Capítulo 6 El unicornio en territorio enemigo y la hamburguesa del magnate.
La mañana en la mansión Grayson comenzó con la precisión de un engranaje suizo, pero el ambiente dentro de la suite asignada a Aurora era completamente diferente. Unos suaves golpes en la puerta la sacaron de sus pensamientos antes de que pudiera terminar de ajustarse los cordones de sus zapatillas. Al abrir, se encontró con Marcus, el impecable mayordomo de la casa, quien sostenía con extrema solemnidad un pequeño sobre negro de textura mate, grabado con detalles metálicos en relieve.
—Buenos días, señorita Aurora. — dijo Marcus con su habitual tono educado y distante. — El señor Grayson me ha pedido personalmente que le entregue esto. Es una tarjeta Black, destinada única y exclusivamente para sus gastos personales. El señor ha especificado que no tiene límite de crédito, para que pueda adquirir lo que desee sin restricciones. —
Aurora miró el sobre con una mezcla de fastidio y desdén. Sin alargar la mano para tomarlo, mantuvo los brazos cruzados y soltó una risa seca.
—Guárdate la tarjeta, Marcus. Dile a tu amo que no necesito su dinero de plástico ni sus limosnas con ceros a la derecha. — respondió ella con firmeza. — Agradezco el intento, pero que tenga un buen día. —
Sin darle oportunidad al mayordomo de replicar, cerró la puerta en sus narices con un movimiento seco. Dentro de la alcoba, respiró hondo para calmar la irritación que aquel gesto le había provocado. Ignorando por completo el sobre negro, que quedó tirado sobre la alfombra sin siquiera ser abierto, y se dispuso a ejecutar su plan de escape.
Se vistió con unos sencillos vaqueros de corte recto y algo flojos que combinaban a la perfección con una camiseta holgada de tonos pasteles y, en los pies, se calzó sus cómodos tenis blancos. Se recogió el cabello rubio claro en una coleta alta y despeinada, colocándose sobre las orejas unos audífonos de diadema recién comprados. Introdujo su teléfono celular y su billetera dentro de un bolso Tote de tela que había llegado la noche anterior de su aplicación de compras, y respiró aliviada.
Decidida a no seguir prisionera en aquella jaula de oro al menos por el resto del día, abrió la puerta con cautela. Aprovechando un momento en el que los pasillos estaban despejados y evadiendo con astucia a toda la servidumbre gracias a sus rápidos reflejos, logró llegar hasta el área de servicio trasera. Justo en ese instante, un gran camión de entregas de proveedores se disponía a abandonar los terrenos de la propiedad. Aurora agachó la cabeza, se deslizó tras el vehículo y aprovechó la apertura de los portones principales para salir a pie hacia la avenida principal.
Para su sorpresa, descubrió que la imponente mansión de Oliver Grayson no se encontraba en un páramo aislado, sino a tan solo unos cuantos kilómetros del animado y bullicioso centro de la ciudad de Nápoles. Sin pensarlo dos veces, caminó hasta la parada de autobús más cercana, abordó el transporte público y se sentó junto a la ventanilla.
Al colocarse los audífonos y reproducir la música de su artista favorito, Styles, cerró los ojos y dejó que las melodías la aislaran del mundo, sintiendo por fin un auténtico atisbo de libertad. Su objetivo primordial era claro: comprar una nueva laptop y un teléfono celular que le permitieran continuar con su empleo remoto como escritora de novelas, además de adquirir un par de libros impresos que le hicieran compañía durante las largas horas de su forzado cautiverio, utilizando exclusivamente el dinero de sus propias cuentas personales y manteniendo intacto cada centavo del magnate.
Mientras tanto, en la mansión Grayson, la aparente calma se rompió de golpe. Oliver, intrigado por saber si su prometida había reconsiderado su actitud, caminó hasta la habitación de Aurora sin molestarse en tocar la puerta. Al entrar, se encontró con un escenario desolador: la alcoba estaba completamente vacía. El deslumbrante vestido de novia de alta costura que le había enviado con su sirvienta, yacía a medio guardar sobre su caja en el suelo, y el sobre negro con la tarjeta Black reposaba intacto también sobre el suelo de la habitación.
Con el paso pesado y una mandíbula tan tensa que parecía a punto de romperse, Oliver se adentró en el lujoso vestidor. Al revisar los percheros, confirmó que ninguna de las prendas exclusivas que mandó a traer había sido tocada; sin embargo, los paquetes de compras económicas de Aurora estaban abiertos, y el horrible pijama de unicornio descansaba arrugado dentro del cesto de la ropa sucia.
Un rugido de furia escapó de su garganta. De inmediato, llamó a gritos a la servidumbre, exigiendo que peinaran cada rincón de la propiedad. Los sirvientes buscaron por los jardines, los salones y los pasillos, pero no había rastro de ella. Al ordenar que revisaran las cámaras de seguridad del perímetro, Oliver palideció al ver en las grabaciones cómo Aurora, vestida de manera corriente y casi como una vagabunda, había burlado la seguridad y se había marchado con rumbo desconocido.
Sin perder un solo segundo, Oliver corrió hacia la salida, se subió a su lujoso automóvil deportivo y ordenó por el altavoz de su teléfono una búsqueda intensiva a su red de hombres de confianza para localizarla por toda la ciudad antes del mediodía.
