Capítulo 1 La huída
La lluvia caía sobre mí, mientras trataba de huir de mis perseguidores, mi padre me había cedido como parte de pago de una deuda, él apostaba con frecuencia y siempre perdía, ya había empeñado todo lo de valor, hasta que lo único valioso fuí yo.
Me era difícil controlar las lágrimas, corría por mi vida, por mi honor, esos hombres eran como bestias y de seguro harían cosas aberrantes con mi cuerpo, no quería que mi primera vez fuera así, con un grupo de hombres borrachos, cuyo aroma era agrio y se mezclaba con el humo de tabaco.
De repente escuché los perros ladrar, las voces se acercaban por el callejón, los perros me encontrarían y ellos me tendrían a su merced en unos pocos segundos, corrí rápido, las piedras clavándose en mis pies descalzos, mi vestido de pijama blanco se volvió transparente por el agua de lluvia, entonces sentí el golpe contra mi costado y todo se volvió oscuro, moriría allí, arrollada, eso sería mejor que ser mancillada por esos hombres.
El automóvil se detuvo en secó, debido al impacto.
—Creo que he atropellado a un vagabundo—comentó el chófer a su jefe.— Veré si aún respira,—se bajó del vehículo y comprobó que había atropellado a una joven, no debía tener más de dieciocho años, su tez clara y cabellera rojiza la hacía ver demasiado guapa, sin mencionar el hecho de que su vestido no dejaba nada a la imaginación.
—Apúrate—su jefe se quejó bajando la ventanilla del vehículo—, tragó saliva al ver la hermosura de la joven que estaba inconsciente; sin importarle la lluvia bajó del automóvil y quitándose el sacó cubrió la silueta de ella.—Llama al médico— ordenó mientras acomodaba cuidadosamente a la joven en el asiento trasero del automóvil.
La chica era hermosa, le recordaba a las estatuas de mármol que había visto en sus distintos viajes, tanta hermosura merecía ser apreciada.
Con cuidado depósito el cuerpo de la chica sobre una cómoda cama con sábanas de seda, para que el médico la examinara, accedió a esperar afuera aunque eso le disgustaba.
—El golpe le fracturó tres costillas del lado izquierdo, será un poco doloroso, pero no hay ningún órgano comprometido, por lo que se recupera tranquilamente, le recetare un par de analgésicos para el dolor—dijo el doctor mientras garabateaba en un recipe que luego le entregó al chófer.
—Necesitara reposo—la voz de Vitto sonó fuerte. El medico asíntio.
Vitto subió a la habitación, la chica estaba seca y llevaba una pijama rosada, que el ama de llaves le había colocado.
La mano de Vitto se deslizó por la mejilla de la joven y cuando estaba a punto de besar sus labios está despertó.
—Suéltame—la fiereza de la joven le hechizó, tanto que dejó escapar una risita leve.
—No deberías moverte, estás herida—la chica hizo un gesto de dolor y él corrió hasta ella.
—No hagas eso, la cargó en brazos y la llevó hasta la cama.— Pórtate bien.
—No me haga daño, por favor—la chica temblaba.— Por favor —sus enormes ojos verdes se cruzaron con los ojos oscuros del hombre, mientras ella abrazaba sus rodillas a su pecho con fuerza, como tratándose de proteger.
—Jefe, traje las medicinas—el chófer entró en la habitación con una bolsita llena de pastillas.
—llama a la Nana, que ella se encargue de cuidarla—, rompió el contacto visual. Sin más que decir ambos hombres salieron de la habitación.
—Ellos me desvistieron—susurró bajito mientras inspeccionaba la pijama de seda rosa que le cubría.
—Fuí yo—una mujer regordeta con tez clara y sonrisa gentil, interrumpió sus palabras—, deseas algo de desayunar—la mujer puso ante ella una bandeja con panes, fruta fresca, huevos revueltos y tocino.
—No, gracias—alcanzó a responder andes de que el gruñido de su estómago la delatara.
—Come algo, se nota que estás hambrienta—la voz de la mujer era gentil.
—Está delicioso—la joven respondió luego de probar la comida.
—Me alegra que te guste— con cuidado le sirvió un vaso de jugo que está bebió de inmediato.
—Necesito que sepas algo—la muchacha asintió mientras comía.— Está no es una familia como las otras, lo que veas o escuches aquí no debe salir de estás paredes.
—No pienso divulgar sus asuntos personales.
—Eres una chica inteligente, no te pasará nada malo mientras estés al cuidado del Don.
—No asustes a la señorita—la voz gruesa y masculina se hizo presente.
—Disculpe—ella bajó la mirada ante él.
—Lamentablemente lo que la nana dice, es verdad—la miró fijamente, examinando cada detalle en su rostro—, sin embargo creo que no puedo arriesgarme contigo por eso he pedido que redacten un contrato matrimonial, serás mi esposa durante un año, así me aseguraré de que mis secretos sigan a salvo.
—Casarnos, pero si ni siquiera sé su nombre.
—Yo soy Vittorio Casanova, me imagino que ya debes saber quién soy—él acortó la distancia entre ambos y lamió la mejilla de ella—tenías mermelada en el rostro.
—Nunca he oído su nombre—fue sincera, mientras limpiaba las comisuras de sus labios con la servilleta.
—Mi nombre es Angelica Díaz, mi padre era inmigrante y mi madre falleció al darme a luz.
—Creo que tú familia no se equivocó con el nombre, porque pareces un ángel dulce y delicado.
—Los hombres de los que corrías esa noche, tus clientes, no debes preocuparte por ellos. Yo me he encargado de que no te molesten más. Es una lástima que una mujer tan hermosa allá tenido que rebajarse a satisfacer a seres tan desagradables como esos.
—Yo no—intentó decir Angelica con las mejillas rojas de vergüenza, el hombre ante ella pensaba que era una prostituta.
—No estoy pidiendo explicaciones, de seguro tuviste tus razones.
Él salió de la habitación y ella rompió a llorar, si bien no la habían tocado le habían hecho creer a todos que sí, ya no tenía nada que perder ante los ojos de la sociedad, así que aceptar ser una esposa por contrato no era nada, pues para todo era una mujer que vendía sus favores a un grupo de borrachos por dinero.
Hasta su futuro esposo lo creía, si llegaba a casa con esa fama seguro más de uno intentaría aprovecharse de ella, así que ya no había vuelta atrás se casaría con ese desconocido aunque él no la amara nunca y en un año se iría lejos donde nadie la conociera.
