Capítulo 1 El Precio del Silencio

POV ANIKA

El despacho de mi padre olía a todo lo que se quiebra de golpe: a café que se quedó frío, a tabaco que llevaba días encendiéndose una y otra vez, y sobre todo a derrota. Esa clase de derrota que no necesita palabras para sentirse en el aire, pesada y espesa como el humo que no se va.

Era media tarde en Miami, y afuera el sol caía con tanta fuerza que el asfalto brillaba, pero aquí adentro todo parecía haberse quedado quieto, helado, como si el tiempo se hubiera detenido solo para nosotros. Mi padre estaba hundido en su sillón de siempre, ese de cuero ya gastado que parecía haberlo sostenido durante años y ahora no daba para más. Tenía las manos cubriéndole la cara, los hombros caídos, y sobre el escritorio se amontonaban papeles que no necesitaba leer para saber qué decían: avisos de embargo, cartas de abogados, números que no daban, que no iban a dar nunca. Ocho millones de dólares. Una cifra tan grande que dolía solo de pensarla. Y en cuestión de horas, no de días, vendrían por él. Lo sacarían de aquí esposado, delante de todo el mundo, y su nombre, el nombre que yo conocí de niña, quedaría manchado para siempre.

—No hay forma de salir de esto, Anika —dijo, y su voz sonaba rota, como si le costara sacar las palabras—. Nos lo quitan todo. La empresa, la casa, mi nombre... mi libertad. No hay nada que hacer.

Me acerqué a él, queriendo decir algo, queriendo encontrar una frase que lo arreglara, pero no la tenía. Solo puse una mano en su hombro, y sentí cómo temblaba bajo mi palma. Y entonces escuché pasos en el pasillo: firmes, lentos, que no intentaban ocultarse. Algo en el pecho me dio un vuelco.

La puerta se abrió de golpe. Nadie llamó. Nadie pidió permiso.

Dos hombres aparecieron en el marco: altos, anchos, con trajes negros que parecían cosidos a la medida de alguien que no necesita sonreír nunca. Se quedaron ahí, uno a cada lado, sin moverse, sin parpadear siquiera. Y justo entre los dos entró él.

Vincent Volkov.

Verlo de cerca era muy distinto a verlo en las revistas de negocios que mi padre dejaba sobre la mesa. En las fotos se veía imponente; en persona llenaba la habitación solo con estar ahí. Era alto, de hombros tan anchos que parecían ocupar todo el espacio, y tenía esa manera de caminar que no deja dudas: la de alguien que está acostumbrado a que le dejen paso. No se veía como un hombre que pasa el día sentado firmando papeles; se movía con una calma que daba miedo, como si supiera exactamente dónde poner cada pie y qué iba a pasar después. Su traje gris oscuro le quedaba perfecto, sin una sola arruga, y sin embargo daba la impresión de que podía quitárselo en un segundo y ponerse algo mucho más peligroso.

Sus ojos, de un color gris extraño, como el cielo antes de la tormenta, recorrieron la habitación entera y luego se quedaron fijos en mí.

Sentí algo fuerte, repentino, que me sacudió por dentro. No era solo miedo. Era esa sensación instintiva que te avisa cuando estás frente a algo que puede hacerte daño y sabe perfectamente que puede hacerlo. Me recorrió de arriba abajo con la mirada, despacio, sin prisa, y sentí como si me hubiera quitado la ropa con la sola mirada.

—Señor Volkov... —mi padre intentó levantarse, pero sus piernas no le respondieron bien y tuvo que apoyarse en el escritorio para no caer.

—Quédate sentado, Miller —dijo Vincent. Su voz era grave, profunda, y sonaba con una autoridad que no necesitaba gritar para imponerse. Ni siquiera lo miró—. No he venido a hablar con alguien que ya está vencido.

Caminó hacia mí entonces. No hacia el escritorio, hacia mí. Cada paso suyo era como si estuviera cruzando una línea que nadie se atrevía a cruzar. Se detuvo tan cerca que tuve que echar la cabeza hacia atrás para mirarlo a la cara. Era mucho más alto. Podía oler su perfume: a madera de cedro, a algo limpio y fuerte, y a un toque de tabaco que no se confundía con nada. El calor de su cuerpo me llegaba aunque no me tocara, y sentí que me faltaba el aire.

