Capítulo 7 Ecos de ceniza y verdades silenciadas.

El sol de la tarde bañaba la fachada de la mansión Medici con una luz dorada y engañosa, proyectando una ilusión de opulencia que hacía tiempo se había desvanecido de las cuentas bancarias de la familia. Dentro de los salones principales, Caster Medici había organizado una selecta y exclusiva reunión con un grupo reducido de sus más cercanos e influyentes amigos.

Copas de cristal fino tintineaban entre risas contenidas, y el aire olía a puros costosos y perfume importado. Caster se movía entre sus invitados con la arrogancia renovada de un hombre que creía haber burlado a la propia muerte financiera. Con una sonrisa de oreja a oreja, celebraba discretamente el haber salido oficialmente de la bancarrota, aunque, por supuesto, cuidaba celosamente de no mencionar ni una sola palabra sobre el origen real de su repentina fortuna.

—Caster, los rumores en la alta sociedad ya son insostenibles. — comentó uno de los invitados; un empresario de la construcción con una copa de vino en la mano, arqueando una ceja con curiosidad. — Se dice por todos lados que tu hija menor, Aurora, contraerá nupcias muy pronto con el mismísimo Oliver Grayson. ¿Es eso cierto? ¿Cómo has logrado semejante proeza? —

Caster soltó una carcajada altanera, agitando la mano con desdén mientras bebía un sorbo de su bebida.

—Es completamente cierto, querido amigo, pero debo aclarar que no fue mi decisión, en realidad, no tenía ni idea de nada hasta que mi sobrino lejano me la pidió en matrimonio. —respondió Caster en voz alta, asegurándose de que todos en el círculo escucharan su confirmación. — Aunque, para ser sinceros, no esperen verme participando en ninguna ceremonia ridícula ni en festejos públicos. Esa muchacha no es más que una desagradecida que se ha comportado como una auténtica ramera. Se fue tras el ignorante de Grayson única y exclusivamente por dinero, vendiéndose al mejor postor tal y como su madre biológica supo hacerlo en mi momento de debilidad. Que se pudra en esa mansión con su deforme y amargado esposo; por mí, esa casa está limpia de su presencia. —

Un coro de risas burlonas y despectivas retorció el ambiente ante las crueles declaraciones del patriarca. Los invitados asintieron, alimentando el ego de Caster con comentarios aprobatorios sobre la supuesta naturaleza descarada de la joven. Sin embargo, desde una esquina apartada del salón, envuelta en un elegante vestido de diseño que contrastaba con la oscuridad de su expresión, Aria observaba toda la escena con una mueca de profunda repulsión en el rostro. Sus dedos apretaban con tanta fuerza la base de su copa de champaña que los nudillos se le habían vuelto completamente blancos.

A su lado, Jasper Claude, su prometido, la observó de reojo, notando la rigidez en su postura e inclinándose ligeramente hacia ella, le susurró al oído con un tono de fastidio:

—¿Qué te pasa ahora, Aria? ¿Acaso te molesta tanto que tu media hermana se haya marchado con el hombre más rico de Italia? Deberías estar celebrando que te has librado de su presencia para siempre. — mencionó el joven de cabellos castaños y mirada del mismo color.

Aria giró lentamente la cabeza hacia Jasper, sus ojos destilando un veneno helado.

—No te equivoques, Jasper. —respondió ella con voz contenida, casi un siseo. — Nada en este mundo me hace más feliz que saber que la hija de la sirvienta se ha largado a vivir con un hombre horrendo, pero lo que me inquieta no es ella, sino él. Siento en el fondo de mis entrañas que hay algo oscuro, algo turbio detrás de las verdaderas intenciones del heredero Grayson para tomar a mi media hermana como su esposa de la noche a la mañana. No tiene ningún sentido lógico. —

Jasper frunció el ceño, confundido por la paranoia repentina de su prometida.

—¿De qué demonios hablas, Aria? ¿Qué clase de sospechas podrías tener sobre un magnate multimillonario que vive aislado del mundo? — cuestionó.

Aria miró hacia los invitados que seguían riendo con Caster, antes de volver la vista a Jasper, bajando aún más la voz.

—¿Acaso no recuerdas o eres demasiado joven para hilar los hechos? Hace diez años ocurrió aquel terrible accidente de auto en el que perecieron los señores Grayson. — recordó Aria con tono sombrío. — Oliver, que era apenas un muchacho, iba en ese vehículo. Quedó malherido, al borde de la muerte, y aunque sobrevivió, se rumoreaba que pasó meses en coma en el extranjero. Cuando despertó, se aisló por completo del escrutinio público. Fue entonces cuando comenzaron los rumores más aterradores: decían que había quedado terriblemente deformado por el impacto, que su rostro era una masa de cicatrices e incluso que había perdido un ojo en el fuego. —

Jasper soltó una exclamación de impaciencia.

—Eso son solo leyendas urbanas para asustar a la gente en los tabloides. ¿Y qué tiene que ver eso con Caster o con Aurora? — quiso saber.

