de las sombras.

El silencio en la habitación de Aurora era denso, interrumpido únicamente por el leve susurro de las páginas al pasar, y el tictac pausado del viejo reloj de pared.

Se encontraba recostada en su cama, absorta en la lectura de Drácula, el clásico gótico de Bram Stoker, cuyas líneas de terror, seducción y cautiverio parecían, de un modo macabro, reflejar la atmósfera sofocante de la propia mansión Medici. En las páginas de aquella novela, los monstruos operaban a la luz de la noche, pero para Aurora, los verdaderos depredadores caminaban a plena luz del día bajo el apellido de su propia sangre.

Estaba tan concentrada en las descripciones de los oscuros castigos de Transilvania, que ni siquiera inmutó su postura cuando la puerta se abrió de golpe, estallando contra la pared con un estruendo seco y violento.

Caster y Aria irrumpieron en la estancia sin la menor cortesía, con el rostro desencajado por una mezcla de euforia desmedida y desprecio visceral. Aurora no levantó la vista del libro, y con una calma exasperante, deslizó un marcapáginas entre las páginas y mantuvo la mirada fija en el texto, ignorando la presencia intrusa como si se tratara de una simple corriente de aire molesta.

—Es una auténtica grosería entrar así a una habitación ajena, sin invitación ni respeto por la privacidad. — dijo Aurora con voz gélida, sin parpadear siquiera hacia ellos y manteniendo su vista en el libro en sus manos. — Pero supongo que las buenas maneras son un lujo que los Medici perdimos hace mucho tiempo. —

Aria soltó un bufido agudo, con los ojos inyectados en furia y una sonrisa sádica curvando sus labios. Cruzó la habitación a grandes zancadas, le arrebató el libro de las manos a su media hermana con un movimiento brusco, y lo arrojó con desprecio al suelo, haciendo que las páginas crujieran contra la alfombra.

—Guárdate tus lecciones de etiqueta para cuando estés rogando en la calle, Aurora. — escupió Aria con veneno. — Tenemos que hablar contigo, y será mejor que dejes de perder el tiempo con tus estúpidas lecturas y vayas preparando tus maletas de una vez por todas. —

Aurora levantó lentamente la barbilla. Miró a su hermana con una mezcla de hastío y desafío, y luego desvió los ojos hacia su padre, quien se mantenía de pie en el umbral, con los brazos cruzados y una expresión de suficiencia repugnante. Una risa corta, seca y cargada de ironía brotó de la garganta de Aurora.

—¿Qué pasa, Aria? ¿Finalmente se han decidido a echarme de esta casa de hipócritas? — preguntó Aurora, incorporándose con elegancia en la cama, luciendo un aire de soberbia que descolocó por un segundo a su hermana. — Si es así, no necesito hacer maletas. El aire de la calle ya huele mucho mejor que este lugar. —

Caster dio un paso al frente, plantándose con una firmeza autoritaria que pretendía intimidarla. Su pecho se inflaba con la arrogancia de quien se cree el dueño absoluto del mundo, aunque su imperio financiero se desmoronara a pedazos.

—No te vas a ir a la calle como una pordiosera, Aurora. — sentenció Caster, con una frialdad que helaba la sangre. — Te vas a ir a un lugar mucho mejor, porque acabo de hacer el negocio de mi vida. Cien millones. Me han ofrecido cien millones de dólares por tu mano en matrimonio, y por supuesto, he aceptado. —

Las palabras cayeron en la habitación como un bloque de hielo. Aurora sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. Parpadeó, procesando la frase una y otra vez, negándose a creer lo que sus oídos acababan de captar.

—¿Qué...qué has dicho? —balbuceó Aurora, perdiendo por un instante su fachada de acero. — ¿Me has...me has vendido? —

—Exactamente. — respondió Caster sin un ápice de remordimiento, con una sonrisa cínica dibujada en el rostro. — El trato está hecho, firmado y sellado formalmente con un apretón de manos. Así que te sugiero que te des prisa. Van a pasar por ti esta misma tarde. No quiero demoras ni escándalos. —

—¿Que recoja mis cosas? — preguntó Aurora, con la voz temblando de rabia contenida. — ¿A dónde creen que voy? ¡No pueden hacer esto! —

—Claro que podemos. — intervino Aria, riendo con crueldad mientras se cruzaba de brazos. — Y en cuanto a tus cosas, no te hagas ilusiones. No te vas a llevar nada de esta mansión. Olvídate de la ropa costosa que una vez te cedí por caridad. Para lo único que te vas a mudar es para servir de moneda de cambio. Solo puedes llevarte tu toalla de baño, tu cepillo de dientes... y el patético libro ese que tanto te gusta leer. — añadió, señalando con desprecio el volumen de Drácula tirado en el suelo.

