Capítulo 5 Capítulo 5

Ginevra se detuvo a pocos pasos del centro de la sala de juntas. Se quedó de espaldas a ellos, inmóvil, sintiendo la hostilidad de las miradas de esos tres.

—No puedes acceder —advirtió Petro—. Esta mujerzuela no tiene ningún tipo de poder aquí.

En otros tiempos, la forma despectiva en que su propio padre la trataba habría bastado para abrirle viejas heridas en el pecho.

Fueron demasiados los años en los que solo conoció el maltrato bajo ese techo, soportando una violencia constante tanto verbal como física que la reducía a la nada.

En su juventud, llegó a pensar que él sencillamente la detestaba, incapaz de encontrar una sola razón lógica para tanto desprecio.

No hubo un solo día en que no fuera blanco de sus insultos.

Aquella atmósfera asfixiante solo se había apaciguado cuando Davide comenzó a frecuentar la mansión, deslumbrado por ella. Solo entonces, Petro bajó la guardia.

En el pasado, Davide habría movido cielo y tierra para defenderla de cualquier afrenta; sin embargo, en ese momento, parecía importarle muy poco la humillación a la que la estaban sometiendo.

Aunque, para ser honestos, a Ginevra ya ni siquiera le dolía. Había recubierto su corazón con una coraza de hielo a lo largo de los años, volviéndose inmune a los insultos de unos hombres que hacía mucho tiempo habían dejado de ser familia.

—Davide —intervino Rico—. ¿Cómo puedes pensar en creerle a una mentirosa y traicionera como Ginevra?

La sola mención de ese pasado encendió una chispa de oscuro resentimiento en Davide. Por una fracción de segundo, un destello de dolor cruzó por sus ojos, pero lo sepultó de inmediato bajo una mirada furiosa e impenetrable.

Ginevra giró sobre sus talones para encararlos. Una sonrisa sutil se dibujó en sus labios.

—Pueden creer lo que les plazca. El problema es de ustedes, por seguir aferrándose a un trono que ya no les pertenece.

La respuesta serena enfureció aún más a Petro.

—¿Quieres comprobar quién es el que realmente manda en esta empresa, Ginevra? —escupió con desprecio.

Rico esbozó una sonrisa de suficiencia, cruzándose de brazos al anticipar el movimiento de su padre.

—Veamos cómo te atienden los hombres de seguridad cuando te echen a patadas a la calle.

—No se atrevan a dar un solo paso en falso —intervino Augusto, consciente de que la mayoría de los empleados y directivos de la planta ignoraban que Ginevra era la nueva máxima autoridad.

—¡Tú no te metas en lo que no te importa, abogado de cuarta! —rugió Rico, mirándolo por encima del hombro con absoluta altanería.

—No voy a permitir que utilicen al personal de seguridad para invalidar una orden directa de Don Lionel.

—¡Mi padre está moribundo! Es un viejo loco recluido en ese asilo que lleva años sin pisar estas oficinas ni dar una sola orden —bramó Petro perdiendo los estribos.

—Eso es lo que ustedes se han esmerado en hacer creer a todo el consejo, pero el viejo está más lúcido y cuerdo que cualquiera de los dos juntos.

Petro caminó hacia el teléfono de marcación que reposaba en la mesa, levantó el auricular para comunicarse con la garita de seguridad de la planta baja y colgó de inmediato.

—No importa lo que digas, Augusto. Pero vas a recibir exactamente el mismo trato si sigues alineándote de parte de esa cualquiera.

Ginevra no sentía el menor ápice de temor. Había atravesado el infierno y aprendido a defenderse sola durante años; sabía perfectamente que allí dentro nadie iba a quebrantarla.

—¿Y qué clase de trato me espera, querido padre?

—Solo espera unos segundos y lo verás, o mejor dicho, sentirás, Ginevra. Desearás no haber regresado.

—Pues me sentaré a esperar... entonces.

Sin pedir permiso, caminó hacia la cabecera de la mesa y se acomodó con elegancia en la silla ejecutiva, la misma que su padre había estado ocupando minutos antes para estampar su firma en los documentos.

Verla adueñarse de ese sitio provocó una furia ciega en Rico, quien dio un paso al frente con la intención de abalanzarse sobre ella y arrancarla de aquel lugar.

—Déjala —lo detuvo Petro—. Que disfrute de los minutos, o mejor dicho, de los segundos que le quedan en su dirigencia inventada.

Rico obedeció a regañadientes, ensanchando una mueca burlona cuando las puertas de la sala se abrieron e ingresaron varios guardias de seguridad.

—¿Es que están ciegos? —estalló Petro señalando a su hija—. ¡Esta mujer se coló ilegalmente en mi edificio y ha interrumpido a la sala de juntas! ¿Qué demonios hacían de guardia en la entrada?

Los hombres de seguridad se quedaron petrificados, observando alternadamente a Petro y Ginevra sentada en el trono corporativo.

—Nosotros... tratábamos de...

—¡No quiero excusas de incompetentes! —Petro no los dejó terminar—. ¡Quiero que ahora mismo la saquen a patadas de mi edificio, junto con ese traidor de abogado!

Petro señaló a Augusto, quien palideció levemente, aunque mantuvo la barbilla en alto.

Ginevra, en cambio, continuaba recostada en el asiento ejecutivo, contemplando la escena y esperando el desenlace.

Sin embargo, nadie se movió. Los guardias permanecieron plantados, lo que hizo que Rico rugiera de la frustración:

—¡Acaso están sordos! ¡No escucharon las órdenes de mi padre! ¡Saquen a esta insolente a patadas de aquí!

