Capítulo 4 Piel, Sangre y Cenizas
POV ANIKA
A las tres de la madrugada, el sonido del ascensor deteniéndose rompió el silencio que pesaba sobre todo el ático.
Yo no había podido dormir. Después de lo que pasó en la cocina, me quedé dando vueltas en la oscuridad, con la bata puesta, sin saber si quedarme quieta o salir a buscarlo. Entonces escuché algo más: un golpe sordo, como si alguien chocara contra la pared del pasillo, seguido de un paso lento y pesado.
Abrí la puerta despacio. El aire del pasillo traía un olor que me heló la sangre: pólvora recién quemada y ese olor metálico, denso e inconfundible de la sangre.
A pocos metros, recortado contra la luz tenue del recibidor, caminaba Vincent. Iba encorvado, sosteniéndose el costado izquierdo con una mano, y la chaqueta del traje le colgaba de la otra, arrastrándola sin fuerzas. Se detuvo frente al baño principal, apoyó la frente en el marco de mármol y respiró hondo, con dificultad, como si cada inspiración le doliera.
Di un paso hacia él sin pensarlo.
—Vincent... —susurré.
Giró la cabeza de golpe. Tenía los ojos muy abiertos, brillantes y salvajes, con una mirada que no parecía pertenecer al mismo hombre de siempre.
—Vuelve a tu habitación, Anika —dijo con voz ronca, rota—. Ahora mismo.
No le hice caso. Me acerqué y vi lo que temía: su camisa blanca estaba empapada de rojo oscuro desde las costillas hasta la cintura, la tela rasgada y pegada a la piel.
—Te estás desangrando —dije, sintiendo un nudo frío en el estómago—. Voy a llamar a una ambulancia o a alguno de tus hombres...
—¡Nadie llama a nadie! —soltó entre dientes, empujando la puerta del baño y entrando casi sin poder sostenerse—. Si viene un médico, vienen preguntas. Y no quiero a la policía aquí antes de que salga el sol. Cierra la puerta y vete si no puedes con esto.
Se apoyó en el borde del lavabo, respirando entrecortado. En el espejo lo vi: agotado, al límite, pero con la mandíbula apretada, negándose a ceder. Tiró la chaqueta al suelo y algo pequeño y doblado se deslizó del bolsillo interior, cayendo sobre los azulejos húmedos, pero él no lo notó.
Cerré la puerta con llave y me acerqué.
—Quítate la camisa —le dije, abriendo los armarios hasta encontrar el botiquín—. No tienes tiempo de discutir.
Me miró a través del espejo, con una expresión entre incredulidad y desdén.
—No te pedí ayuda.
—No te la ofrezco por lástima —respondí, sacando gasas, desinfectante y una toalla limpia—. Es porque si te mueres aquí, tus hombres me culparán a mí antes de que pueda llegar al garaje. Así que coopera.
Me puse frente a él. Mis dedos, helados, tocaron los botones de su camisa manchada de sangre. Lo desabroché despacio, apartando la tela con cuidado. Vincent no hizo ningún ruido, pero vi cómo cada músculo de su espalda y su pecho se tensaba como si fuera de acero.
Cuando la tela cayó, la herida quedó a la vista: un corte largo y profundo en el costado izquierdo, justo donde una bala lo había rozado de cerca. La sangre no dejaba de brotar, lenta pero sin detenerse.
Empapé la toalla en agua tibia con desinfectante.
—Va a doler —le avisé, levantando la vista hacia él.
—Hazlo —dijo, sin apartar la mirada.
Presioné la gasa con firmeza alrededor de la herida. Apretó los dientes con tanta fuerza que se le marcaron los tendones del cuello, pero no se movió ni un milímetro. Me sostuvo la mirada todo el tiempo, con esos ojos grises intensos, fijos en los míos, como si el dolor no fuera nada comparado con otra cosa que llevaba por dentro.
Limpié la zona con cuidado, quitando la sangre seca y los restos de pólvora. Mis manos trabajaban rápido, pero sentía el calor de su piel, la dureza de su cuerpo, y su respiración golpeándome la cara a cada instante.
—Tienes manos firmes —dijo, bajito—. Para alguien que pasa el día con números.
—Aprendí a arreglar cuentas que no cuadraban —respondí sin mirarlo directamente—. Esto no es tan distinto.
Estaba a punto de ponerle las tiras adhesivas cuando su mano se cerró de golpe alrededor de mi muñeca. No me lastimó, pero me retuvo con fuerza, y sus dedos, manchados de sangre, ardían contra mi piel.
—Mírame, Anika —ordenó, casi en un susurro.
Levanté la vista. Estábamos tan cerca que nuestros rostros casi se tocaban. Su pecho subía y bajaba justo frente al mío; sentía su corazón latir fuerte y rápido bajo mi mano, que descansaba sobre su piel para no perder el equilibrio.
—¿Por qué no tienes miedo? —preguntó, inclinándose un poco más—. Cualquier otra mujer habría huido o estaría llorando. Tú estás aquí, limpiándome la sangre. Sabes lo que soy. Y aun así no te vas.
—Porque sé que irme no me salvaría —respondí, casi sin voz—. Tú no me dejarías ir, Vincent. Lo sé.
Sus ojos brillaron con esa luz oscura y hambrienta que ya había visto antes. Tiró de mi muñeca suavemente y me pegó a su cuerpo, sin importarle la herida, sin importarle nada. Su respiración se mezcló con la mía, y sentí sus labios rozarme apenas la comisura de la boca, como si estuviera a punto de besarme, como si estuviera luchando consigo mismo para no hacerlo.
Y entonces mis ojos bajaron al suelo.
Allí, entre los pliegues de su chaqueta tirada, estaba el papel doblado que se le había caído. Vi los nombres escritos: un fiscal y un capitán de la guardia costera. Y más abajo, claras, las coordenadas de la Terminal Sur.
El corazón me dio un vuelco. La prueba estaba ahí, a mis pies.
Vincent notó que me quedaba rígida. Me soltó despacio, como si despertara de pronto, y dio un paso atrás, apoyándose de nuevo en el lavabo. Su cara volvió a cerrarse, recuperando esa frialdad que lo hacía parecer inalcanzable.
—Termina de vendarme y vete a dormir —dijo con voz seca—. Mañana tenemos que aparecer como la pareja perfecta ante todo el mundo.
Me obligué a seguir. Pegué la última tira con manos que no dejaban de temblar y me agaché para recoger las toallas sucias. Pasé la mano por encima del papel, lo tomé rápido y lo escondí dentro de la manga de mi bata, sin que me viera. Luego salí del baño sin mirar atrás, con el papel ardiendo contra mi piel.
