Capítulo 7 Acuerdo prenupcial
En el instante en que Naomi entró al camerino de Aurora, un teléfono salió volando directo hacia su cara.
Lo esquivó con un rápido reflejo, y el dispositivo se hizo añicos contra la pared a sus espaldas.
—¿Por qué diablos me están reemplazando? ¿Acaso perdieron la cabeza? —la voz de Aurora fue en aumento hasta convertirse en un chillido—. He sido nominada a Mejor Actriz dos años seguidos. Si yo no me lo merezco, ¿quién entonces?
Caminaba de un lado a otro como un animal enjaulado.
—¿Qué sabe hacer esa mujer además de seducir hombres? ¿En qué es mejor que yo?
La furia de Aurora resonaba por la puerta, donde varios asistentes se agrupaban, sin que ninguno se atreviera a entrar en la zona de guerra.
Naomi se volvió hacia Lyra, una de las asistentes de Aurora.
—¿Qué pasó?
—Hannah Nguyen le acaba de robar a Aurora uno de sus contratos publicitarios —susurró Lyra, mirando nerviosa hacia la puerta, aterrada de que pudiera escucharla.
Todo cobró sentido para Naomi de inmediato.
Aurora y Hannah habían sido nominadas a Mejor Actriz dos años consecutivos, pero Hannah había ganado en ambas ocasiones. Ahora también le había arrebatado un contrato publicitario. Con razón Aurora estaba furiosa.
Sin embargo, Hannah era conocida por su personalidad directa y su profesionalismo. Viéndolo de manera objetiva, ya fuera por fama o por capacidad, Naomi también habría elegido a Hannah si ella fuera la marca.
Después de todo, Aurora solo había conseguido sus contratos anteriores gracias a los contactos de Juan.
Aun así, Aurora ahora era cliente de Naomi, lo que convertía esto en su problema a resolver.
Respiró hondo y llamó a la puerta entreabierta. En ese preciso instante, un estuche de maquillaje pasó volando junto a su oreja. Naomi ladeó la cabeza justo a tiempo para evitar el golpe.
—Aurora, ¿de verdad es necesaria toda esta furia? —Naomi entró con una sonrisa ensayada, con voz tranquila y mesurada—. Es solo un contrato publicitario. No perdamos la dignidad por esto.
—¿Quién diablos te crees que eres? —gruñó Aurora, cerrando los dedos alrededor de un vaso de cristal—. ¿Crees que haber sido asignada como mi representante te da alguna autoridad sobre mí?
Levantó el brazo, lista para arrojarle el vaso a Naomi.
—El señor Cavendish me asignó personalmente —dijo Naomi, y su voz cortó la tensión como el hielo—. Así que sí, puedo representarte. ¿Y en cuanto a quién soy? —una sonrisa fría se dibujó en sus labios—. El señor Cavendish parece saberlo a la perfección.
Aunque era relativamente nueva como representante de talentos, Naomi entendía la industria a la perfección.
El trabajo de un representante era conseguirle trabajo a sus clientes, y el del cliente era cooperar. Ambos ganaban dinero de esa manera. Si no podía controlar a Aurora, lo mejor sería renunciar de una vez.
Estaba claro que Aurora era una prueba de Jonathan; un desafío deliberado lanzado a Naomi. Tenía que resolver este problema primero. Si Aurora se volvía incontrolable o causaba problemas, toda la agencia sufriría las consecuencias.
Ante la mención de Jonathan, Aurora bajó el vaso lentamente y luego se dejó caer en el sofá con una indolencia teatral.
—Naomi, ¿verdad? ¿Sabes por qué el señor Cavendish te asignó como mi representante?
Naomi permaneció en silencio, observándola con atención inquebrantable.
Aurora se echó su lustroso cabello sobre un hombro.
—Obviamente, le preocupa que se difundan rumores. Eso le molestaría.
Naomi sintió una sacudida de sorpresa en su interior, pero su rostro se mantuvo impasible.
—¿Qué más?
—¿Qué más? —la boca de Aurora se torció en una sonrisa burlona—. ¿Por qué crees que el señor Cavendish adquirió Starlight Media en primer lugar? ¿Acaso hay alguien más en esta empresa, además de mí, que pudiera interesarle?
Hablaba con la confianza de alguien que conocía su propio valor. Después de todo, ella era la que más ingresos generaba para la agencia, sin lugar a dudas.
Naomi reflexionó sobre esto, pero algo no cuadraba.
Jonathan no tenía ninguna necesidad de la miseria que Starlight Media generaba anualmente.
Los ingresos anuales de la agencia probablemente no alcanzarían ni para comprar uno de sus gemelos.
