Capítulo 4 Capítulo 4
El cielo amaneció con un azul intenso. El sol brilla con furor, y Davide sentía la paciencia acabándose, por el tráfico asfixiante que le había atrapado.
¿Por qué todo el mundo había decidió salir tan temprano?
Siempre había salido a esa hora, y nunca había tenido que soportar un tráfico como ese.
Llegó a la hotelera cuando el reloj marcaba las diez menos diez.
No le gustaba esperar, y menos en una sala que no era suya.
La secretaria de Petro lo hizo pasar sin anunciarlo.
Adentro ya estaban los dos: el padre, de pie junto a la ventana, y Rico, sentado de lado en la mesa, con el nudo de la corbata flojo.
Sobre la madera había tres juegos del contrato. Obra, plazos, penalización si el edificio no abría a tiempo, y la cláusula de siempre: las dos ramas, las dos firmas.
La inmobiliaria Lombardo. La hotelera Rizzo.
—Llegas temprano —dijo Rico.
—Llego temprano porque tu padre pidió que sea a las diez —contestó Davide.
Petro no se volvió. Miraba la calle, las obras, el ir y venir de los camiones.
—Con esta firma el crédito se libera el lunes. Tu padre ya dio el aval. Falta lo de siempre: tu nombre y el mío.
Davide se quitó el abrigo y lo dejó en el respaldo. No se sentó. Tomó uno de los juegos y lo leyó de pie, aunque lo había leído dos veces la noche anterior.
El proyecto era suyo. Dirigiría la obra. La licencia de actividad y la marca del hotel, de los Rizzo. Sin las dos, el banco no soltaba un lira.
Lo sabía.
Por eso estaba allí, no porque le apeteciera compartir con esos dos hombres que le hacían recordar tanto ese pasado.
Cinco años. No decía el nombre. No hacía falta.
Rico sirvió café. Le acercó una taza que Davide no tocó.
—Valery pregunta si cenamos el domingo. Dice que hace mucho que no te ve reír, y el único que sabe hacerlo, soy yo.
—¿Tú hacerme reír? Ni a un payaso logras divertir.
Rico se rió.
Petro, por fin se apartó de la ventana y ocupó la cabecera.
Sacó la pluma.
Firmó el primer juego sin releer, con la prisa de quien considera un insulto que le pidan comprobar lo que ya es suyo.
Luego, le extendió la carpeta a Davide.
—Cuando quieras.
Este destapó su pluma. La punta quedó a un centímetro del papel cuando la puerta se abrió.
Augusto no llamó. Entró con una carpeta bajo el brazo. Se detuvo al otro lado de la mesa.
—¿Tú qué haces aquí? —cuestionó Rico— No te necesitamos para estás firmas.
Augusto no respondió, solo dijo.
—Esa firma ya no es válida —su mirada estaba dirigida a Davide.
El silencio duró lo que tarda una taza en dejar de temblar.
Rico fue el primero en romper el silencio.
—¿Que dices?
—El convenio exige al responsable inscrito de la hotelera.
—Y mi padre los es —refutó Rico— ¿te golpeaste la cabeza?
Augusto no lo miró.
—Pietro Rizzo ya no lo es —su mirada seguía en Davide— Rico Rizzo tampoco —hizo una corta pausa observando la reacción de ambos— lo que firmen en esta sala ya no es válido.
Petro se levantó. La silla chirrió hacia atrás.
—¿De que diablos hablas? ¿cómo que Mi firma ya no es válida? ¿Olvidas dónde está mi padre? ¿cómo está?
—Solo le estoy informando lo que ha pasado, señor. Usted ya está inscrito.
Petro enfurecio.
—¿Y entonces quien? Mi padre está en una residencia, acabado, jugando a las cartas con otros viejos. El negocio lo llevo yo.
—Correccion, lo llevaba.
Augusto colocó la carpeta sobre los contratos, abierta por una inscripción con el sello.
—Su padre conserva el control de los fideicomisos. Anoche nombró a otra administradora. Ustedes quedan delegados. Pueden opinar, Pero no pueden autorizar —explicó.
Rico se inclinó a leer. El nombre lo detuvo. Se enderezó despacio, y la sonrisa se le fue de la cara.
—Eso es una locura. Eso no puede…
—Puede —dijo Augusto—. Y ya está inscrito.
Davide no había soltado la pluma.
Miró a Rico.
Miró a Petro.
En ninguno de los dos encontró la sorpresa de quien lee un nombre por primera vez.
Encontró rabia. Una rabia vieja, guardada, de quien ya sabía a quién podía referirse aquel papel y se había negado a creerlo.
—¿Quién es el nuevo administrador?—preguntó.
No le contestaron.
En el pasillo sonaron unos tacones. No apresurados. Uno, otro, y otro, hasta que por la puerta, que Agusto había dejado entreabierta, apareció ella.
Ginevra.
La mirada de los tres hombres siguieron la visión de Augusto. Pero fue la de Davide que cambió abruptamente.
Petro y Rico endurecieron la mirada, la sangre hirviendo en sus venas.
No era la muchacha del vestido claro, con las manos apretadas delante de la falda. El traje era oscuro, de corte exacto, sin un adorno de más. El pelo, recogido. Los pendientes, pequeños.
Nada en ella pedía perdón por estar allí. Nada en ella pedía permiso.
