Capítulo 2 El contrato

Las cortinas y ventanas son abiertas de golpe por una jovencita con traje gris.

—Apúrese, ya no queda tiempo—se notaba estresada cuando me levanto y casi me obliga a entrar en la bañera.—La modista llegará en un par de horas y el abogado está esperando en la biblioteca—diciendo esto colocó shampoo en mi cabello y empezó a frotar.

—Yo puedo sola—me quejé, pero ella me ignoró.

—Venga—me envolvió en una toalla blanca y volvimos a la habitación, una selección de vestidos estaba puesta sobre la cama.

—Creo que el rojo le irá bien—diciendo esto comenzó a vestirme apresuradamente.

—No me siento cómoda—confesé, el escote del vestido era demasiado bajo para mí gusto.

—Lo siento, pero no puedo hacer nada, me avisaron a último momento.

La puerta se abrió y una mujer mayor entró con té y galletas. La mujer me tendió una taza de té de jazmín, lo cual le cayó bien a mi estómago hambriento.

—No es momento para comer, debe ir con el abogado de inmediato—me llevó apresuradamente escaleras abajo—, la señorita está aquí.

—Pasé señorita—dijo el hombre con amabilidad.

—Mi nombre es Angelica—dije un poco nerviosa.

—Tranquila, señorita Angélica esto es algo de rutina, el señor Casanova me ha dado instrucciones claras—, me pasó el contrato y yo comencé a leerlo.

—Acá dice que si es de nuestro agrado el matrimonio podría renovarse indefinidamente.

—En efecto, pero de no ser así usted recibirá una casa en el campo y una pensión vitalicia de tres millones de dólares mensuales, para que pueda llevar una vida cómoda.

—Es demasiado dinero—suspiró masajeandose la frente.

—El señor Casanova es poseedor de una cuantiosa fortuna, algunas considerarían que es una suma pequeña.— La última cláusula es sobre los hijos.

—Estoy de acuerdo, con todo—se apresuró a firmar su nombre en el papel.

—El señor Casanova es un poco difícil, no lo haga enojar y este matrimonio será cómodo para usted.

Salí con las manos temblorosas de la oficina, estaba vendiendo al mejor postor, por lo menos mi futuro esposo no era un viejo verde.

—Vamos, rapido—me dejé llevar por la empleada hasta un gran salón decorado elegante, pero sobrio.

—Es un gusto conocerla—una mujer rubia con sonrisa falsa me tendió su mano. Se la estreché por cortesía,—mi nombre es Amelie Evans, la dueña del atelier de novia más famoso de toda la ciudad, su prometido me ha pedido que escoja un vestido hermoso para usted.

—Creo que la chica tiene derecho a escoger—un hombre de traje gris y cabellos rubios la interrumpió.

—Me parece que usted es un poco insolente—se quejó la rubia, el hombre encendió un cigarrillo y la habitación se llenó de un humo desagradable.

—Puedes escoger el vestido que desees—me dedicó una breve sonrisa—, es el día de tu boda.

—Usted no debería estar aquí—la mujer estaba molesta.

—Mi jefe me ordenó vigilar—con un gesto de su mano dejo ver la pistola de estaba escondida en su chaqueta—, entenderá que es una persona bastante ocupada y pues a veces las cosas se salen de control, por eso yo estoy aquí.

—Sientese y no estorbe—se limitó a decir resignada, mientras tomaba vestidos, para hacérmelo probar.

—Creo que ninguno te sienta bien, quizás deberíamos hacer algo personalizado.

—Yo creo que este le quedará bien, intervino el hombre señalando un vestido de encaje corte sirena.—Deberías pobartelo—me animo y terminé por aceptar.

No podía negar que el vestido era bonito, aunque algo me incomodaba, era demasiado lujoso para mí, eso me daba miedo, no recordaba la última vez que había usado algo tan hermoso.

—Si usted está de acuerdo podemos guardarlo hasta el día de la boda y hacer los arreglos correspondientes, para ese día.

—Eso no podrá ser la boda será mañana.

—No sabía que estaba embarazada, las embarazadas cambian mucho en tan poco tiempo.

—Yo no estoy embarazada—dije aterrada.

—Aún—el hombre soltó una risita—mi jefe está ansioso por empezar la vida marital, así que dígame sus honorarios y le cancelaré todo—se dirigió a la rubia. Ella le tendió una tarjeta en la que minutos antes garabateaba un monto.

Ya tenía el vestido y había firmado el contrato de matrimonio y aún así sentía que estaba en un sueño, o quizás una pesadilla de la que no podría escapar.

Subí a mi habitación y me lancé sobre la estaba cansada por la mañana ajetreada y sin comer, al poco tiempo llegó una empleada con ensalada de frutas y panqueques.

—Gracias—dije al saborear el rico sabor de los panqueques.—Ella se limitó a asentir y retirarse.

Luego de comer y descansar un poco, mirando series al azar, sentí un aroma familiar antes de que la puerta se abriera.

—Me dijeron que ya escogiste el vestido y que no pusiste objeciones al contrato.

—Sí, señor—bajé la mirada para no enfrentarlo.

—Mañana vendrá gente importante—se sentó en la cama, tan cerca que podía sentir su respiración. —Debes lucir como una mujer enamorada—, me apartó un mechón que caía salvaje sobre mis ojos.

—No se preocupe yo me comportare a la altura.

—Debes parececer enamorada— acortó la distancia entre nosotros y sin mediar palabras me besó, no fue un beso tierno, todo lo contrario era salvaje, apasionado, lleno de deseo. Mi respiración se agitó, la de él también, nunca nadie me había besado de esa forma tan intensa.

Sus manos empezaron a deslizarse por mis brazos desnudos, como si desearan explorar, tenía miedo, pero a la vez lo disfrutaba, este hombre sabía lo que hacía de eso no tenía la menor duda.

—Señorita, es momento de la prueba de maquillaje—la joven se quedó pasmada del miedo.

—Nadie toca las puertas en esta casa—sin decir más se apresuró a salir de la recámara.

—Lo siento—la joven me pidió perdón por su insolencia.

—Tranquila— intenté consolarla.

—No pasa nada—le aseguré.

—Casi lo olvido, la maquijadora está abajo esperando para hacer su prueba de maquillaje, venga conmigo.

La mujer tenía preparado un stand en el recibidor con maquillajes de todo tipo, en cuanto llegué me examinó de pies a cabeza, antes de definir que marcas usaría en mí.

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