Capítulo 5 La guerra de los trapos y el unicornio celeste.

La primera noche en la mansión Grayson, cayó sobre los hombros de Aurora como una losa de plomo. El silencio de la inmensa suite no traía paz; por el contrario, amplificaba cada eco de su propia frustración. Fuera de los ventanales de cristal tintado, el cielo se desgarró de repente en una tormenta furiosa. Los relámpagos cruzaron la oscuridad en destellos cenicientos, iluminando fugazmente los pasillos y arrojando sombras alargadas y grotescas por toda la habitación, mientras los truenos retumbaban con la fuerza de un recordatorio constante de su cautiverio.

Aurora daba vueltas en la gigantesca cama, incapaz de conciliar el sueño. Sus ojos, en medio de la penumbra, se dirigieron hacia el suelo, justo al borde de la alfombra persa. Allí yacía la rosa roja que había rodado desde la mesa de noche, la misma flor que había salido del ejemplar de Drácula junto a la nota de disculpa escrita por la mano de Oliver. En un arrebato de orgullo herido, la había arrojado lejos de sí horas antes, negándose rotundamente a aceptar la farsa de un remordimiento educado. Para ella la ecuación era simple: un hombre capaz de comprar a una mujer como si fuera ganado, no podía poseer alma, y mucho menos un corazón capaz de arrepentirse de verdad.

Sin embargo, el vacío de la estancia y el aullar del viento golpeando los cristales, comenzaron a pesar demasiado. Con un suspiro cargado de tristeza y un profundo sentimiento de desolación, se deslizó fuera de las sábanas de seda negra. Caminó descalza sobre el suelo frío hasta detenerse frente a la flor olvidada. Se agachó lentamente, recogió la rosa roja con delicadeza y la llevó de vuelta a la mesita de noche, colocándola con solemne cuidado junto al libro y el pequeño papel con el mensaje de disculpa.

Sintiéndose completamente perdida en aquel laberinto de lujo opresivo, comenzó a recorrer la habitación. A la luz tenue de los apliques de pared, pudo apreciar los detalles más finos del diseño: molduras de estilo clásico, cortinajes de terciopelo pesado, y una decoración delicada que denotaba que el espacio había sido pensado minuciosamente para una mujer, aunque a ella aquello le pareciera una burla cruel.

Sus pasos la condujeron finalmente hacia una puerta doble situada al fondo de la estancia. Al abrirla, se quedó sin aliento, y eso era algo que pocas veces en la vida había llegado a pasarle.

Era un vestidor del tamaño de un apartamento completo. Filas interminables de estanterías, percheros y cajones que albergaban una colección descomunal de ropa de alta costura, vestidos de noche, abrigos de piel sintética y real, bolsos de edición limitada, zapatos de diseñador perfectamente alineados, cajones repletos de delicada lencería de encaje, pijamas de seda y una sección entera dedicada a frascos de perfumes exclusivos y maquillaje que solo había visto sobre el tocador de su odiosa media hermana.

Todo estaba milimétricamente ordenado...y lo más inquietante era que cada prenda, cada zapato y cada accesorio correspondía exactamente a su talla. Aquel closet, por sí solo, valía millones de dólares, y la había hecho sentirse mareada e incluso asqueada ante el lujo demasiado opulente y pretencioso de toda aquella enorme habitación dedicada a ser un closet.

En medio de una isla central de mármol negro, reposaba un sobre sellado con las iniciales de la casa. Con el ceño fruncido, Aurora lo abrió y extrajo otra nota escrita por Oliver. Decía brevemente: Usa todo lo que hay aquí. Desde este momento, cada objeto de este lugar te pertenece. Se la esposa digna de Oliver Grayson.

Una chispa de rabia pura encendió su mirada, y Aurora arrugó la nota con furia hasta hacer una bola y la arrojó al fondo de un cesto vacío, posiblemente destinado a ser donde ella debía de depositar la ropa sucia.

¿Acaso creía que podía comprar su sumisión a base de vestidos caros?

