Capítulo 6 La misma cama
POV ANIKA
El viaje de regreso desde el hotel transcurrió en un silencio que pesaba como plomo. Nadie hablaba, nadie se movía de más; solo el zumbido suave del motor y el paso de las luces de la ciudad sobre los cristales polarizados rompían la quietud.
En cuanto el coche frenó en el garaje subterráneo, todo cambió. Cuatro hombres de seguridad nos esperaban formando un círculo cerrado, con las manos cerca de las armas, atentos a cualquier sombra. Cuando las puertas del ascensor se abrieron en el piso cincuenta, vi a dos técnicos trabajando ya en los paneles del pasillo del ala este, desmontando y revisando cada conexión.
—Cierren esa zona por completo —ordenó Vincent sin detenerse, quitándose la chaqueta de un tirón que reveló lo mucho que le dolía el costado—. Anulen todas las tarjetas de servicio. Nadie entra ni sale sin mi autorización. Russo cree que puede venir aquí a probar suerte, pero antes de que salga el sol sabrá que aquí no hay ninguna rendija por donde meterse.
—Sí, señor Volkov —respondió el jefe de guardia, firme y rápido.
Me quedé quieta en el recibidor, recogiendo el borde del vestido esmeralda entre los dedos. El aire acondicionado refrescaba la tela fina, pero yo seguía sintiendo el calor de su boca en mi cuello y la fuerza con la que me había apretado contra él en el asiento trasero.
—¿Por qué cierran mi ala? —pregunté, esforzándome por mantener la voz firme—. Mi habitación está ahí.
Vincent se detuvo frente a las puertas dobles de su suite y se giró despacio. Ya se había aflojado la corbata y desabotonado la camisa arriba, dejando ver la piel bronceada y el borde del vendaje que yo misma le había puesto la noche anterior. Sus ojos grises estaban oscuros, profundos, como el mar antes de que estalle la tormenta.
—Estaba —corrigió con voz grave—. A partir de esta noche, esa habitación ya no es tuya.
Di un paso hacia él, sintiendo cómo el corazón empezaba a golpearme con fuerza contra las costillas.
—Esa era la condición, Vincent. Habitaciones separadas. Tú mismo dijiste que tendríamos límites.
Una sonrisa amarga, sin rastro de alegría, apareció en sus labios. En lugar de discutir, dio media vuelta y caminó directo hacia mi cuarto. Lo seguí, con los tacones resonando con rabia sobre el mármol.
Cuando llegué a la puerta, me quedé helada.
Vincent ya estaba ahí. Con una calma que me exasperaba, sacó del armario mis vestidos, los tomó del brazo como si fueran suyos, recogió mi bolso y mi neceser del tocador.
—¿Qué haces? —le exigí, poniéndome delante para cortarle el paso.
No retrocedió ni un milímetro. Se quedó tan cerca que tuve que alzar la cabeza para mirarlo. Era enorme, me envolvía por completo; su olor a madera, cuero y adrenalina me llegaba tan fuerte que me mareaba y me enfurecía a la vez.
—Hago lo que tiene sentido, Anika —dijo, bajando la cabeza hasta que su mirada se clavó en mis labios—. Russo te vio. Te miró. Y vio que no te asustaste. Para él, ahora eres la forma de llegar a mí. No voy a mantener a cuatro hombres vigilando un pasillo solo para que tú te sientas cómoda.
—¡Puedo protegerme sola! No necesito que decidas por mí...
Antes de que terminara, dio un paso más y me tocó el cuello con la mano, rozando justo donde me había dejado la marca. El roce fue tan cálido y tan intenso que me quedé sin aire, con la boca entreabierta sin querer.
—Bajo mi techo, mi esposa duerme donde yo duermo —susurró, con una voz que me llegó directo al vientre—. Si necesitas aire, sal al balcón. Pero esta noche tu cabeza descansa en mi almohada.
Me rodeó y salió de la habitación con mis cosas, caminando como si llevara algo que le pertenecía sin discusión. Me quedé un instante apretando los puños, con rabia y algo más, algo vergonzoso y cálido que me recorría por dentro, y luego lo seguí. No quería quedarme sola en una zona cerrada y vacía.
Su suite era inmensa. En el centro, una cama enorme con sábanas oscuras daba al ventanal que miraba la bahía iluminada. Había dejado mi ropa en un sillón y mis cosas en la mesita de noche. Entré al baño, me lavé la cara, me quité el vestido y me puse un camisón sencillo de satén gris, largo pero con tirantes finos que dejaban los hombros al descubierto. Al mirarme al espejo vi la marca roja todavía visible en la clavícula.
Cuando salí, la habitación estaba en penumbra. Solo una lámpara tenue y la luz azulada de la ciudad iluminaban el espacio.
Vincent ya estaba acostado. Se había quitado la camisa; su torso ancho quedaba al descubierto, con cicatrices pálidas y el vendaje blanco sobre las costillas. Llevaba solo los pantalones del pijama, con los brazos detrás de la cabeza, y me miraba desde que entré.
Cada paso hacia la cama me costó como si caminara bajo el agua. Me metí bajo las mantas por el lado izquierdo, pegada al borde, dejando un espacio amplio entre los dos.
—Buenas noches —dije con sequedad, dándole la espalda y abrazando la almohada.
El silencio volvió a llenar la habitación. Podía escuchar su respiración tranquila, pausada, y sentir el calor de su cuerpo aunque no me tocara. Los minutos pasaban lentos, y mi mente no dejaba de dar vueltas: a Russo, a los papeles que había escondido en el ala cerrada, a lo que significaba estar allí, acostada en la misma cama que él.
Poco a poco el cansancio empezó a pesarme más que el miedo. Cerré los ojos.
No sé cuánto tiempo pasó cuando un movimiento en la cama me despertó de golpe.
Un brazo pesado y caliente me rodeó la cintura. Antes de que pudiera gritar o apartarme, me atrajo hacia él con un solo movimiento firme. Mi espalda chocó contra su pecho desnudo; sentí su calor en toda la espalda, sus piernas pegándose a las mías, encerrándome sin dejarme sitio a donde ir.
—¿Qué haces? —traté de zafarme, poniendo las manos sobre su brazo, pero solo me apretó con más fuerza.
—Cállate y duerme, Anika —dijo contra mi nuca, con la voz espesa por el sueño—. Nadie te va a tocar.
Su aliento me quemaba la piel del cuello a cada respiración. Lo sentía tan cerca, tan sólido, que su ritmo terminó por imponerse al mío. Quise resistirme, quise enfadarme, pero el calor de su abrazo me desarmó por completo. Y allí, acurrucada contra él, sin poder escapar, cerré los ojos y dejé que el sueño me venciera.