La furia, pura y abrasadora, estalló dentro del pecho de Aurora como un géiser de lava. Se levantó de la cama de un salto, desafiando la estatura de su padre con los ojos ardiendo en llamas azules.

—¡¿Te has vuelto completamente loco, Caster?! —gritó Aurora, perdiendo todo respeto filial. — ¿Cómo te atreves a negociar con mi vida como si fuera ganado? ¡No soy una mercancía! ¿A quién diablos me has vendido? ¡Exijo saber quién es el enfermo que ha pagado por mí! —

Caster no se inmutó ante el grito; por el contrario, su sonrisa se amplió, disfrutando del sufrimiento y la impotencia de la joven.

—Desde este preciso instante, dejas de ser una Medici. —declaró Caster con soberbia. — Eres la propiedad legítima de Oliver Grayson, mi sobrino lejano. Y te aconsejo que te ahorres las rabietas, porque no puedes negarte. El trato está cerrado y el dinero ya está en mis manos. —

El nombre resonó en la mente de Aurora como un trueno lejano. Oliver Grayson. El heredero del que su padre había estado alardeando la noche anterior, el hombre envuelto en misterios y leyendas urbanas. Un terror frío comenzó a mezclarse con su ira, pero el orgullo pudo más.

—¡Pues que se quede con su dinero! — espetó Aurora, caminando con paso firme hacia la puerta. — ¡Renuncio a todo! No me importa quedar en la calle, no me importa morir de hambre como una vagabunda, ¡pero juro por Dios que no me casaré con un maldito extraño! ¡Búscate a otra para salvar tu patética ruina económica, porque yo no voy a dar un solo paso hacia esa trampa! —

Aurora intentó pasar por el lado de su padre, dispuesta a huir de la mansión en ese mismo instante, pero Caster ni siquiera se movió. Con un gesto seco de su mano, chasqueó los dedos hacia el pasillo.

De inmediato, dos de los corpulentos sirvientes de la mansión irrumpieron en la habitación, y antes de que Aurora pudiera reaccionar, la interceptaron con brutalidad. La sujetaron de los brazos con fuerza despiadada y, a pesar de sus gritos y patadas, la derribaron violentamente contra el suelo de madera. Aurora forcejeó con uñas y dientes, sintiendo las lágrimas de rabia quemándole los ojos mientras la presionaban contra la alfombra.

—¡Suéltenme! ¡Malditos bastardos, suéltenme! — chillaba Aurora, retorciéndose bajo el peso de los hombres.

Caster se acercó lentamente a ella, mirándola desde arriba con un desprecio insondable. Se inclinó un poco, apoyando las manos en las rodillas.

—Te lo advertí, Aurora. El trato está hecho. No tienes voz ni voto aquí. — le susurró Caster al oído, con una voz cargada de veneno. — Te vas a casar con él, te guste o no. Esa es mi última palabra…al final no resultaste ser completamente inútil para mí, me has valido 100 millones de dólares. —

Aria se acercó con paso elegante, agachándose ligeramente para quedar a la altura de los ojos llorosos y furiosos de su hermana menor. En su mano sostenía un bulto de tela blanca que había traído consigo.

—Por cierto, querida hermanita. — dijo Aria con una sonrisa venenosa, arrojando un vestido sobre el rostro de Aurora. — Te compré este vestido blanco de Chanel como un pequeño obsequio de despedida. Es lo único medianamente decente que te pondrás a partir de ahora, para que al menos luzcas presentable cuando el monstruo te recoja. Porque créeme que vas a necesitarlo. He escuchado los peores rumores sobre ese tal Oliver Grayson: dicen que el accidente lo dejó desfigurado, que es un hombre horrible, amargado, con el rostro completamente deforme por las quemaduras, y que su temperamento es tan oscuro como las mazmorras de un castillo. —

Aria se puso de pie, sacudiéndose imaginarias motas de polvo de su falda, y lanzó la estocada final con una crueldad infinita:

—Y para que te duela aún más: ni papá ni yo estaremos presentes en tu boda. Nadie querrá presenciar semejante espectáculo de horror. Disfruta de tu nueva vida como la esclava de un monstruo. —

Las últimas palabras de Aria rebotaron en la mente de Aurora como un eco ensordecedor. Deforme... horrible... un monstruo... esclava. El peso de la traición, el ultraje físico de los sirvientes, la humillación absoluta de ser vendida como un animal y el terror del futuro que le aguardaba colapsaron su resistencia. El mundo a su alrededor comenzó a oscurecerse, los rostros burlones de su padre y su hermana se desvanecieron en una mancha borrosa, y un silencio pesado invadió sus sentidos. El cuerpo de Aurora se relajó de golpe contra el suelo, perdiendo por completo el conocimiento.