Ginevra caminó hasta la cabecera ignorando todas las miradas, como se camina en una casa propia cuando los invitados han ocupado, por error, el sitio del dueño.
Davide sintió el golpe en el estómago antes de poder nombrarlo. Luego vino lo otro. El frío. Un sacudon. El asco.
—Tú.
Ella no respondió, tampoco le miró.
Petro se puso rojo hasta el cuello de la camisa.
—¿Que diablos haces aquí? ¿Quién te dejó entrar? Necesitaba saber el nombre, para echar a ese empleado a patadas igual como lo haría con ella.
—No sabía que tenía que pedir permiso para ingresar...
—Esta casa no recibe a mujeres de la calle —dijo lleno de colera— ¡Fuera!
Ginevra sonrió apenas.
—Querido padre, me temo que no podré complacerte.
Rico la miró desde su silla.
—Miren nada más quien está de vuelta. La cualquiera, la suelta que dejó en vergüenza a nuestra familia.
Ginevra dirigió la mirada a su hermano.
—¿Qué buscas? ¿Perdón? ¿Dinero? ¿Que te recojamos de nuevo? —se levantó— Ya no recogemos basura que manchen nuestro apellido.
Ginevra no se inmutó.
—Ninguna de las anteriores.
No dio otra respuesta que pudiera otorgarle a su hermano más parlamentos que solo llevarían a una discusión.
Ella no había ido ahí para eso.
Puso dos dedos sobre el contrato y lo giró hacia sí.
—Buenos días.
La voz le salió clara, sin temblor.
Rico se rió en su cara.
—¿Buenos días? ¿Recién te acuerdas de saludar? ¿Es que en la calle, o el cabaret en el que estuviste perdiste los modales?
—Parece que frecuentas muchos esos lugares. Me preguntó si tu esposa lo sabe.
Rico la fulminó con la mirada.
—Tú... no te metas con mi esposa.
Ginevra sonrió.
Davide la miraba como se mira algo que ya se pisó y sigue manchando el zapato. El azul se le había vuelto duro, sin el brillo de la mañana en que entró a la mansión Rizzo con un anillo en el bolsillo dispuesto a pedir su mano.
—Tampoco te metas conmigo.
Ginevra movió la carpeta de Aguto junto a los contratos, abrió uno de estos para leer.
Pero las manos de su hermano impidieron que la abriera completamente.
—Si dicen que mi padre ya perdió la firma. Yo no. Puedo hacerlo.
Ginevra miró a Augusto, y este aclaro.
—Solo Ginevra.
—¡Por favor! ¿Crees que te vamos a creer? —se dirigió a Augusto— ¿Dime cuánto te pago esta cualquiera para que dijeras esa sarta de estupidez?
—No necesito que me crean —dijo Ginevra— Basta que el banco crea. Y el banco ya tiene esto —leyó el papel— Administradora única. Heredera de los fideicomisos.
—¡Mentiras! —Rugió Petro, Pero Ginevra siguió leyendo.
—Desde anoche, ninguna obra, ningún crédito y ningún proyecto de esta casa se autoriza si no lo autorizo yo.
Rico se inclinó sobre la mesa, lo bastante cerca para que el aliento le llegara a ella y el insulto no tuviera que cruzar la sala.
—¿Y con qué cara estarás al frente de nuestra empresa? Todo Roma sabe lo que eres. Una cualquiera que no supo ni siquiera el nombre de quien la preñó.
—¿Crees que alguien querría hacer negocios con una mujer como tú? —Le miró la mano, y ningún anillo— ¿Esa mano sucia va a firmar los contratos de mis hoteles?
Davide cerró la pluma asentandola contra la madera. El golpe contra la mesa hizo callar a Rico un segundo.
—No voy a poner mi nombre debajo del tuyo.
Por primera vez, Ginevra lo miró. No había amor en su mirada, ni siquiera un astibo de arrepentimiento. Su mirada era serena, calmada.
—Entonces no habrá obra —dijo—. El crédito exige las dos firmas vigentes. La de la inmobiliaria sigue siendo la tuya. La de la hotelera, desde hoy, es la mía.
Davide se levantó para irse, sin apartarle la mirada.
—Nada me hará sentarme los viernes contigo.
—Si sales por esa puerta, el proyecto se cae. Tú imperio se derriba. No porque yo lo decida. Sino que, el contrato que firmaron hace cinco años, lo abala.
Petro rodeó la mesa. Se detuvo a un paso de ella, grande, rojo, con el mismo puño de aquella noche cerrado junto al muslo.
—¡Tú no das órdenes en mi sala!
Ginevra no retrocedió. Tampoco alzó la voz. Sostenía la mirada de su padre como se sostiene una copa llena.
—Ya no es tu sala. Es mía.
Rico soltó una maldición por lo bajo.
Petro no se movió.
Davide sí: no para defenderla. Para no tener que seguir mirándola de tan cerca.
Se apartó hasta la ventana, de espaldas a los tres, con la pluma todavía en el puño, sabiendo que ella tenía razón.
—Treinta días —dijo Augusto, y fue la primera vez que alguien más hablaba—. Si la parte Lombardo no resuelve, la señorita Rizzo queda subrogada. El aval de don Otavio será el afectado.
Davide se volvió cuando escucho a Ginevra decir.
—Es todo por hoy. Vamos.
—¡Alto! —El odio no se le había ido de la cara. Se le había asentado— no vas a arruinarme... —traidora— está última palabra la dijo en sus adentros.
