Capítulo 2 Capítulo 2
La puerta de roble de la mansión Rozzi se cerró de golpe tras ella. El portazo resonó en el callejón, sellando el exilio para Ginevra.
Esta quedó allí de pie, inmóvil, mientras el frío del invierno atravesaba las telas de su ropa.
Fue arrojada a la calle como si fuera un perro sarnoso, sin un destello de compasión por parte de la sangre de su sangre.
Su padre, un hombre de puño de hierro e inflexible orgullo, había sido despiadado hasta el último segundo.
No permitió que sacara ni una sola pertenencia, ni el más insignificante recuerdo de la que hasta esa mañana había sido su casa.
Él esperaba que la crueldad de la intemperie hiciera el trabajo que sus gritos no lograron; confiaba en que, al verse sumida en la necesidad, acorralada por el hambre y congelándose, su hija terminaría por ceder.
Solo si Ginevra aceptaba someterse a la intervención médica y deshacerse de ese embarazo, el patriarca volvería a abrir las puertas de la mansión.
Solo si borraba la mancha de su vientre estarían dispuestos a recibirla de regreso, no por amor, sino para ocultar el escándalo, para reestructurar su estatus y casarla con alguien de una posición social más baja que perdonara su deshonra.
Ginevra comenzó a caminar sin un rumbo fijo.
Temblaba incontrolablemente; el viento invernal castigaba su piel, pero el dolor físico apenas rozaba la superficie de su calvario.
Su rostro estaba hinchado. Sollozaba a bocanadas, ahogándose con la angustia que amenazaba con cerrarle la garganta. Sin embargo, bajo la fragilidad de su figura, guardaba la decisión que ni muerte podría quebrantar.
No iba a deshacerse de su embarazo. Jamás pondría fin a la vida que comenzaba a gestarse en su interior.
Era plenamente consciente del horror de su origen, pero su conciencia no le permitía arrebatarle la existencia a un ser inocente.
El embrión que crecía en sus entrañas no tenía la culpa del pecado del mundo exterior; su pequeño no podía ni debía recibir el castigo capital por el abominable crimen perpetrado por el monstruo que la había violado.
Caminó horas por las oscuras calles de Roma, buscando en su mente una salida, una esperanza.
Conocía a decenas de personas, familias de alta clase, viejos amigos de la infancia, conocidos de banquetes y bailes de gala; pero: nadie la ayudaría.
En el frío y calculador mundo de la élite romana, la deshonra era contagiosa.
Además, si buscaba refugio en alguien perteneciente a su círculo social, su padre no tardaría en enterarse. La ira del patriarca Rozzi era destructiva; buscar amparo allí no solo sería inútil, sino que terminaría arruinando económicamente a cualquiera que se atreviera a extenderle la mano.
Sin embargo, entre todas las opciones, emergió un solo nombre. Había solo una persona a la que su padre jamás se atrevería a enfrentar, alguien con el poder suficiente para que la mansión Rozzi no pudiera arruinarlo: Davide.
Sí. Davide. Su prometido, el novio que había jurado protegerla para siempre.
Una cálida ola de fe ilusa recorrió el pecho congelado de Ginevra.
Creía que si lograba llegar a él, si se postraba a sus pies y le explicaba la pesadilla por la que había atravesado, él sabría comprenderla.
Davide la sostendría en sus brazos, secaría sus lágrimas y la protegería del desamparo.
Él la amaba.
Eso era lo que le repetía cada vez que se encontraban a solas, mirándola a los ojos con devoción.
Por ese mismo amor, por ese respeto que afirmaba profesarle, Davide jamás se había atrevido a tocarla, prometiendo esperar hasta el día en que estuvieran unidos bajo el sagrado matrimonio.
Sí el la amaba con locura, al verla en ese estado, desprotegida, vulnerable y herida, él no dudaría en tenderle un refugio seguro.
Aceleró el paso como pudo, guiada por el último aliento de fuerza que le quedaba.
Al doblar la esquina y llegar a la entrada del palacete de su novio, vio cómo un automóvil negro se detenía.
La figura de Davide bajó del vehículo. Ginevra estuvo a punto de gritar su nombre, pero la voz se le congeló en la garganta.
El hombre rodeó el vehículo y abrió la puerta del copiloto. Una mujer, envuelta emergió del interior.
Ginevra se llevó la mano al pecho, sintiendo una puntada tan aguda que fue como si mil clavos al rojo vivo se le hubieran clavado de golpe en la carne.
Quedó paralizada.
Davide no solo ayudó a aquella mujer a salir del auto; la tomó por la cintura, la atrajo hacia su cuerpo y la besó con pasión salvaje, desmedida, devorándole los labios como si quisiera desnudarla allí mismo, en plena vía pública.
Ginevra, entre jadeos de asombro y dolor, se llevó las manos temblorosas al rostro. Se limpió las mejillas hinchadas, intentando despejar la visión nublada por la angustia.
