Capítulo 5 La Marca del Monstruo
POV ANIKA
El vestido era de satén verde esmeralda, largo hasta el suelo, con una abertura que subía despacio por mi muslo izquierdo y dejaba la espalda completamente descubierta. Estaba frente al espejo terminando de ponerme los pendientes cuando la puerta se abrió sin llamar.
Vincent entró caminando tranquilo. Llevaba su esmoquin negro hecho a la medida, impecable, la camisa blanca cerrada hasta el cuello y la corbata anudada con perfección. Cualquiera que lo viera ahora mismo jamás creería que apenas doce horas atrás estaba desangrándose en el baño; solo un detalle lo delataba: al sostener el lado izquierdo del cuerpo, se notaba una rigidez leve, como si cada movimiento le costara, justo donde yo misma le había puesto el vendaje.
Traía en la mano una cajita pequeña, forrada de terciopelo negro. Se detuvo justo detrás de mí. En el espejo, sus ojos grises se encontraron con los míos y recorrieron mis hombros descubiertos, despacio, con una intensidad que me aceleró el corazón sin pedirme permiso.
—Date la vuelta —dijo bajito.
Me giré despacio, levantando la barbilla para no mostrarme insegura. Abrió la caja y allí estaba: una gargantilla de diamantes y oro blanco, fría y reluciente, como un hilo de hielo. La sacó con una sola mano y dio un paso más, acercándose tanto que sentí su olor: cedro, cuero, esa fragancia que ya se me había quedado pegada a la memoria.
Me la puso alrededor del cuello. Sus manos eran grandes, las yemas ásperas y calientes, y rozaron mi nuca con una lentitud que no era inocente, mientras el metal helado me tocaba la piel. Su pecho rozó el mío y de pronto estaba respirando su mismo aire.
—Esta noche no te alejas de mí ni un paso, Anika —susurró, inclinándose hasta que sus labios casi tocaron la base de mi garganta, enviándome un escalofrío que me recorrió toda la columna—. Que todos los que estén ahí vean a quién perteneces.
—No soy un objeto para que lo enseñes, Vincent —respondí, mirándolo a los ojos, desafiante, aunque estaba a solo unos centímetros de su cara.
Cerró el broche y sus dedos no se apartaron de inmediato; bajaron despacio por mis clavículas, una caricia lenta y posesiva que me dejó sin aliento.
—No eres un trofeo —dijo con una sonrisa oscura—. Eres mi esposa. Y lo que es mío, nadie lo toca.
El salón del hotel Faena era un mundo de lujo deslumbrante. Grandes lámparas de cristal iluminaban la sala llena de gente poderosa: banqueros, jueces, políticos, todos con copas de champán en la mano y sonrisas que no llegaban a los ojos. La música sonaba suave al fondo.
Durante dos horas representamos la obra. Su mano no se apartó nunca de mi espalda baja; me guiaba, me sostenía, me apretaba contra él cada vez que alguien se acercaba. Yo sonreía, saludaba, respondía preguntas, pero todo el tiempo era consciente de su calor, de su olor, de la forma en que me miraba cuando nadie nos veía.
Estábamos cerca de la terraza, tomando un poco de aire, cuando una voz rasposa y burlona llegó hasta nosotros.
—Vaya... el intocable rey de la bahía por fin trajo compañía.
Nos giramos al mismo tiempo. Ahí estaba Matteo Russo. Llevaba un esmoquin azul demasiado llamativo, una copa en la mano y una sonrisa que parecía llena de veneno. No miró a Vincent; sus ojos se clavaron en mí, recorriéndome de arriba abajo con una insolencia que me hizo sentir sucia.
—Qué lástima que algo tan bonito esté con alguien que pronto va a perderlo todo —dijo, dando un paso hacia mí—. Dicen que anoche tuviste problemas en la Terminal Sur, Volkov. Qué torpeza.
El aire se volvió pesado y frío a la vez. Sentí cómo cambiaba Vincent antes de que hiciera nada. Su mano en mi espalda me atrajo hacia él con fuerza, cubriéndome por completo con su cuerpo, escondiéndome detrás de su anchura. Metió la otra mano en el bolsillo del saco, despacio, sin prisa. Dio un paso adelante, bloqueando a Russo por completo.
—Mírala una vez más —dijo, con una calma que daba mucho más miedo que un grito— y aparecerás ahogado en los Everglades antes de que salga la luna. Y nadie te buscará.
Russo palideció. Su sonrisa desapareció. Dio un paso atrás, fingió arreglarse la corbata y se perdió entre la gente sin decir una palabra.
Vincent no esperó más. Me tomó de la mano y me sacó del hotel caminando rápido, sin detenerse a saludar a nadie. El coche blindado nos esperaba ya con el motor encendido. En cuanto cerramos la puerta, el auto se puso en marcha por la avenida, entre luces de neón que se filtraban tenues por las ventanas oscuras.
Me recosté en mi lado, tratando de calmarme, de ordenar lo que acababa de pasar.
—No tenías que hablarle así, delante de todos —le dije, intentando parecer tranquila.
No respondió de inmediato. Se aflojó la corbata de un tirón, respirando fuerte, como si algo por dentro le ardiera. De pronto se giró hacia mí, me tomó de la cintura y me sentó sobre sus rodillas antes de que pudiera apartarme.
El vestido se deslizó hacia arriba y sentí su ropa directamente sobre mi piel. Me sujetó las caderas con fuerza, apretándome contra él de una manera que no dejaba dudas.
—¿Te gusta que te miren así? —me dijo, con la voz ronca y los ojos brillando de rabia y de algo más—. ¿Te gusta que te deseen?
—Suéltame... el chofer está ahí —susurré, sintiendo cómo el calor me subía por el cuerpo a pesar de todo.
—No ve nada —respondió, pasándome la mano por el pelo y tirando suavemente hacia atrás para dejarme el cuello al descubierto—. Contesta.
—¡No me gusta! —le dije, casi sin voz, con las manos apoyadas en sus hombros—. Y tú no eres mi dueño. Solo firmamos un papel.
Soltó una risa baja, amarga, que me hizo vibrar contra su pecho. Bajó la cabeza y me mordió el cuello, justo debajo del collar, despacio, con fuerza suficiente para dejar huella, y solté un gemido sin querer.
—Ese papel dejó de ser solo un papel la noche que me limpiaste la sangre, muñeca —susurró contra mi piel—. Ya te lo dije: eres mía. Y si tengo que quemar todo esto para que nadie te toque, lo hago. Con todo y contigo adentro.