—Así que tú eres la auditora —dijo, bajando la voz hasta que sonó como un susurro que solo yo podía oír—. La hija que revisa los números, que intenta arreglar lo que su padre rompió.

—¿Vino a reírse de nosotros o tiene algo que decir? —le respondí, apretando las manos a los costados para que no viera que me temblaban—. Si es para burlarse, puede irse ya.

Una sombra de sonrisa apareció en sus labios, pero no llegó a sus ojos. Dio un paso más y me encontré arrinconada contra la mesa, sin lugar a donde ir.

—Tengo algo mejor que una burla —sacó un fajo de hojas del bolsillo interior de su saco y lo dejó caer sobre la madera con un golpe seco—. Tengo una solución. Y tiene un precio.

Miré el papel. En la parte de arriba, en letras grandes y claras, ponía: Contrato de Matrimonio.

—Durará doce meses exactos —continuó, sin apartar la vista de mi cara—. Serás mi esposa legalmente. Saldrás conmigo a las cenas, a las reuniones, a todo lo que haya que salir. La gente nos verá juntos y pensará que somos la pareja perfecta. Y a cambio, hoy mismo pago toda la deuda de tu padre y hago que los fiscales dejen el caso. Quedarán en paz.

Mi padre soltó un sonido ahogado, como si no pudiera creer lo que escuchaba. Yo me quedé quieta, sintiendo cómo la sangre me subía a las mejillas, caliente y vergonzosa.

—¿Un matrimonio falso? —dije con desprecio—. Si solo quiere que la gente hable bien de usted, contrate a una actriz. Cualquiera sonreirá para las fotos.

—Las actrices hablan cuando se les acaba el dinero —respondió con frialdad—. Tú estás desesperada. Y la desesperación hace que la gente guarde los secretos. Además, la Terminal Sur que tu padre administra pasa a mi control con este matrimonio. Negocios claros para mí, salvación para ustedes. Todo cuadra.

—¿Y si digo que no?

Se acercó un poco más y me tomó de la barbilla. Su mano era grande, de piel áspera, con callosidades que sentí con toda claridad. Me levantó la cara hacia la suya, sin lastimarme pero sin dejarme moverme ni un milímetro. Estaba tan cerca que su respiración me rozaba los labios.

—Si dices que no, me voy por esa puerta y dejo que todo siga su curso —susurró, bajando la cabeza hasta que su voz me llegó al oído, haciéndome temblar de los pies a la cabeza—. Se llevan a tu padre. Y tú pasarás años pagando deudas que no podrás cubrir. No tienes elección, Anika. Tienes que firmar.

Quise apartarme, pero no pude. Su mano me sostenía con firmeza, y algo en la forma en que me miraba me dejaba sin palabras. Sentía su calor, su olor, y por debajo del miedo había algo más, algo que me avergonzaba sentir y que no quería reconocer.

—Suélteme —le dije, mirándolo a los ojos con todo el orgullo que me quedaba.

Me soltó despacio, no de golpe, como si disfrutara hacerlo a su propio ritmo. Me pasó el dedo pulgar por el labio inferior, una caricia rápida y áspera que me dejó la piel ardiendo, y luego me puso una pluma dorada en la mano.

—Firma —ordenó.

Mis dedos temblaban cuando tomé la pluma. El corazón me latía tan fuerte que creí que lo oiría él también. Miré a mi padre, vencido en su silla, y luego a Vincent, esperando sin prisa. Escribí mi nombre en la línea que indicaba el final.

Recogió el contrato y lo dobló con calma.

—Mañana a las ocho pasa el coche por ti —dijo, dándose la vuelta sin mirar a mi padre ni una vez más—. Ponte algo adecuado. No me gusta esperar.

Salió del despacho igual que había entrado: seguro, imparable, llevándose consigo el aire de la habitación y dejándome allí de pie, con la pluma todavía en la mano y la certeza de que mi vida ya no era mía.

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