—Tiene todo que ver, Jasper. —insistió Aria con urgencia, apretando los dientes. — Piénsalo bien. Si Oliver hubiera muerto esa noche junto a sus padres, no habría quedado ningún heredero directo de primera línea. ¿Y sabes quién era el único pariente vivo registrado en el árbol genealógico por parte de la madre de Oliver, dado que el padre tampoco tenía familia viva? ¡Mi padre! Caster Medici habría sido el heredero universal de toda aquella inmensa fortuna que los Grayson poseían. En aquella época, cuando los periódicos investigaban el accidente, mucha gente acusó públicamente a mi padre de haber orquestado de algún modo el siniestro. Por supuesto, Caster no tenía nada que ver con eso, o al menos eso es lo que siempre nos repitió, pero el rumor existió, y la sombra de la sospecha flotó sobre esta familia durante años. ¿Y si Oliver nunca lo olvidó? ¿Y si compró a Aurora no por amor, sino como una forma retorcida de infiltrarse en nuestra familia para vengarse? —

Jasper soltó una carcajada seca, negando con la cabeza ante las delirantes conjeturas de su prometida.

—Estás viendo fantasmas donde solo hay desesperación económica, Aria. Olvídate de teorías de conspiración dignas de una novela barata. Quizás el excéntrico magnate deforme tan solo se siente completamente solo en el mundo y quería una compañera. Al enterarse de la existencia de tu padre, de ti y de tu hermana y verla a ella actuar como una zorra en la fiesta, pensó que solo una mujer tan fácil y desesperada como Aurora podría aceptarlo con toda su fealdad y su mal carácter. Por eso le pidió su mano a Caster a cambio de una millonada para ella, y punto. No hay ninguna conspiración macabra detrás de esto. — dijo Jasper con tono condescendiente.

Aria se quedó en silencio, mordiéndose el labio inferior mientras procesaba las palabras de su prometido. Nadie más que ella, su padre y la propia Aurora sabían la verdad de que la joven había sido comprada como un objeto, pero las palabras de Jasper lograron calmar ligeramente el nudo de incertidumbre en su estómago. Suspiró profundamente, desviando la mirada hacia la ventana.

—Supongo que tienes razón... Quizás solo me estoy imaginando cosas que no son. — murmuró, aunque un mal presentimiento seguía latente en su interior.

A kilómetros de allí, en las bulliciosas calles del centro de Nápoles, la realidad era muy distinta a las suposiciones de la alta sociedad. Aurora y Oliver caminaban juntos saliendo del modesto restaurante de comida rápida donde se habían enfrentado minutos antes. El silencio entre ellos era denso, cortante, impregnado de una tensión eléctrica que atraía las miradas curiosas de los transeúntes.

Aurora caminaba con las manos en los bolsillos de sus vaqueros, mostrando una fachada de absoluta indiferencia hacia el hombre imponente que marchaba a su lado. Sin embargo, su mente no dejaba de dar vueltas. De reojo, observó de nuevo la figura impecable de Oliver, recordando la escena absurda de ver al magnate más rico de Italia devorando una hamburguesa barata de cadena comercial en medio de un local con mesas de plástico.

Incapaz de contener la curiosidad por más tiempo, rompió el silencio con un tono de burla ligera:

—Oye, Grayson...sigo pensando en lo que hiciste hace un rato. ¿No te sientes mal del estómago? Digo, al haber sido un niño mimado toda tu vida, criado entre manjares de chef y lujos inalcanzables, comerte esa que tú llamas porquería grasienta de restaurante económico seguramente tuvo que hacerte pedazos el organismo. No estás acostumbrado a sobrevivir a la comida de los mortales comunes. — dijo con algo de burla.  

Las palabras cayeron como una chispa sobre un bidón de gasolina. De forma totalmente inesperada, Oliver se detuvo en seco. Con una velocidad felina que la cogió por completo desprevenida, tomó a Aurora con fuerza de la muñeca y la arrastró fuera de la acera principal, empujándola con firmeza contra la pared de ladrillo del estacionamiento lateral del local. Su cuerpo imponente bloqueó cualquier ruta de escape, y al inclinar el rostro, sus miradas chocaron a escasos centímetros de distancia.

Los ojos oscuros de Oliver, cargados de una furia repentina y un dolor profundo que pocas veces dejaba ver, ardían con intensidad.

—Escúchame bien, Aurora. — le espetó Oliver con una voz ronca, baja y temblorosa de ira contenida. — No vuelvas a llamarme niño mimado. Nunca en mi maldita vida lo fui. No tienes la menor idea de las cosas que he tenido que soportar en absoluta soledad, ni de los infiernos por los que he tenido que atravesar para seguir respirando. Así que guárdate tus estúpidos comentarios sobre mi infancia, porque la única persona verdaderamente mimada en esta ecuación, ha sido la pequeña, consentida y rebelde hija menor de Caster Medici. ¡Guarda silencio de una vez por todas! Tu no sabes nada del dolor. — demandó.

