Capítulo 2 Beso del tirano

POV ANIKA

El pequeño vestidor, acondicionado para la ocasión en la suite más alta de la torre de Brickell, olía a ramos de rosas blancas recién cortadas y a algo mucho más intenso: la tensión que se respiraba hasta doler en el pecho.

A las ocho en punto me habían recogido abajo, encerrada en la cabina de un coche blindado que parecía hecho para no dejar entrar ni la luz. Y aquí estaba yo, de pie frente al espejo, con el vestido que Vincent había mandado traer colgado justo delante. Era de satén blanco marfil, tan suave que parecía líquido, ceñido al cuerpo de una manera que no dejaba nada a la imaginación, con la espalda completamente descubierta hasta justo donde empezaban las caderas. Era precioso, sin duda, pero mientras lo miraba solo pude pensar que se parecía demasiado a una soga de seda, puesta ahí para apretarse alrededor de mi cuello.

Me metí en él despacio, subiendo la tela poco a poco, pero cuando llegué a la cremallera de la espalda, se trabó de golpe, justo a la altura de los omóplatos. La empujé, la tiré, hice fuerza con los dedos, pero el metal no se movió ni un milímetro. Solté un susurro lleno de rabia, forcejeando con la cremallera mientras mis manos resbalaban por la tela lisa y me sentía cada vez más torpe, más atrapada.

La puerta se abrió de golpe, sin llamar, sin avisar.

Me giré de un salto, apretándome el vestido contra el pecho con una mano para que no se me cayera. Vincent estaba ahí, en el marco. Ya vestía su esmoquin negro, perfecto, sin una sola arruga, con los hombros anchos recortados contra la luz del pasillo y una copa en la mano, con un licor de color ámbar que brillaba en la penumbra. No pidió perdón. No apartó la mirada. Solo se quedó ahí, mirándome de arriba abajo tan despacio que sentí el roce de sus ojos sobre mi piel, y me ardió de rabia.

—¿Nadie le enseñó a tocar antes de entrar en una habitación? —le solté, con la voz tensa, sintiendo que me faltaba el aire.

—Esta es mi casa, Anika. No pido permiso en mis propias habitaciones —respondió con esa calma suya que me ponía los nervios de punta. Dejó la copa sobre la cómoda y caminó hacia mí sin prisa, paso a paso—. Date la vuelta.

—Puedo llamar a una de las empleadas... alguien que me ayude.

—Dije que te des la vuelta —repitió. No gritó, pero había algo en su tono, algo tan firme y pesado que mi cuerpo obedeció antes de que mi orgullo pudiera decir que no.

Me puse de espaldas a él, apretando los dientes con fuerza. En el espejo, justo delante de nosotras, vi cómo se acercaba y se colocaba detrás de mí. Era tan grande que casi borró mi reflejo con su sombra. Sus manos, grandes y tibias, se posaron sobre mis hombros descubiertos.

Me estremecí sin poder evitarlo. Sus palmas no eran lisas ni suaves; tenían callosidades, piel áspera, como la de alguien que ha empuñado cosas pesadas toda la vida, y eso contrastaba de una manera extraña con lo elegante que iba vestido. Deslizó los dedos despacio hacia abajo, siguiendo la línea de mi columna, rozando la piel con el borde de los nudillos, bajando poco a poco hasta llegar a la cremallera atascada. Cada sitio donde pasaba su mano me dejaba una estela de calor que me erizaba la piel.

—Estás temblando —susurró, inclinándose hacia mí. Su aliento me acarició el cuello, cálido, con olor a whisky y a madera de cedro—. ¿Tienes miedo?

—Es asco —mentí, mirándolo fijamente a los ojos a través del cristal—. No tengo miedo de usted.

Sonrió de una manera oscura, apenas un movimiento de labios. Tiró suavemente de la cremallera, la destrabó con un solo gesto seguro y la subió despacio. Sentí el frío del metal deslizarse por mi espalda mientras su cuerpo se pegaba al mío, eliminando cualquier espacio entre los dos. Su pecho, duro y sólido, se apoyó contra mi espalda; a través de la tela delgada del vestido sentí la fuerza de sus músculos, como si fuera una pared viva.

No apartó las manos cuando terminó. Las deslizó hacia adelante, hasta mis caderas, y me apretó contra él con firmeza, como si ya estuviera marcando su territorio.

—Aprende a mentir mejor si quieres sobrevivir —me dijo bajito, al oído—. Ahí fuera hay gente que huele la debilidad desde lejos. Tú eres mi esposa, no una prisionera. Actúa como tal.