El solo pensamiento la hizo sentir enferma.

De inmediato, tomó una decisión. Con un movimiento brusco, se arrancó el vestido blanco de Chanel que su hermana le había obligado a ponerse, la última reliquia de su humillación familiar, y lo dejó caer al suelo sin mirar atrás. Se quedó únicamente en ropa interior. Sacó su teléfono móvil del bolsillo del abrigo que había dejado olvidado en una silla y abrió su aplicación bancaria. Sus dedos temblaban ligeramente mientras introducía las claves, pero al cargar la pantalla, una sonrisa de triunfo iluminó su rostro: toda la modesta mensualidad que su padre le había transferido durante años, guardada celosamente y sin que Caster se dignara a revisar, seguía allí, intacta en su cuenta personal.

Sin dudarlo ni un segundo, abrió una aplicación de compras en línea de envío rápido y económico. Para ella, la hija de una sirvienta fallecida que había crecido a la sombra de los caprichos ridículos de su hermana mayor, la alta costura nunca había tenido el menor valor sentimental ni práctico. Prefirió llenar su carrito virtual con prendas baratas, cómodas, sencillas y de estética desenfadada, tal cual le había gustado usar siempre. Había hecho su jugada en silencio.

Al día siguiente por la mañana, la tranquilidad de la mansión Grayson se vio interrumpida por la llegada de varios paquetes postales dirigidos a nombre de Aurora Medici. Los sirvientes, desconcertados por la naturaleza barata y comercial de las cajas que llegaban a una residencia donde solo se admitía lujo absoluto, se las entregaron al mayordomo, Marcus Claude, quien también era el hombre más confiable del señor de la casa.

Oliver, que se encontraba cruzando el vestíbulo en ese momento, arqueó una ceja con profunda curiosidad al ver los modestos embalajes de cartón marrón con etiquetas de tiendas masivas, y al ver el nombre de su futura esposa impreso en ellos, decidió entregárselos él mismo, intrigado por lo que su nueva y rebelde prisionera estaría tramando.

Sin molestarse en seguir los protocolos de la alta sociedad, Oliver caminó hasta la suite de Aurora, alzó la mano y golpeó la puerta con los nudillos dos veces antes de girar el picaporte y entrar sin esperar el permiso de nadie.

Lo que encontró al cruzar el umbral lo dejó momentáneamente mudo.

Aurora estaba de pie junto a la cama, envuelta de manera improvisada y precaria en las pesadas sábanas de seda negra de su propia cama, utilizándolas a modo de túnica para cubrirse el cuerpo. Al verle entrar sin avisar, sus ojos azules se estrecharon con una frialdad gélida.

—¿Acaso en tu mundo de millonarios la privacidad es un concepto opcional? — espetó Aurora sin inmutarse, señalando con la barbilla los paquetes que él llevaba en las manos.

Oliver parpadeó, saliendo de su asombro, y dejó caer las cajas sobre una mesa auxiliar con un golpe seco.

—Tengo entendido que esto es para ti. — dijo él, con la voz profunda cruzada por la perplejidad. — Mis empleados están confundidos. ¿Qué clase de entregas son estas? —

—Son mis cosas. — respondió Aurora con total naturalidad, dando un paso al frente.

Sin importarle la presencia de Oliver, y con una osadía que rozaba la provocación, Aurora desató el nudo improvisado de la sábana de seda que la cubría. El fino tejido resbaló por su piel, cayendo al suelo y dejándola momentáneamente expuesta en su esbelta figura en solo ropa interior, antes de que ella, con movimientos rápidos y ágiles, abriera una de las cajas de cartón, y extrajo de ella un conjunto de ropa de andar por casa, comprado en su aplicación económica de confianza.

Ante la mirada atónita de Oliver, que abrió los ojos de par en par conteniendo la respiración, Aurora se metió con agilidad dentro de unos pantalones deportivos de algodón gris, holgados y baratos, y se enfundó en un suéter enorme, de felpa suave, color celeste pastel, adornado con la estampa gigante de un unicornio sonriente con crines de colores del arcoíris.