Horas más tarde, el tiempo pareció disolverse en una bruma fría.

Aurora comenzó a recuperar la conciencia lentamente, arrastrada hacia la realidad por una sensación de extrema comodidad que contrastaba fuertemente con la dureza del suelo de su antigua habitación. Su respiración se aceleró de manera imperceptible mientras abría los ojos con pesadez.

Lo primero que notó fue la suavidad. Estaba recostada sobre una cama de proporciones gigantescas, mullida y envuelta en sábanas de seda pura que se deslizaban como agua sobre su piel. El aroma del lugar era embriagador: una mezcla sofisticada de sándalo, cedro y un toque de ámbar oscuro que le resultó extrañamente familiar.

Inmovilizada por la confusión, bajó la mirada hacia su propio cuerpo. Ya no llevaba la ropa con la que había forcejeado horas antes; en su lugar, vestía exactamente el vestido blanco de Chanel que Aria le había arrojado con desdén antes de que ella desmayara.

Un escalofrío recorrió su columna vertebral. Se incorporó de un salto, apoyando las manos sobre las sábanas de seda, y escudriñó la estancia con los ojos muy abiertos. No era una celda, ni una mazmorra sombría. Era una suite principesca de techos altos, decorada con un lujo minimalista y oscuro, donde los ventanales de cristal ahumado dejaban ver el crepúsculo de la ciudad extendiéndose a sus pies como un mar de luces doradas.

—Vaya, veo que al fin has decidido despertar de tu largo sueño, bella durmiente. —

La voz, profunda, ronca y cargada de una magnética autoridad, resonó desde un rincón apartado de la habitación, cerca de la chimenea encendida.

Aurora contuvo el aliento y giró la cabeza bruscamente hacia el origen del sonido.

Sentado en un sillón de cuero negro de respaldo alto, con una copa de cristal ámbar entre los dedos largos y firmes, se encontraba un hombre. La luz de las llamas danzaba sobre su rostro de facciones afiladas, su mandíbula perfectamente tallada y unos ojos verdes que la observaban con una intensidad devoradora.

No había deformidad alguna. No había rastro de monstruo. Era el mismo hombre con el que se había acostado en una noche de locura y rebeldía en la mansión Medici. El desconocido de la fiesta, el amante que había encendido su piel y robado su inocencia bajo el amparo de las sombras.

Y, para colmo de sorpresas, con la otra mano, el hombre sostenía casualmente el ejemplar de Drácula, el mismo que Aria le había arrebatado de las manos horas antes. Abrió el libro, hojeó una página con absoluta calma y luego levantó la vista para fijarla en ella, con una sonrisa sutil y peligrosa curvando la comisura de sus labios.

—Parece que te gusta este libro, Aurora. — dijo él, con su voz vibrando en el silencio de la habitación con una autoridad absoluta. — Las historias de prisioneros y condes oscuros te fascinan, ¿verdad? Es una lástima que ahora estés viviendo una. —

Aurora sintió que el suelo se abría bajo sus pies, con la mente zumbándole mientras un torbellino de revelaciones la golpeaba de golpe.

—Tú... — logró murmurar ella, con la voz rota por el asombro y la incredulidad, señalándolo con un dedo tembloroso. — Tú eras el invitado... el desconocido de la fiesta... —

El hombre se puso de pie con una elegancia felina, dejando la copa sobre una mesa auxiliar. Caminó lentamente hacia la cama, con su presencia imponente llenando cada rincón del espacio, haciendo que Aurora se sintiera peligrosamente pequeña a pesar de su orgullo. Se detuvo al borde del colchón, inclinándose ligeramente hacia ella con una mirada de absoluta posesión.

—Permíteme presentarme formalmente, querida Aurora. — susurró él, rozando con la yema de sus dedos el borde de su mandíbula, provocando un estremecimiento eléctrico en su piel. — Soy Oliver Grayson. Y desde este momento...soy tu nuevo dueño. —

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