Me soltó de golpe, tan rápido que casi me tambaleo, y me quedé de pie sola, sintiendo el vacío donde había estado su calor, con la rabia y algo más que no quería nombrar revolviéndome por dentro.

Diez minutos después, las puertas dobles del salón principal se abrieron de par en par.

Había al menos cincuenta personas ahí dentro: banqueros de los más poderosos de Miami, inversores que venían de otros países, y un par de fotógrafos que solo habían podido entrar con permiso de su equipo. Caminé por el centro de la sala con la cabeza alta, sonriendo, como si todo fuera verdad, como si no estuviera vendiendo mi vida. Al fondo, junto al juez, Vincent me esperaba con las manos a la espalda y la cara inexpresiva, impasible.

Cuando llegué a su lado, tomó mi mano entre las suyas con una fuerza que no permitía que me soltara nunca. El juez empezó a hablar, a decir las frases que se dicen siempre, pero yo no escuchaba bien. Vi acercarse a un hombre de traje oscuro, con una cicatriz que le cruzaba la mandíbula, que llegó rápido y se inclinó sobre Vincent para hablarle al oído.

—Señor Volkov —dijo, con un acento fuerte que apenas pude reconocer—. La patrulla costera detuvo el barco en la terminal tres. El capitán no puede bajar el contenedor principal sin que revisen todo el cargamento.

La cara de Vincent no cambió ni un músculo. No apartó la vista del juez, pero apretó mi mano con tanta fuerza que sentí que me rompería los huesos.

—Dile que apague todos los sistemas de comunicación —respondió él, con una voz tan fría y baja que nadie más pudo oírlo—. Que se aleje hasta aguas internacionales y espere mi orden. Nadie toca ese cargamento. Yo me encargo esta noche.

El hombre asintió y se fue igual de rápido que había llegado. Se me revolvió el estómago al entender lo que significaba, pero no tuve tiempo de pensar.

—Los declaro marido y mujer —dijo el juez—. Puede besar a la novia.

De inmediato cientos de luces estallaron a nuestro alrededor, los flashes de las cámaras llenando todo de destellos blancos.

Vincent se giró hacia mí. No hubo duda, ni delicadeza, ni ese fingimiento que se espera en una boda. Me tomó por la nuca con la mano derecha, me enredó los dedos en el pelo recogido y me echó la cabeza hacia atrás con firmeza. Con el otro brazo me rodeó la cintura y me levantó un poco del suelo, pegándome a su cuerpo con una fuerza que me dejó sin aire.

—Abre la boca, Anika —me ordenó, muy cerca de mis labios, con una voz que no admitía negativa.

Y entonces me besó.

No fue un beso para las fotos. No fue suave, ni educado, ni fingido. Fue como una tormenta: exigente, hambriento, como si quisiera tomar algo que consideraba suyo. Sus labios me presionaron con fuerza, me obligó a abrir la boca y su lengua entró con una audacia que me dejó sin aliento. Me estremecí entera, odiándolo y sintiendo al mismo tiempo un fuego extraño que me recorría desde el vientre hasta las puntas de los pies. Mis manos se agarraron a su ropa, arrugando la tela cara, mientras él profundizaba el beso, como si estuviera demostrándome y a todos los que nos miraban que no tenía ninguna prisa en reclamarme.

Cuando por fin se apartó, me quedé sin fuerzas, teniendo que sujetarme de su brazo para no caerme. Sus ojos grises estaban oscuros, brillando con un deseo que no intentó ocultar, aunque la gente siguiera aplaudiendo alrededor.

—Perfecta —dijo, bajito y frío—. Una actuación digna de tu apellido nuevo.

La recepción fue horas interminables de sonreír, de chocar copas, de escuchar a gente que no conocía decirme lo bonita que era nuestra pareja. Él tenía la mano puesta en mi espalda baja todo el tiempo, marcando territorio, y yo fingía complicidad mientras mi cabeza no dejaba de dar vueltas a lo que había oído: el barco, el contenedor, la orden de alejarse.

Cuando el último invitado se fue y las luces se apagaron, la farsa terminó de golpe.

Vincent se quitó la corbata de un tirón, caminó hasta el pasillo y se detuvo delante de una puerta.

—Esa es tu habitación —dijo, sin mirarme—. La mía está al otro lado. Mi despacho siempre estará cerrado. No cruces el pasillo de noche. No busques lo que no te corresponde si quieres seguir viva mañana.

Antes de que pudiera responder, se dio la vuelta y se fue hacia su zona, dejándome sola en la penumbra, con el corazón a mil por hora y el recuerdo de su beso todavía ardiendo en mis labios.

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