Oliver se acercó un par de pasos con el rostro completamente descolocado, y sintiendo un nudo de incredulidad y desconcierto marcando sus facciones afiladas.

—¿Se puede saber qué demonios estás haciendo? — preguntó él, con su voz oscilando entre la confusión y la furia contenida, observando el ridículo suéter de unicornio que contrastaba de manera brutal con la elegancia sobria de la habitación.

Aurora se cruzó de brazos, levantando la barbilla con un desafío absoluto en la mirada.

—Lo que ves. — respondió con una sonrisa sarcástica. — No pretendo usar absolutamente nada de la ropa cara, lujosa y pretenciosa que has comprado para mí. Me he comprado mi propia ropa, la que voy a usar durante toda mi estadía en esta maldita prisión de oro. —

Oliver apretó la mandíbula, sintiendo que su paciencia empezaba a resquebrajarse.

—No vas a andar por mi casa vestida con harapos de aplicación comercial, Aurora. Eres mi prometida, dentro de pocos días serás mi esposa ante los ojos del mundo, y te vestirás como tal. — sentenció él.

La respuesta de Aurora fue una carcajada sonora, aguda y desafiante que resonó en las paredes de la suite. Dando un paso hacia él, se inclinó ligeramente hacia adelante con una malicia divertida en los ojos.

—Ah, ¿sí? ¿Y quién me lo va a impedir? —le retó ella con audacia. — Escúchame bien, Oliver Grayson: si te atreves a tocar o tirar la ropa que yo misma he elegido, te juro por lo más sagrado que me quitaré hasta este suéter de unicornio y caminaré por toda la mansión completamente desnuda, desde la planta baja hasta el último rincón, frente a tus mayordomos, tus cocineros y cada uno de tus empleados. Prefiero perder la dignidad por completo antes de convertirme en tu elegante y sumisa muñeca de escaparate. Pruébame si te atreves. — retó con firmeza.

Oliver se quedó petrificado. La magnitud de la amenaza, combinada con la absoluta convicción y el brillo salvaje en los ojos azules de ella, lo descolocó por completo. Jamás en su vida se había enfrentado a una mujer capaz de desafiarlo con semejante desparpajo y falta de filtros. Abrió la boca para decir algo, pero las palabras se le quedaron atrapadas en la garganta.

Sacudiendo la cabeza con una mezcla de furia incontrolable, incredulidad y un extraño destello de involuntaria diversión, Oliver dio media vuelta sobre sus talones. Salió de la habitación dando un portazo seco que hizo temblar los marcos de las puertas, sin saber si estrangularla o admirar su audacia.

Horas más tarde, cuando la tensión de la mañana parecía haberse disipado ligeramente, una de las sirvientas más veteranas de la mansión, tocó con timidez la puerta de la habitación de Aurora. Al recibir el pase, la mujer entró cargando con sumo cuidado una caja gigantesca, de un color blanco perlado, sellada con un lazo de raso.

La sirvienta la depositó sobre la cama y se retiró en silencio. Con el ceño fruncido por la sospecha, Aurora se acercó y levantó la tapa.

En el interior, protegido por capas de papel de seda, descansaba un impresionante vestido de novia de alta costura, una obra maestra de encaje francés, perlas bordadas a mano y una caída perfecta que irradiaba una belleza deslumbrante. Junto al vestido, reposaba una pequeña tarjeta escrita con la caligrafía firme e inconfundible de Oliver.

Aurora la tomó entre sus dedos y leyó en voz alta:

Puedes usar tu ridículo suéter para dormir, Aurora. Pero el día de nuestra boda, te guste o no, vas a ser mi esposa.

Aurora lo tomó como un reto personal, si este hombre que descaradamente la había comprado como una vaca, creía que ella se iba a convertir en su esposa perfecta, estaba muy equivocado, pues ella se volvería una verdadera pesadilla indomable, y aquel suéter de unicornio, era el primer paso para agotar la paciencia de aquel magnate millonario que se creía su dueño.

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