Aurora contuvo el aliento, con la espalda presionada contra la fría pared de ladrillo. No respondió de inmediato con gritos ni forcejeos, tal como solía hacerlo. En su lugar, al tenerlo tan cerca, fijó sus ojos azules en el rostro de Oliver y, por primera vez, detuvo su atención en sus facciones con una perspicacia inusual. En medio de la oscuridad de sus pupilas, notó algo que la dejó helada: una tristeza tan vasta, tan pesada y antigua, que parecía ahogarlo en silencio. Esos ojos, que en ciertos ángulos de la luz del atardecer brillaban con un matiz singular, casi verde oscuro bajo las sombras de las pestañas, cargaban con el peso de mil almas atormentadas. Parecía un hombre que había perdido el mundo entero y que llevaba años cargando los escombros sobre sus hombros.

Lentamente, con una firmeza silenciosa que descolocó a Oliver, Aurora levantó las manos y lo empujó suavemente del pecho hasta obligarlo a retroceder un paso, liberándose de su agarre. Se acomodó el cuello de su camiseta holgada y lo miró fijamente, con la barbilla en alto, pero sin el veneno de antes en su voz.

—No soy ninguna niña mimada, Oliver. — respondió ella, con su voz temblando ligeramente a pesar de su esfuerzo por sonar fuerte. — Soy la hija de una simple y tonta sirvienta que se dejó embaucar por las promesas vacías y falsas de tu querido pariente, Caster Medici. Esa mujer murió desangrada al darme a luz, y la única razón por la que no fui arrojada a un contenedor de basura o abandonada en un orfanato de mala muerte, fue porque la difunta señora Medici, la esposa de Caster, obligó a su marido a responder por mí por pura decencia humana. Pero la señora Medici murió demasiado pronto. Y a partir de ese momento, crecí en esa mansión como cualquier otra criada invisible, relegada a una habitación decente solo para mantener las apariencias ante la sociedad. —

Oliver se quedó inmóvil, con la respiración entrecortada, procesando cada palabra. Aurora continuó, sintiendo que por primera vez en su vida estaba rompiendo el caparazón que la protegía:

—Tanto mi padre como mi encantadora media hermana siempre se aseguraron de recordarme cuál era mi maldito lugar en esa casa: una escoria, un error, una carga indeseada. Por eso aprendí a sobrevivir completamente sola. A comer comida rápida a escondidas, a trabajar en lo que podía desde la clandestinidad digital, ahorrando cada centavo para algún día fugarme y liberarme para siempre del yugo de los Medici. Pero entonces llegaste tú. Me compraste como si fuera un pedazo de carne en una feria, y siendo una simple don nadie sin apellido ni protección, jamás podría oponerme al capricho del heredero más rico de Italia que decidió que quería convertirme en su esposa a la fuerza. Así que no te atrevas a decir que no sé lo que es el dolor, Oliver. Yo he sangrado en silencio mucho antes de que tú supieras lo que significaba la palabra sufrimiento. —

Un silencio sepulcral, pesado e insoportable se apoderó del callejón del estacionamiento. Las palabras de Aurora habían caído sobre Oliver como un golpe directo al plexo solar, dejándolo absolutamente sin palabras. Su rostro palideció, y la rabia que hacía unos segundos lo consumía se desvaneció por completo, reemplazada por una culpa sorda y lacerante que le apretó la garganta. Vio a la mujer frente a él: la misma que se ponía suéteres ridículos de unicornio para rebelarse contra su opulencia, la misma que desafiaba sus órdenes comiendo en un local corriente; una mujer que había librado sus propias guerras invisibles en la miseria emocional de una familia podrida.

Aurora apartó la mirada, con los ojos azules brillando con un rastro de lágrimas contenidas que se negó rotundamente a dejar caer. Sin esperar a que él dijera nada, dio media vuelta y comenzó a caminar con paso firme de regreso hacia el lujoso automóvil de Oliver que aguardaba en la orilla del estacionamiento. Se detuvo junto a la puerta del copiloto y cruzó los brazos, esperando en silencio a que él reaccionara y le permitiera subir.

Oliver tardó unos segundos eternos en obligar a sus piernas a moverse. Caminó con pasos lentos y pesados, como si cada paso le costara toneladas de esfuerzo. Al llegar junto a ella, en lugar de ordenar a uno de sus hombres que se encargara, fue él mismo quien accionó los seguros y abrió la puerta del coche con una delicadeza inusitada.

Antes de que Aurora pudiera deslizarse en el asiento de cuero, Oliver se inclinó ligeramente hacia ella. Con la voz rota, apenas un susurro casi imperceptible que se perdió entre el rugido lejano del tráfico de la ciudad de Nápoles, le dijo directo al oído:

—Lo siento. —

Aurora se quedó congelada por una fracción de segundo ante la absoluta sinceridad y fragilidad contenida en esas dos palabras. Pero no replicó. Sin decir absolutamente nada más, se metió en el vehículo, acomodándose en el asiento delantero.

Oliver cerró la puerta con suavidad, dio la vuelta y se subió al asiento del conductor. Con las manos firmes sobre el volante, encendió el motor y comenzó a conducir en completo silencio de regreso hacia la imponente y solitaria mansión Grayson, mientras la noche comenzaba a extender su manto oscuro sobre las calles de la ciudad.

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