Capítulo 3 Tentación a Medianoche
POV ANIKA
Dormir en esa habitación era algo imposible. Lo intenté, me obligué a cerrar los ojos, pero no había manera. El silencio del ático era tan denso que casi se podía tocar: solo lo rompía el viento que silbaba contra los cristales reforzados y el zumbido suave y constante del aire acondicionado. Me pasé horas dando vueltas entre las sábanas de seda, con la piel ardiéndome, como si el calor de lo que había pasado en la boda no quisiera apagarse. Cada vez que cerraba los ojos, no veía a los invitados ni los destellos de las cámaras; sentía la mano de Vincent en mi nuca, su cuerpo rodeándome, y la forma en que me había besado frente a todos, como si yo fuera de su propiedad.
Odiaba pensar en ello, pero lo que sentía era una mezcla rara: desprecio puro por él, y algo más, algo oscuro y confuso que me negaba a llamar deseo, algo que me hacía sentir culpable y débil al mismo tiempo.
A la una de la madrugada, la sed me venció. Me ardía la garganta. Me levanté descalza, me puse una bata de satén negro que apenas me cubría hasta media pierna y la crucé sobre el camisón fino, atando el lazo sin ganas. Abrí la puerta despacio, procurando que no hiciera ruido. El pasillo estaba bañado en una luz azulada y tenue, el reflejo de las luces de la ciudad que entraba por los ventanales. Caminé despacio, pegada a la pared, sin hacer ruido, cuidando de no llamar la atención de los dos guardias que estaban de pie junto al ascensor, inmóviles como estatuas.
Llegué a la cocina, me serví un vaso con agua helada y me quedé apoyada en la isla de mármol negro, mirando las luces de los rascacielos de Brickell. El frío del cristal en mis manos me ayudaba un poco a calmarme. Me dije a mí misma que esto era solo un trato, un contrato, que solo tenía que aguantar un año y luego sería libre. Solo un año.
Un sonido metálico muy suave a mi espalda me heló la sangre.
—¿No puedes dormir, señora Volkov?
La voz salió de las sombras junto al bar. Era grave, áspera, como si hubiera estado bebiendo o llevara horas sin hablar. Me erizó la piel de los brazos entera.
Me giré deprisa, apretando el vaso entre las manos.
Vincent estaba sentado en uno de los taburetes altos, recostado contra la pared, con las piernas largas estiradas. Llevaba solo los pantalones negros del traje; se había quitado la chaqueta y la camisa estaba desabotonada por completo, dejando ver el pecho ancho y bronceado, marcado por músculos duros y definidos. Tenía un vaso en la mano con un poco de licor oscuro y me miraba sin disimulo, recorriéndome despacio de arriba abajo, por las piernas descubiertas y por el escote entreabierto de la bata, con esa mirada que hacía sentir que me estaba quitando la ropa.
—No sabía que estabas aquí —dije, dando un paso atrás, luchando para que mi voz no temblara.
Dejó el vaso sobre la encimera con un golpe seco y se puso de pie. No tenía prisa, pero en dos zancadas enormes estuvo frente a mí, ocupando todo el espacio. Antes de que pudiera rodear la isla para volver a mi habitación, extendió el brazo y lo apoyó en la encimera, justo a mi lado, bloqueándome el paso. Estaba tan cerca que sentía su calor, mezclado con el olor a whisky, a tabaco y a la brisa del mar que llevaba pegada a la piel.
—Te dije que no anduvieras de un lado a otro a estas horas —murmuró, inclinando la cabeza hacia mí.
—Solo fui por agua —lo miré a los ojos, sosteniéndole la mirada aunque el corazón me latía a mil—. No estoy rompiendo ninguna de tus reglas.
—Andar vestida así, delante de mis hombres, no es lo que acordamos —dijo, bajando la voz hasta que sonó como un susurro junto a mi oído—. Eso no respeta lo que tenemos.
Puso la otra mano en la encimera, del otro lado, y quedé encerrada entre sus brazos, sin sitio a donde ir. Estábamos tan cerca que sentía la tela de mi camisón rozar su ropa, y el calor de su pecho sobre el mío, tan fuerte que podía sentir cómo latía su corazón, lento y firme.
—Tus hombres no pueden verme desde aquí —respondí, obligándome a no apartar la vista—. Y no eres nadie para decirme cómo vestirme cuando estoy sola.
Una sonrisa apareció en sus labios, apenas un gesto, oscuro y peligroso. Dio un paso más hacia mí y tuve que echar la espalda contra la mesa. Levantó la mano y pasó el dorso de los dedos por mi mandíbula, despacio, bajando por el cuello hasta detenerse en la clavícula. Su piel era áspera, y donde me tocaba quedaba una estela de fuego. No pude evitar temblar.
—¿Te pongo nerviosa, Anika? —preguntó con voz ronca, rozando con el pulgar la piel de mi muñeca, justo donde se me notaba el pulso acelerado—. Tiemblas cada vez que me acerco.
—Te odio —le dije, apretando los dientes—. Odio lo que eres. Odio haber tenido que venderme a alguien como tú.
Lejos de enfadarse, sus ojos se oscurecieron más, con ese brillo de deseo que me confundía y me asustaba a la vez. Bajó la cabeza muy despacio, acercando la suya hasta que sus labios casi tocaron los míos. Sentí el roce, leve como un chispazo, y cerré los ojos sin querer. Su aliento me quemaba, y sentí la mano en mi cintura, apretándome contra él, tan fuerte que no quedaba ni un milímetro de aire entre los dos. Me atrajo hacia sí y sentí su cuerpo contra el mío, reclamándome sin decir una palabra, y me quedé sin aliento.
Estaba a punto de besarme, lo sabía. Mis manos se posaron en su pecho, sintiendo la piel caliente y la tensión de sus músculos, y en ese momento supe que quería que lo hiciera. La idea me llenó de vergüenza, pero era verdad: quería que me besara, que me tomara, que borrara todo lo demás.
Pero entonces se detuvo. Se quedó a un milímetro de mi boca, respirando agitado, mirándome como si supiera exactamente lo que estaba pensando. Y sonrió, frío y arrogante.
—Todavía no, muñeca —susurró contra mis labios—. No hasta que aprendas a pedírmelo de rodillas.
Me soltó de golpe, como si de repente le quemara tocarme. Se dio la vuelta, tomó su vaso y se fue caminando despacio hacia su despacho, sin mirar atrás. Me quedé sola en la penumbra, con la respiración entrecortada, temblando de rabia y de algo más que no me atrevía a nombrar.
