Capítulo 5 5
Leila, el nombre de la joven, sonó en la cabeza de Farid como si lo hubieran gritado y no susurrado como estaba sucediendo.
— ¿Leila? ¿de qué Leila hablas Antara? — pregunto al tiempo que giraba para observar a ambas mujeres.
— Leila Assad, es la amiga de mi hija y nuestra vecina. — explico con nerviosismo la empleada.
— ¿Qué le sucedió? — pregunto lleno de preocupación, pero las mujeres solo se miraron y quedaron en silencio. — ¿Acaso mi voz es una brisa sin importancia que pasa por este lugar? — dijo Farid con un poco de molestia.
— Es que ella… parece que estaba saliendo con alguien y el señor Said lo supo. — Farid miro a la joven con la confusión grabada en el rostro, ¿acaso Leila no les había dicho a sus padres que el iría a pedir su mano?
— ¿Podrías ser más precisa? — ordeno y la joven bajo la mirada al piso de piedras, si el señor Farid supiera lo que se decía, ¿exigiría que se restaurara la honra de la familia Assad?
— Disculpe a mi hija señor Farid, Leila es su amiga, por eso quiere protegerla, resulta que ayer alguien la vio en el acantilado norte… y… estaba con un joven, las malas lenguas dicen que el hombre estaba sobre ella en el suelo. — Farid abrió los ojos con sorpresa, alguien los había visto, pero habían mal interpretado todo. — Pero le juro señor Farid que Leila es una joven muy buena, ella jamás se entregaría a nadie… — la desesperación en la voz de la empleada Antara era lógica, a la joven podrían matarla solo por las habladurías.
— Por supuesto que Leila es una joven buena y obediente, y ayer no estaba haciendo nada malo, solo fue un accidente, el hombre tropezó y cayó sobre ella, pero claro, la gente dañina no espera a ver todo para que sus ojos entiendan, prefieren salir corriendo y que sus lenguas venenosas esparzan mentiras por todos lados. — Antara veía al hombre frente a ella y trataba de recordar si alguna vez el joven se había molestado tanto por un chisme, no lo recordaba.
— ¿Cómo sabe que el hombre tropezó? — la voz de la hija de Antara le hizo recordar de su presencia.
— Porque ese hombre era yo. — Farid salió de la cocina dejando a ambas mujeres con la boca abierta, pero el corazón tranquilo, por lo menos el nombre de Leila no estaría en boca de todos y nadie podría reclamar nada.
Farid tenía una leve idea de donde vivía la joven, el día anterior Leila le había dado las indicaciones, fue así como se detuvo fuera de la casa de los Assad, la cual estaba cubierta por las altas paredes de rocas y una gran puerta pintada de azul como la mayoría de las casas, aun con la molestia dentro de él golpeó la puerta, siendo recibido por una mujer que aparentaba más años de los que tenía por la dura vida que llevaba.
— Jefe Farid. — dijo con asombro al tiempo que inclinaba su cabeza.
— Hola señora Misha, ¿podría entrar a su hogar?, necesito ver a su hija. — ante las palabras de Farid, el cuerpo de la mujer convulsiono al tratar de contener el llanto que pugnaba por salir, lo único que pensaba Misha era que los malos chismes habían llegado a los oídos del jefe y ahora venía a reclamar la vida de su joven hija.