—No lo harán —dijo Ginevra poniéndose de pie—. Porque ellos ya no siguen las órdenes de este hombre.

Petro y Rico se quedaron en un completo trance de incredulidad por unos segundos, sintiendo cómo la ira comenzaba a burbujear en sus venas.

—¿¡Qué demonios les pasa a todos ustedes!? —gritó Petro fuera de sí—. ¿¡Por qué diablos no hacen lo que se les ordena!?

—Porque la orden la di yo.

La voz resonó desde la entrada. Era el jefe de seguridad del corporativo.

Resulta que, antes de cruzar el edificio, Ginevra le había mostrado al jefe de seguridad una cinta de video en formato que su abuelo había grabado; una grabación donde Don Lionel ordenaba bajo advertencia de despido inmediato y pérdida de privilegios que blindaran la seguridad y protegieran a su nieta por encima de cualquier directiva de su hijo.

El anciano sabía que si Ginevra ingresaba sola, desprovista de respaldo interno, sucumbiría ante los manejos de su padre.

Conociendo de sobra la crueldad y la naturaleza despiadada de Petro, el patriarca había tomado sus precauciones.

—¿¡Qué!? —bramó Petro con los ojos inyectados en sangre—. ¿¡Hasta usted se ha vendido para apoyar a esta maldita!?

El jefe de seguridad lo miró con seriedad, cruzando las manos a la espalda.

—Yo no me he vendido a nadie. Simplemente obedezco y apoyo a la nueva presidenta ejecutiva del Grupo Rizzo, tal como lo ha ordenado por escrito y bajo firma oficial el Patriarca Lionel.

Davide, que había permanecido en silencio en una esquina, observando toda la confrontación, chasqueó la lengua.

—Cuando terminen de resolver sus patéticas guerras familiares, me avisan.

Sin añadir una sola palabra más, dio media vuelta dispuesto a marchar de allí, sin la más mínima intención de seguir compartiendo el mismo espacio ni el aire con Ginevra.

—Lo solucionaremos ahora mismo, Davide. Esto no es más que un malentendido absurdo —intentó excusarse Rico.

Davide cruzó las puertas de cristal sin mirar atrás. Giró hacia el pasillo derecho y, mientras caminaba a paso firme, desvió la mirada de reojo hacia el interior de la sala de juntas.

Por una milésima de segundo, sus ojos chocaron directamente con la mirada gélida de Ginevra; sintiendo un repentino escalofrío, apartó la vista de golpe y aceleró el paso para perderse hacia el ascensor.

Ginevra parpadeó, saliendo del breve trance en el que se había sumergido al ver el perfil de Davide desvanecerse por el pasillo.

Su momento de distracción fue aprovechado por Petro, quien, ciego de furia, se le abalanzó, la agarró brutalmente de los brazos y comenzó a sacudirla.

—¡Qué demonios le dijiste a mi padre para que te otorgara esta protección!

Él conocía demasiado bien los códigos de su familia; sabía que su progenitor jamás habría mencionado el nombre de una mujer para dirigir el conglomerado, educado bajo la premisa de que las mujeres de los Rizzo no servían para los negocios.

Estaba convencido de que Ginevra había urdido algún tipo de chantaje para verse nombrada como presidenta.

Los guardias de seguridad reaccionaron de inmediato. En cuestión de milisegundos, se precipitaron sobre Petro, lo tomaron por los hombros y lo empujaron hacia un lado de la sala, haciendo que el hombre de mediana edad perdiera el equilibrio y se tambalara de forma patética.

Rico dio un paso al frente para sostener a su padre y, con los ojos abiertos de par en par por la furia, encaró a los guardias:

—¿Pero qué demonios hacen? ¡No es a mi padre a quien deben tratar de esa forma, sino a ella!

Ginevra se acomodó la chaqueta, miró fijamente a su hermano mientras se frotaba los hombros, aún enrojecidos por la presión que Petro había ejercido.

—Aún sigues sin entender lo que está pasando, ¿verdad?

Rico tragó grueso al percatarse del aura de poder que emanaba de su hermana.

—Ya veo que no... Entonces, no me queda de otra que mostrárselo de la manera más clara.

Ginevra alzó la mano y dio una orden tajante a los hombres de seguridad:

—Échenlos a la calle de inmediato. Y asegúrense de sacar todas sus pertenencias personales a la acera.

Sin dudarlo un segundo, los guardias rodearon a Petro y a Rico. A pesar de los gritos desaforados, los forcejeos y las amenazas de despedirlos a todos, nada logró detenerlos. Los arrastraron casi en volandas fuera de la sala de juntas, los empujaron por los pasillos hasta el ascensor y, finalmente, los lanzaron a empujones desde el área de recepción hasta la misma calle, bajo la mirada curiosa de todos los empleados.

—Dicen los rumores que hay un nuevo jefe al mando... —murmuraba una empleada comentando con su compañera al lado del fichero.

—Más bien, una jefa —corrigió Ginevra, saliendo de la sala.

Para ella, contemplar a su padre en la fría acera de la calle, siendo desalojado de la misma manera ruin en que él la había arrojado años atrás, no era solo una dulce revancha: era un acto de justicia largamente anhelado.

—A partir de este instante, tanto Petro como Rico Rizzo, si es que desean conservar su empleo en esta compañía, deberán comportarse exactamente como cualquier otro empleado y dirigirse a mi persona, única y exclusivamente como la señora presidenta Rizzo.

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