Capítulo 4 4
Farid se levantó temprano en la mañana, tenía muchas cosas por hacer, la noche anterior había sido un caos en la mansión del jeque, los gritos de su madre Zayane, se oyeron por todo el lugar, estaba seguro que cada uno de los empleados ya estaba al tanto de lo que sucedía, el futuro jeque de la tribu Khattab, se casaría con la hija de un campesino, que lo más probable sea que se convertiría en la vergüenza del pueblo, alguien sin estudios que no podría ayudar en nada al jeque, más que para tener descendencia, claro que Farid sabía que eso tampoco iba a ocurrir.
— Buenos días, madre. — saludo con una sonrisa conciliadora, pero solo obtuvo la mirada dura de Zayane.
— ¿Qué tienen de buenos? ¿acaso te alegra matar de un disgusto a tu madre? Porque te juro por Alá, Farid, tú te desposas con esa campesina y prepara mi entierro. — Farid se sintió dolido con aquello, pero también sabía que lo que verdaderamente mataría a su madre, fuera que su padre lo matara frente a sus ojos.
— Madre, créeme cuando te digo que, antes que tus ojos se cierren, seré yo quien parta de este mundo. — Zayane sintió un dolor tan grande en su pecho, que por un momento tuvo miedo, que las palabras dichas por su hijo se hicieran realidad.
— Deja de decir esas cosas, mejor ve, sal a pensar muy bien lo que harás.
Farid obedeció a su madre, pero no salió a pensar, fue rumbo a la mejor joyería que había en sus tierras, las cuales eran muchas, tan extensas que se necesitarían dos días de viaje en automóvil sin descanso para ir a un lado, y cuatro días para ir al contrario, ellos manejaban uno de los pueblos más grandes, Farid sabía la gran responsabilidad que tenía sobre sus hombros, o mejor dicho que tendrían, ya que una vez que se case con Leila, su padre le sedería el mando, él se convertiría en el jeque Khattab Farid.
Respiro saboreando el aroma de su tribu, por primera vez en muchos meses se sentía bien, ingreso a la joyería y selecciono los anillos de compromiso, nada extravagantes, pero tampoco sencillos, fue en ese momento que reparo en que Leila le tendría que entregar un presente a él, el día del compromiso, esa era la tradición, él debía llevarle rosas a la novia y las alianzas de oro, las cuales estarían unidas por un lazo rojo que, la madre de Leila debía cortar aprobando su compromiso y Leila debía hacerle un regalo que tuviera oro, se acostumbraba que fuera un reloj.
— Disculpe, además de las alianzas, necesito un reloj de oro, lo más económico que tenga.
Sabía que su madre se molestaría porque Leila le daría algo barato, pero Farid contaba con que su padre creyera que Leila realmente había comprado ella ese obsequio, las tradiciones y costumbres se debían cumplir si querían que el matrimonio fuera duradero y feliz, porque de eso estaba seguro Farid, el matrimonio de un jeque era para toda la vida, él ataría a una joven de 1S años a su lado, suspiro con culpabilidad, tomo las cosas y salió, el viaje había sido largo y agotador, ya casi era la hora que había pactado con Leila, dejo todo en su camioneta y solo bajo con la caja del reloj, mientras esperaba a su futura esposa, se planteaba si eso era realmente lo correcto, él tenía 20 años y ella 1S años, una niña aun, pero no podía retractarse, no ahora, él había dado su palabra y si bien le gustaban los hombres, él también era uno y tenía palabra, solo Leila podía retractarse y con un poco de tristeza, se dio cuenta que así era, Leila no llegó, aun cuando Farid la espero una hora más de lo debido.
Subió a su camioneta y regreso enojado a su hogar, lo sabía, él lo sabía, ella era muy joven aun, seguro que pensó con cuidado las cosas, ¿Qué mujer se quería quedar con un hombre que jamás la tocaría? No, ninguna mujer desperdiciaría de esa manera su juventud, su vida, su felicidad, seguro que había conseguido que sus padres desistieran de casarla con el anciano, iba sumergido en sus pensamientos al momento que ingresó en la cocina, tanto así, que no reparo en que estaba la hija de una de las empleadas.
— Dile a Misha que por más bueno que sea este ungüento que le envió, si Said golpeo de esa forma a Leila no le aseguró que no le queden marcas. — la empleada hablaba en susurros con su hija, pues la joven no tendría que estar allí, dentro de la cocina de la familia del jeque.