A kilómetros de allí, en el corazón comercial de Nápoles, Aurora caminaba con una sonrisa triunfante. Acababa de salir de una tienda de tecnología tras pagar al contado una flamante laptop en tono rosa pastel, un iPad de última generación a juego y un nuevo teléfono inteligente flanqueado por varias fundas coloridas decoradas con personajes de anime, arcoíris y tiernos unicornios. Sintiendo el estómago vacío, decidió entrar a una acogedora cafetería para pedir un reconfortante capuchino pumpkin spice, disfrutando del aroma a canela y otoño. Más adelante, al pasar frente a una tienda departamental común y corriente, no pudo resistir la tentación de entrar a la sección de decoraciones de temporada. Sabiendo que septiembre y octubre estaban a la vuelta de la esquina, compró pequeños murciélagos de papel, guirnaldas naranjas y calabazas miniatura para adornar su alcoba, recordando con alegría que Halloween era su festividad favorita de todo el año.
Finalmente, con las bolsas repletas de sus adquisiciones, terminó sentada en una concurrida y modesta sucursal de una cadena de comida rápida, y saboreaba tranquilamente una hamburguesa económica y un refresco de vaso grande con recarga ilimitada cuando, de pronto, la puerta principal del establecimiento se abrió de golpe.
Un grupo de hombres con trajes oscuros ingresó al local, despejando el espacio con miradas amenazantes, e inmediatamente después apareció Oliver Grayson. Su rostro era una máscara de absoluta furia contenida, que casi logró hacer reír a la rubia.
Aurora ni siquiera se inmutó. Dio otro bocado a su hamburguesa con total parsimonia, observando cómo el multimillonario avanzaba entre las mesas de plástico barato hasta detenerse frente a ella con una expresión de profunda desaprobación.
—¿Se puede saber qué demonios estás haciendo aquí, comiendo tan tranquila en este estercolero y vestida como una pordiosera? — le reprochó Oliver, con la voz ahogada por la indignación, señalando con asco la sencilla hamburguesa sobre la bandeja. — ¡Saliste de la mansión sin permiso, pusiste en riesgo tu seguridad y te alimentas de esta porquería dañina para la salud! —
Aurora masticó despacio, tragó con calma y se limpió los labios con una servilleta de papel. Con total tranquilidad, luego abrió su sencilla billetera de tela, extrajo su tarjeta de identidad ciudadana y la deslizó sobre la mesa frente a los ojos de Oliver.
—Mira bien el documento, Oliver. —respondió ella con una voz gélida y burlona. — Soy mayor de edad desde hace bastante tiempo, por lo tanto, tengo el derecho absoluto de ir a donde me plazca y cuando me plazca. Además, me encantan las hamburguesas baratas, y no voy a dejar de comer lo que me gusta solo porque ahora estoy comprometida con un principito millonario que jamás en su miserable vida ha pisado un restaurante común. —
La indiferencia con la que Aurora pronunció cada palabra, hizo que las venas de la frente de Oliver se saltaran a causa de la ira. Incapaz de contenerse por más tiempo, dio un golpe seco sobre la mesa de plástico, haciendo saltar los vasos de refresco.
—¡Esto se acabó! — bramó Oliver, dirigiéndose a sus subordinados. — ¡Tomen todas las compras de la señorita y llévenlas al auto! ¡Asegúrense de dejar todo en su habitación y retírense de inmediato de este lugar repugnante! ¡Déjennos a solas! —
Los guardaespaldas obedecieron al instante. Tomaron las bolsas tecnológicas y las decoraciones de Halloween de Aurora, saliendo del restaurante en cuestión de segundos y dejando a la pareja aislada en medio del bullicio del local de comida rápida.
Cuando el último de los hombres salió, Oliver se inclinó sobre la mesa, apoyando las palmas de las manos y fijando en ella una mirada furibunda.
—¿Te parece divertido juguetear conmigo, Aurora? — le cuestionó entre dientes, con un tono de advertencia pura. — ¿Crees que puedes hacer exactamente lo opuesto a lo que te ordeno y salir impune de esto? ¿Es tu graciosa manera de demostrarme que me odias? No debes de olvidar que es tu deber ser la digna esposa del heredero Grayson. — sentenció.
Aurora lo miró fijamente a los ojos, sin encogerse ni un milímetro ante su imponente presencia. Su expresión era un reflejo de absoluta rebeldía.
—Para empezar, a mí me importa exactamente nada lo que tú quieras o esperes de mí, Oliver. —respondió ella con la mandíbula firme. — Debiste investigar mejor cómo era mi verdadera personalidad, antes de cometer la estupidez de comprarme como si fuera ganado en una subasta. Tu negocio con mi padre no salió como esperabas, ¿No es así? Sin embargo, yo no tengo la más mínima obligación de convertirme en tu elegante y sumisa muñeca de aparador vestida de Prada, ni de fingir que me gustan los manjares caros solo para alimentar el ego de un principito caprichoso que probablemente se moriría de una indigestión si probara una simple hamburguesa de McDonald's. —
Oliver se quedó petrificado ante la osadía. Ninguna persona en el mundo se había atrevido jamás a hablarle de esa manera, y mucho menos a cuestionar su estilo de vida con tanta soltura.
Sin pronunciar una sola palabra de réplica, con el rostro rígido por la sorpresa y el orgullo herido, Oliver se irguió de golpe. Dio media vuelta, caminó con paso firme hacia el mostrador del restaurante ante la mirada atónita de los cajeros, y regresó un minuto después sosteniendo en sus manos una bandeja idéntica a la de ella, con una hamburguesa barata en empaque de cartón y un vaso de refresco genérico.
Sin importarle la elegancia de su costoso traje de diseñador ni las miradas curiosas de los pocos clientes que quedaban en el local, Oliver se sentó pesadamente frente a Aurora, desenvolvió el papel de la hamburguesa, y comenzó a dar un bocado frente a ella con una expresión de estoica resignación, mirándola a los ojos sin decir palabra alguna, pero dispuesto a demostrarle que el no era un principito consentido como ella había dicho que era.