Pensar en sus gemelos ensombreció la expresión de Naomi. Todavía no podía creer que la hubieran obligado a casarse por su incapacidad para reemplazar una pequeña pieza de joyería.
Confundiendo el silencio de Naomi con intimidación, Aurora dejó escapar un bufido despectivo.
—Así que más te vale andarte con cuidado. Si me haces enojar, el señor Cavendish no estará nada contento.
Naomi asintió, aunque la irritación burbujeaba bajo su fachada de calma.
Jonathan le había prohibido acercarse demasiado a los clientes masculinos, y sin embargo, había adquirido una empresa entera para su pequeña amante. Había sido una tonta al pensar, aunque fuera por un instante, que él había comprado la compañía para ella, una simple aventura de una noche.
Ese era el credo de los multimillonarios, ¿verdad? Reglas de hierro para los demás y lagunas infinitas para ellos mismos.
Aurora abrió la boca para continuar, pero un golpe en la puerta las interrumpió.
—Naomi, el señor Cavendish quiere verte en su oficina.
Agradecida por la vía de escape, Naomi se puso de pie para marcharse.
—Debe ser sobre un nuevo contrato publicitario que el señor Cavendish consiguió para mí —exclamó Aurora en voz alta, asegurándose de que todos en el pasillo pudieran escuchar—. Haz bien tu trabajo y me encargaré de que no te falte nada.
Otros talentos que pasaban por allí la miraron con envidia.
Naomi suspiró mientras se alejaba. Si tuviera opción, jamás representaría a alguien tan necia como Aurora.
Cuando llegó a la oficina de Jonathan, él deslizó una pila de documentos sobre el escritorio.
—Firma esto.
Naomi echó un vistazo a la primera página: un formulario de reasignación de personal. Ahora era oficialmente la representante de Aurora y ya no estaba a cargo de sus clientes anteriores.
Había tenido la intención de pelear por su cartera de clientes original, pero al ver la expresión de Jonathan, decidió elegir sus batallas. Firmó sin discutir.
Pero cuando llegó al último documento, las palabras "Acuerdo Prenupcial" llamaron su atención.
—Señor Cavendish, ¿qué es esto?
—Léelo primero —dijo Jonathan, observando su reacción con atención.
El acuerdo prenupcial era claro: Naomi no podría divorciarse de él hasta después de la muerte y el funeral de William. Hasta entonces, no podría mencionar su matrimonio a nadie ajeno a la familia. Tras el divorcio, recibiría una mansión y quinientos mil dólares en efectivo.
¿Tanto?
El ceño de Naomi se frunció aún más.
Por lo que había visto el día anterior, William no duraría mucho más. Incluso con un divorcio, su matrimonio sería tan breve que, en circunstancias normales, no podría reclamar una parte significativa de la fortuna de Jonathan.
¿Por qué le ofrecía tanto?
Su mirada se desvió de manera inconsciente hacia el bote de basura cercano, recordando las pastillas anticonceptivas que Jonathan había tirado.
¿Acaso este pago incluía tener un hijo?
Eso tendría sentido.
Al ver que Naomi dejaba el acuerdo sobre la mesa, la voz de Jonathan se volvió fría.
—Los términos son extremadamente generosos. No tientes a la suerte.
Al notar su malentendido, Naomi no se molestó en dar explicaciones. En su lugar, preguntó:
—¿Cuánto tiempo le queda a tu abuelo?
Como había trabajado de cuidadora, estaba dispuesta a ayudar a William a sobrellevar sus últimos días con las técnicas de cuidados paliativos que había aprendido del personal del hospital.
Jonathan entrecerró los ojos y su mirada se volvió gélida.
Después de un largo silencio, finalmente habló:
—Sin mi permiso, no verás a mi abuelo a solas. Por cada mes que viva más allá de lo que esperan los médicos, añadiré otros cien mil dólares a tu parte.
Su voz se endureció.
—Si intentas sacarme más dinero, solo estarás siendo codiciosa.
Jonathan tomó un bolígrafo, redactó la cláusula adicional en el acuerdo y se lo arrojó de vuelta.
—Fírmalo. Y recuerda, no visites a mi abuelo en la propiedad.
Sosteniendo la mirada escrutadora de Jonathan, Naomi tomó el bolígrafo y plasmó su firma.
Deslizó el acuerdo prenupcial de vuelta a través del escritorio.
—He cambiado la fecha de entrada en vigor al día anterior a nuestro registro civil. No te preocupes, no veré a tu abuelo sin permiso. Lo único que tienes que hacer es conocer a mis padres hoy.
Dicho esto, salió de su oficina.
Si no estuviera segura de que perdería en un enfrentamiento físico, le habría dado un buen puñetazo a ese hombre tan arrogante por subestimarla.