Se negó a creer lo que presenciaba. Pensó que era por el agua cristalina acumulada en sus ojos, que le estaban jugando una mala pasada visual.
No obstante, cuando parpadeó y logró aclarar la vista, la realidad no cambió. Pudo ver con perfecta claridad cómo su prometido continuaba besando con voracidad a esa desconocida, para luego tomarla de la mano y guiarla hacia el interior de la mansión.
¿Él le había buscado un reemplazo tan pronto? ¿Tan efímero y superficial era su supuesto amor, que ante el menor rumor o el primer problema había corrido a buscar consuelo en los brazos de otra mujer?
Toda la pureza de sus promesas, todo el respeto que afirmaba tenerle al no tocarla antes de la boda, se desmoronaba convertida en una grotesca mentira.
Ginevra permaneció inmóvil, observando la fachada del edificio.
Pasaron unos minutos y la luz cálida de la habitación principal de Davide se encendió en el segundo piso.
A través de la ventana, las siluetas de las dos figuras se proyectaron, fundiéndose en un abrazo definitivo. En ese instante, Ginevra apartó la mirada de golpe, sintiendo literalmente cómo el alma se le moría por dentro.
Con el corazón hecho pedazos, reducido a cenizas, dio media vuelta. Su figura se fue alejando lentamente por las calles solitarias, arrastrando los pies como si llevara pesadas cadenas de plomo sujetas a los tobillos.
La esperanza se había extinguido por completo.
A varias cuadras de allí, cuando la oscuridad del camino era total, sus piernas no dieron para más. El peso del dolor, el hambre y el frío vencieron a su espíritu; su cuerpo se desplomó inerte sobre los adoquines y perdió por completo el conocimiento.
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Casi cinco años después, Ginevra se encontraba parada frente a la cocina. Sus manos delicadas, se movían con prisa experta mientras preparaba los platos.
—Liom, Liam, Liana, apresúrense, por favor, o llegaremos tarde —anunció con voz dulce.
Al final no había sido solo un bebé el que la esperaba en aquella trágica noche de exilio. La vida, en su misteriosa complejidad, le había otorgado una triple bendición: eran tres los pequeños que se encontraban en su vientre en aquel entonces, tres milagros que le dieron las fuerzas necesarias para levantarse del abismo y salir adelante trabajando incansablemente.
—Ya estamos listos, mamá —respondió una vocecita.
Los dos niños y la pequeña niña aparecieron en la cocina. Venían vestidos, peinados y lucían sus uniformes listos para irse al kinder.
Ginevra se giró a mirarlos con una sonrisa henchida de amor. Sin embargo, al clavar la vista en sus hijos, su corazón dio un vuelco involuntario. Como le sucedía casi todas las mañanas al encontrar a esos dos hombrecitos idénticos, no pudo evitar detenerse en la expresión de sus rostros: esa mirada fría, penetrante y elegante, tan idéntica a la de él.
Ginevra suspiró profundamente y ladeó levemente la cabeza, sumida en una marea de pensamientos encontrados al volver a notar que las facciones de sus tres hijos eran alarmantemente parecidas a las de su ex prometido.
Durante años había intentado convencerse de que todo estaba únicamente en su cabeza, que era un truco que su mente se aferraba a la idea que siempre albergó de formar una gran familia con él.
—Qué guapos están mis príncipes y mi princesa —dijo Ginevra, disimulando la sombra de melancolía.
—Tuve que peinarlos yo misma, porque ellos no saben peinarse bien todavía —interrumpió Liana, cruzándose de brazos.
A sus cuatro años, Liana era una niña extraordinariamente inteligente, observadora y demasiado estricta con su propia presencia y la de sus hermanos.
Tenía un carácter maduro para su edad; mientras su mamá se encargaba de preparar el desayuno, la pequeña ayudaba a los niños a abotonarse las camisas y acomodarse los zapatos.
Se creía la mayor de los tres hermanos y, como tal, sentía el deber de ser útil y ayudarlos en todo.
—Muchas gracias, mi amor —respondió Ginevra, dedicándole una mirada tierna a su pequeña.
Al bajar la vista hacia las cabecitas de sus hijos, apretó sutilmente los labios al notar la traza del peinado que Liana les había hecho: los remolinos de cabello rebelde no habían cedido del todo ante las manos de la niña.
Ginevra se acercó con un peine en la mano y, mientras Liana se sentaba a la mesa a comer su porción con modales impecables, ella se agachó al nivel de los niños. Con suaves pasadas de agua y peine, comenzó a arreglar el peinado de cada uno de ellos.
Tiempo después los dejó en el kinder, y manejó hacia la empresa.
Antes de ingresar, respiró hondo y puso el pie derecho, como cada día, para empezar de buena manera.
Saludó con educación a todos los que encontraba. Al llegar a la oficina, su mejor amigo, el abogado, ya estaba ahí.
—Ginevra, es tiempo de volver —dijo al lanzarle la carpeta—. Tu abuelo ha solicitado tu regreso.
